Los Cuentos del Mago Tesledo y la Dama Blanca (II): El Precio del Alma (Primera Parte)



El paso del atizador sobre las brasas del hogar de la baiuca dejó un rastro de brillantes ascuas anaranjadas que destellaron unos instantes antes de convertirse en cenizas. Pensativo. El bardo de ojos llameantes hizo un par de heridas más profundas en la lumbre y devolvió el instrumento a su lugar, en el borde de la chimenea. El humo del hogar, arrastrado por el fuerte viento de la tormenta, emanaba en una hipnótica columna en la que solo Grumo parecía haber reparado.

-¿Quién sabe que extraños enigmas intercambia el fuego con el poderoso rayo que gobierna la tempestad?- reflexionó el joven absorto en el baile del humo y las llamas que rodeaban el grueso caldero donde se cocinaba la cena. A su lado, la rolliza figura de Brego de Muiñofrío añadía un puñado de cebollas al hirviente caldo lanzándole otra de sus miradas ocasionales cargadas de una profunda inquietud.

Y no era el único. A medida que habían pasado las horas, la maravilla y el dolor prendidos en el corazón de los aldeanos por la historia que había narrado se habían marchitado, suplantados poco a poco por dos viejos amigos: Las persistentes ramas de la sospecha y las enredaderas espinosas de esos miedos cultivados con paciencia y esmero. Pero lo cierto es que no podía culparlos.

Miedo y sospecha, hermanados demasiadas veces con la violencia, habían sido siempre compañeros inseparables del destino de su pueblo. Y sin importar el reinado o el momento, ambos males habían arraigado con fuerza en el corazón de muchos corverranos. A veces, con tanta intensidad como para lograr que la violencia desembocase en el asesinato.

Y sin embargo, había visto vergüenza y dolor en los ojos de los habitantes de Ardovello al relatarles el destino del bosque. Había visto compadecimiento y muecas de disgusto al revelarles el destino de los siviscos e incluso desprecio hacia la figura del héroe Tesledo al desvelar sus intenciones. Emociones que, aunque enterradas y estranguladas por el miedo, todavía seguían ahí. Esperando el momento propicio para volver a despertar.

Tal vez para lograrlo tan solo hacía falta prender una hoguera más grande. Un fuego poderoso, que hiciese retroceder sus temores y les recordase la condición bondadosa y sabia que habían llevado como bandera los antiguos reyes míticos del pueblo Breó. Sin embargo, debía darse prisa. Pues pronto las miradas darían paso a los comentarios y estos, en poco tiempo, a la decisión de arrojar al buen bardo errante de vuelta a la ira de los elementos.

-La furia de la tormenta todavía azota el bosque- Comenzó, levantándose con un bien medido gesto teatral- y quizás descargue su ira durante todo lo que resta de noche. El ojo de la luna, heredera de los tiempos en los que los dioses caminaban por el mundo, observa desde el firmamento oculto tras el manto de nubes y se pregunta…-

Entonces, una risa amarga y sarcástica resonó en la estancia con fuerza, impidiéndole continuar.

-Tiene gracia. La misma tormenta ha empeorado desde que terminaste de contar tu historia, Sadradin- Gruñó Barbasucia con su voz grave surgiendo de entre las sombras- Su furia es tan fuerte que las paredes de esta casa gimen de esfuerzo, así que quien sabe si no habrás sido tú, al desafiar a la señora del bosque, el causante de su cólera- Lo señaló acompañando sus palabras con un gran dedo acusador.

Varias cabezas, incluyendo la de su mujer, asintieron. Otros, como el hombre de voz débil y el dueño de la casa, desviaron la vista incómodos y solo las tres jóvenes, que habían llorado amargamente la tragedia del bosque, miraron con pena al bardo.

-Tan solo es la tormenta, que sigue su curso y golpea con más fuerza en su cénit. - Respondió el bardo con un tono sosegado y razonable- No hay más magia en este fenómeno que la que vuestro pensamiento conjure sobre él.

Y el bardo calló al anticipar el efecto de sus propias palabras.

-¡Tú mismo dijiste que la señora del bosque trajo consigo una tormenta terrible cuando persiguió al mago Tesledo en su forma de bestia! ¡Dijiste que hasta sus hijos estaban aterrorizados de lo que podría hacerle al bosque!- Exclamó la mujer llamada Fror con su tono afable devorado por el miedo.

-¡Es cierto!- Apoyaron varios de los presentes - ¡¿Cómo puedes estar tan seguro de que la Dama Blanca no ha oído tu historia y desatado su cólera sobre nosotros?!- Preguntó la mujer mirando de forma temerosa hacia el oscuro exterior de la baiuca.

-Porque la señora del bosque ya no se preocupa desde hace mucho tiempo por su señorío, estúpidos. - Estuvo a punto de espetarles, pero se las arregló para refrenar su lengua. Gracias su entrenamiento e ingenio natural sabía muy bien que enardecer los ánimos de una mayoría con insultos casi nunca era algo inteligente.

En su lugar, el joven bardo confrontó las miradas con todo el aplomo que pudo reunir y habló con su tono más firme.

-Al comenzar, os dije que la furia de la tormenta enmascararía mis palabras y lo mantengo. Mientras la cólera del viento y el rayo nos protejan, ninguna historia escapará de este lugar-

-Y aunque lo hiciese, Xancredo no debería molestarse por algo así- Se dijo a sí mismo.

Los campesinos se miraron dubitativos y buscaron en Barbasucia un baluarte para sus inquietudes. El fornido herrero, con su ánimo acrecentado por el apoyo de la multitud, dio un paso adelante y confrontó al errante:

-Dices ser un bardo, errante. Pero la potestad con la que hablas parece más la de un espíritu del bosque o de la tormenta que la de un mortal.- Los campesinos asintieron, más convencidos de las palabras de su líder.

 -Dinos, sadradin presuntuoso; ¿Por qué debemos creer tus palabras? ¿Cómo sabemos que no nos enfrentamos a un maldito basajha de humo y ascuas que busca nuestra ruina? ¿Cómo podemos estar seguros de que no eres un enviado del bosque encargado de enturbiar nuestras mentes y buen juicio?- Continuó Barbasucia, convertido ya por completo en el estandarte del miedo y la sospecha de la multitud.

Por primera vez, el bardo tragó saliva: Había subestimado la capacidad de liderazgo e inquina del condenado herrero. Y de pronto, destinos peores que ser expulsado de la posada comenzaron a hacerse tangibles en el ambiente, amenazando con materializarse si no se daba prisa.

Sin decir nada, Grumo tomó el broche de bronce con la forma de un pergamino que lo acreditaba como bardo y punzó su carne con la aguja, para que su sangre manase por su brazo hasta el suelo de tierra.

-¡Gentes de Ardovello!- Entonó encarando a la multitud que retrocedió asustada - Mirad mi sangre; Es roja como la vuestra e igualmente mundana. Me acusáis de ser una efigie basajha de fuego y humo, pero no es cieno negro lo que corre por mis venas. ¡Tan solo la misma esencia vital que todos guardamos dentro!-

Barbasucia, sintiéndose observado por sus vecinos, se acercó a la sangre derramada y entrecerró sus pequeños ojos azules, como si pretendiera detectar algún tipo de impureza. –Podría ser un truco- acusó – Se dice que los espíritus tejen redes de ilusiones sobre los incautos para confundir sus sentidos y atraerlos a la perdición-

-¡¿Y qué perdición sería esa?!- Desafió el bardo clavando sus ojos del color de las brasas moribundas en los dubitativos campesinos. –¡Tan solo soy un simple bardo viajero que busca cobijo en una tormenta! ¡Un ciudadano del reino de Corverra que apela a la hospitalidad de sus paisanos!- Entonces dejó pasar seis segundos de silencio y acercó su rostro al de Barbasucia hasta que pudo oler el hedor de sus axilas y el fuerte aliento a cerveza barata.

-¿A qué perdición querría llevaros?- Espetó.

El herrero apretó los puños y frunció el ceño. Su imponente figura se erguía dos cabezas por encima de su enjuto oponente y todos sus instintos le incitaban a golpear al presuntuoso enano que se atrevía a enfrentarlo.

-Miserable embaucador…- Gruñó agarrando al bardo por la pechera de su justillo.

Grumo maldijo y se retorció, tratando de zafarse de la presa del herrero sin éxito. Sabía que había forzado la situación y golpeado demasiado el orgullo del hombretón dejándose llevar por el suyo propio. Ahora, el tenso silencio de la baiuca se había convertido en un clamor de chillidos, llamadas a la calma y forcejeos tratando de separar al herrero del aturdido bardo.

-¡Soltadme!¡Es un sucio y desgraciado sadradin!¡Ya habéis escuchado al viejo Xan!- Rugió Barbasucia, tratando de liberarse de las manos de sus paisanos. Aprovechando la ayuda, Brego liberó al bardo de la presa del herrero y confrontó a su vecino.

-¡Aquí soy yo quien decide si se queda o si se va, Breanco!¡Que para algo es mi casa y hogar!- Lo reprendió. -¡Y ni tu ni nadie tenéis autoridad para contradecirme si digo que el bardo se queda y es de fiar!-

Lívido de ira, Barbasucia avanzó empujando a los hombres que lo agarraban y se colocó enfrentando su rostro con el del desafiante dueño de la taberna.

-¡¿Acaso has perdido el juicio, Brego?! ¿Te condenarías a ti mismo? ¿Nos condenarías a todos si los horrores del bosque viniesen a matarnos porque él nos habló de historias prohibidas?- Escupió al suelo, tratando de apartar al hombre de nariz aplastada de un fuerte codazo- ¡Es un sadradin! ¡Sabes lo que hacen en Fiada con esos escurridizos proles de urco! ¡No son de fiar! ¡Traen el infortunio y la ruina a todo aquel que escucha sus palabras! ¡Debemos devolverlo a la tormenta y que los vientos se lleven su fétida lacra de Ardovello!-

Grumo, arrastrado por la furia que lo embargaba, trató de lanzar una réplica mordaz hacia aquel odioso herrero que encarnaba todo aquello que decía denunciar.  Sin embargo, el dueño de la baiuca se le adelantó:

-Esto no es Fiada y aunque lo fuera tan solo el mismísimo rey Breo o la reina Braña podrían ordenarme que lo expulsara.- Hizo una pausa y un coraje insensato se adueñó de él- No tú, ni tu buena esposa, ni el viejo Xan, ni siquiera el alcalde. Ahora, compórtate y siéntate como un buen chico o lárgate de mi casa.- Remató, acompañando cada nombre con un golpe de su dedo índice en el pecho del herrero.

Barbasucia se detuvo un instante con el rostro aturdido antes de tratar de abalanzarse sobre el bueno de Brego aullando improperios y maldiciones. Hicieron falta todos los hombres, además de su esposa, para conseguir frenarlo.

-¡Sí eso, tu anímale Brego!- Jadeó molesto el hombre de nariz aplastada consiguiendo a duras penas inmovilizar el brazo derecho de Barbasucia. Finalmente, entre los ocho hombres, consiguieron arrojarlo al húmedo suelo de tierra de un fuerte empellón.

-¡Animales!- Gritó su esposa, ayudándolo a levantarse- ¡Breanco! ¿Estás bien?

-Estáis todos locos- Maldijo él con los ojos muy abiertos mientras se incorporaba lentamente- ¡Os ha hechizado con sus palabras para volveros contra mí! ¡¿No os dais cuenta?!-

El resto de los parroquianos lo miró en un silencio solo roto por los cansados jadeos y el crepitar del fuego-

-Eres tú quien ha perdido los cabales o ha bebido demasiado- Respondió el hombre manco con voz débil tratando de colocarse la melena plateada.

-¡Has intentado atacar a Brego!- Chilló Fror, amparando a su magullado marido que sangraba por el labio inferior tras recibir un codazo desafortunado.

-¡Y casi me rompes el brazo!- Se lamentó el hombre de nariz torcida, derrumbado en un banco.

-Yo…-Barbasucia agitó la cabeza y observó a sus paisanos; En ningún momento había querido llegar tan lejos. Aquellos hombres y mujeres eran sus vecinos y el propio Brego era su amigo. –Con lentitud, se examinó las marcas de agarre y la piel enrojecida de sus brazos- ¿Qué había hecho? O mejor dicho… ¿Qué había estado a punto de hacer?-

-Breanco – Habló entonces el viejo con tono calmado desde las sombras- Dices bien en que yo he sido el primero en desconfiar de este joven errante, pero su historia y sus palabras hablan con la verdad. Quizás sea el primer sadradin que conozco que lo haga…-

-Pues claro- se dijo para sus adentros Grumo, intentando aparentar neutralidad- ¿Acaso mi pueblo podría tratar de otra forma a los breós que con desconfianza, engaño y recelo? Cuando nos mostramos amigables y abiertos, fuimos las víctimas de una guerra y un mal rey. Cuando nos mostramos conciliadores y quisimos ser un puente que conectase a los distintos pueblos de Corverra, fuimos tachados de intrigantes, estafadores y condenados al ostracismo y el exilio- Rió con amargura en su interior, haciendo un eco distorsionado de todas aquellas veces que había llorado cuando los habían expulsado de un hogar acogedor al frío camino -¿Cómo queréis que os tratemos, después de habernos hecho tanto daño los unos a los otros? ¿Cómo queréis que os tratemos si después de que mi padre os librara de gadoupos, perguiceiros y bandulleiros en lugar de invitaros a comer en vuestra mesa nos pagasteis tirándonos piedras?-

-Así que harías bien en escuchar lo que tiene que decir. Ya que dijo que esta historia era una que son tres.- Remató el anciano, avanzando para acercarse más a la lumbre.

Grumo miró un momento a Barbasucia, que había permanecido en silencio durante la disertación del anciano. El herrero parecía haber perdido toda su fuerza y su rostro se había ensombrecido al reparar en lo que había hecho. Si prestaba atención, casi podía ver como la vergüenza y la confusión rugían en su interior, alimentándose de su sensación de estupor y estupidez.

-Ysanna, vámonos a casa- Gruñó débilmente antes de abandonar la calidez de la baiuca para exponerse a la cólera de los elementos.

Durante unos instantes, nadie dijo nada. Se limitaron a mirarse unos a otros, todavía sin comprender qué había sucedido. Aquello había sido algo más que la típica reyerta y algo más grave que un desacuerdo, con desagradables consecuencias que ahora se alejaban, pero cuyos ecos regresarían tarde o temprano.

-Decíais que la luna se preguntaba algo…- Intervino entonces una de las muchachas que con tanto fervor habían escuchado el relato. Y al instante, todos los ojos se clavaron en el bardo.

Sorprendido, Grumo dio un paso atrás que su entrenamiento convirtió en un fluido movimiento lateral para reubicarse ante la lumbre. A luz de las llamas, su sombra se proyectó con fuerza mientras con pasos cortos y medidos examinaba a su recobrada audiencia.

-La luna, hija de los tiempos en los que los dioses dragón calcinaron el mundo, se pregunta si este pobre bardo tendrá valor para continuar con el relato que comenzó. Ahí afuera, la tormenta ruge con una impaciencia mal contenida y el viento, el agua y el rayo bailan a la espera de una música que los haga unirse y avanzar hasta que el beso del tiempo los separe de nuevo. Hasta entonces, nacerá el fuego del útero involuntario de los árboles y llorarán las nubes su pesada culpa nacida en los albores del mundo. Y aquí dentro, nuestros corazones ahora palpitan unidos, tan exultantes como culpables después de rechazar a la infamia y el miedo. Triunfantes en el amor y sí… también el cansancio. –

-¡De eso puedes estar seguro, chico!- Bramó el hombre de nariz machacada riendo de una forma nasal muy desagradable. Brego a su lado, se removió incómodo.

-Os he hablado de como el gran héroe Tesledo de Tresrríos desató la ira del bosque y de la montaña sobre todos nosotros al robar el corazón del río Fervenzil- Los habitantes de Ardovello asintieron- Pero la historia del hechicero supremo y la Dama Blanca no concluye con un manto de ceniza, tristeza y odio. Si no con un torrente de pena, gozo y lágrimas. Sobre lo que aconteció en esta ocasión, será más difícil para mí relataros, pero de igual forma haré todo lo que esté en mi mano para que el relato sea lo más completo posible. Y que así, podáis comprender el precio del alma. –

Esto que os relato, aconteció en una época más temprana, casi veinte inviernos después de que el héroe Tesledo regresase con el corazón robado del río hasta su amada Tresrríos. Desde aquellos dulces años, el robusto hechicero había perdido gran parte del vigor de su imponente cuerpo: Sus brazos y sus piernas eran todavía fuertes, pero su vitalidad parecía haberlo abandonado y caminaba encorvado, cojeando en las gélidas noches de Bóreas y en las abundantes lluvias de Astara. Su piel, marcada con las cicatrices de innumerables símbolos arcanos grabados en sí mismo en momentos de desesperación, había adquirido un tono grisáceo atravesado por surcos color arena en la parte interior de sus brazos. E incluso sus ojos; que antaño miraban al mundo aventureros y desafiantes, se habían encanecido y perdido su brillo. Que ahora tan solo recuperaba cuando al mirar al bosque desde el alto balcón de la torre del gallo se humedecían de lágrimas.

Aun así, no todo se había marchitado en el atormentado hechicero: Su poder y su dominio de las artes arcanas habían crecido de manera espectacular. Convirtiéndose a sus pocos más de cuarenta inviernos, en uno de los hechiceros más poderosos de Corverra. Tan solo superado, quizás, por la propia Ruxa de Tresrríos, su desaparecida maestra o la mismísima reina Elba Mano de Plata.

-¡La reina maga!- Exclamó el viejo Xan sorprendido.

-¿La esposa de Breo “El Forjador”?- Inquirió el hombre de nariz torcida- ¡Pero eso pasó hace más de doscientos años! ¿Cómo es posible que alguien sin sangre real pueda vivir tanto?-

-Yo tengo otra pregunta- Dijo con calma el hombre manco- ¿Para qué usó Tesledo el corazón del río?-

Grumo aceptó de buena gana las interrupciones sonriendo y esperó pacientemente a que dejasen de hablar. El bardo se apartó el pelo la cara y bebió un trago de vino antes de contestar.

-Veamos, de uno en uno: Sí, la mismísima reina maga que la historia nos ha dejado como una de las herméticas más poderosas de la historia del reino. Y sí, eso pasó hace más de doscientos años, pero Tesledo lleva desaparecido desde la gran guerra Edoam. Es decir… - Se detuvo un instante, haciendo cuentas – Unos setenta años. En cuanto a qué hizo Tesledo con el corazón y a que se debe su extraordinaria longevidad… esas preguntas se revelarán en su debido momento. –

Su audiencia asintió y guardó silencio para que continuase, pero él se tomó su tiempo en recorrer la estancia con la mirada antes de asentir satisfecho.

Bien, como os decía, el poder de Tesledo había crecido de manera espectacular a lo largo de los años y eso le había valido para conseguir su bien conocido puesto como hechicero mayor de Tresrríos. Así, para cuando arranca esta parte de la historia, el buen Tesledo había tomado a varios aprendices bajo su tutela y les había mostrado los caminos de la hechicería, tal y como él los había aprendido de su ilustre maestra.

Y así, esta historia comienza con una tragedia.

Las doce campanadas que marcaban la hora del búho resonaron con intensidad en la planta baja de la torre del Gallo, pero Tesledo no las oía. Al pie de una lujosa silla de madera con respaldo de terciopelo, los pliegues de la túnica del hechicero supremo se doblaban en azul hasta terminar en una intensa mancha irregular de color carmesí en torno a las anchas mangas. Temblorosas. Sus manos se cerraron con más fuerza sobre el pecho de un hombre joven de pelo rizo, que descansaba con los ojos cerrados y la cabeza ladeada en un gesto pacífico sobre el regazo del hechicero.

La última campanada resonó con fuerza en la torre, pero fue el enlutado silencio que le siguió lo que le hizo parpadear. Dejando caer dos pequeñas lágrimas sobre el apacible rostro del muchacho dormido. Las dos gotas de agua, cayeron lentamente hasta aterrizar sobre la frente del joven, convertidas en dos pequeños copos de ceniza. Tesledo alzó la vista: A su alrededor, los otros siete jóvenes descansaban sobre los caros muebles destrozados, perdidos en el sueño de la dulce inconsciencia. Y durante un largo minuto, aferró el cuerpo de su fallecido aprendiz con sus ojos cenicientos clavados en el oscuro techo.

La emboscada había sido corta y el contraataque brutal. Sus aprendices lo habían sorprendido en el vestíbulo de entrada a la torre y habían usado todo lo que sabían para tratar de detenerlo. Él, en cambio, se había esforzado todo lo posible para evitar matarlos.

-Pero he fracasado- Se dijo mirando sus manos manchadas con la sangre de Beiro, su alumno más aventajado.

-Lo han intentado- Pensó mientras tragaba saliva intentando evitar el llanto que luchaba por manar a través de él- Han intentado, en su creencia de que obran por el bien común, detenerme en mi locura y yo les he fallado… como maestro y como padre-

Golpeado por la fuerza monstruosa de aquel pensamiento, el hechicero trastabilló y cayó de rodillas con sus ojos verdes abiertos de par en par. En su locura, les había hablado de sus intenciones poseído por la ingenuidad de que apoyarían sus acciones. Sin embargo, tan solo había encontrado primero incredulidad y después horror, seguidos de un torrente de acusaciones y ruegos que pronto se convirtieron en amenazas. Pero todo fue en vano. Tras tantos años, nada podían hacer las simples palabras contra un propósito amparado por una voluntad férrea.

-¡Es mi derecho!- Había zanjado la discusión golpeando la mesa con el puño, derramando su copa y el vino carmesí que contenía sobre el delicado mantel.

-¡Como es nuestro deber y juramento proteger Tresrríos!- Había respondido Aldara, otra de sus pupilas, dejándose arrastrar por la indignación.

-¿Aunque sea de mí, de aquel que os lo ha dado todo?- Los había desafiado sin pensar en el peso de sus palabras.

-Aunque sea de ti, maestro- Respondió Bredo, el más joven de todos ellos desde el otro extremo de la mesa. Sus compañeros lo apoyaron, asintiendo.

Pero él no les había creído. No había concebido que aquellos a los que había considerado no solo sus hijos, sino también sus amigos y confidentes, se volverían contra él por defender a su amada Tresrríos. En su demencia, había asumido que solo se comportarían como niños contrariados.

-¿Tanto me he alejado de vosotros?- Pensó mirando el cuerpo magullado de Aldara descansar sobre una destrozada butaca mientras sobre la lujosa alfombra llovían copos de ceniza. –¿Tan ciega ha estado mi vista que no he podido antever que seríais mucho mejores que yo? ¿Qué no os quedaríais quietos y callados ante toda esta locura?-

Quiso gritar al sentir como su ser amenazaba con quebrarse. Al reparar en que su voluntad se tambaleaba contra el deseo de abandonar su propósito y quedarse allí. Velándolos y acunándolos hasta que despertaran.

-Deciros que no. Que nada ha pasado, que todo ha sido un mal sueño y que sigo y seguiré estando con vosotros para siempre- Se detuvo al sentir como no le salían las palabras- Enseñaros como nadar por la tierra y como trazar decenas de glifos encadenados sin pisar ninguno y tener que deshacer el trabajo. Me gustaría estar ahí para guiaros y contaros que fue lo que sucedió en el interior del bosque y por qué ahora tengo que hacer esto-

Pero entonces, la determinación regresó y su voluntad se impuso. Erguido, apretó los puños y observó una última vez a los jóvenes sin atreverse a hablar por miedo a que su coraza se quebrase de nuevo.

-Ya no soy vuestro maestro- Se limitó a decir- Como tampoco seré más señor de la torre del gallo. Cuidad vuestro camino y sabed que nunca volveremos a encontrarnos- Se detuvo al mirar el cuerpo tendido de Beiro- Salvo a ti; Tu y yo quizás nos veamos muy pronto. Y entonces, tendré mucho de lo que responder.-

A un gesto de su mano, los glifos grabados en la puerta de la torre ardieron con una luz azulada y el silencioso hechicero dejó atrás el umbral y se internó en la oscuridad.

Amparado por el manto de la noche. El hechicero se internó en las estrechas y pedregosas calles de la villa de Tresrríos, topándose de vez en cuando con algunos grupos de borrachos y vividores que no lo reconocieron. Sobre el firmamento, la ascendencia del dragón brillaba con fuerza pero Tesledo ni siquiera le dedicó un vistazo mientras se abría camino hacia las imponentes murallas fortificadas que protegían la ciudad.

Durante el camino, detuvo sus pasos para ocultarse de las diligentes patrullas que guardaban los barrios más humildes de la ciudad. Y solo cuando su eco se había perdido en la noche, continuó su marcha hasta las antiguas escaleras de piedra que ascendían a las casi seis varas de alto de la muralla. Allí, el hechicero se detuvo y tomó asiento en una de las desgastadas almenas. Que tantos crepúsculos y tormentas habían soportado. El viento frío de comienzos de Astara le dolió en la calva, pero no se movió.

En su juventud aquel había sido uno de sus lugares favoritos. Desde la parte más alta del norte de la muralla se podía ver el gigantesco mar verde que se extendía decenas de leguas hasta las lejanas montañas. Y justo a sus pies, el lugar donde los ríos Breo, Ardal y Fervenzil se unían para dar a luz al gran río Breo: un enorme brazo de agua pantanosa que recibía el nombre de “berce del rey”, en referencia al legendario rey Breo I.

Tesledo miró con tristeza y añoranza, primero al bosque y más tarde a la unión de los tres ríos. Cuando era un niño vagabundo, había pasado una buena parte de su infancia pescando en aquellas fangosas aguas escurridizas truchas y peligrosos lucios. Caminando sin rumbos por los humedales cercanos, soñando que atrapaba siviscos que le concedían poderes maravillosos a cambio de liberarlos. Poderes con los que se hacía famoso y rico y temido por toda la gente de Tresrríos.

Sin embargo, todos los intentos habían terminado con él con el culo mojado y sin nada más que bichos en el pelo y los bolsillos llenos de barro.

-Y ahora, aquí estoy. No con el culo mojado, si no con las manos manchadas de sangre- Dejó escapar un largo suspiro- Una vez más-

Una nueva oleada de pena y culpabilidad lo golpeó con fuerza cuando recordó lo acontecido en la torre. Subiendo por las murallas de su voluntad, aullando con un dolor tan antiguo como nuevo: El dolor que siente quien comete traición contra algo querido.

-Una traición necesaria- Justificó al viento y a las piedras que lo sostenían con un susurro desesperado- Hice lo que hice y estoy haciendo lo que hago con un solo propósito: Proteger a mi amada Tresrríos. Velar por su gloria y su bienestar- Las piedras no respondieron, como tampoco lo hizo el bosque. Pero el viento burlón se llevó sus palabras y le azotó la espalda, arrancándole una maldición.

-¡Es cierto!- Insistió en voz alta- La guerra con Eós ha terminado, pero la guerra con el bosque continúa y amenaza la ciudad. A cada año, la sombra del bosque crece y su odio se refuerza. Los pescadores no pueden salir a pescar, los cazadores son atacados sin piedad por espíritus y bestias por igual- El viento cesó y los árboles se agitaron movidos por una brisa invisible- Mi gente no merece esto. Y solo hay una forma de que acabe: Dándole a la historia su justo final- Concluyó antes de dar un paso hacia el río.

Las gélidas aguas lo recibieron con un terrible latigazo que el hechicero no resistió. Había añorado tanto aquella sensación que recibir su castigo era algo casi catártico.

Allí permaneció, dejando que las corrientes lo arrastraran como tantas veces lo habían hecho en el pasado. Y al llegar al centro del río, comenzó a nadar con brazadas largas y calmadas hasta la orilla contraria.

-No hay prisa- pensó, recordando un antiguo refrán de la zona – El río ha de traer lo que ha de llegar: Sea su carga fortuna o calamidad-

Al llegar a la pedregosa orilla al pie del bosque, se despojó de su empapada túnica y la arrojó al suelo, dejando que la luz de la luna y las ambarinas estrellas de la ascendencia del dios dragón, brillasen sobre su todavía tersa piel tatuada. A continuación, estiró los brazos para desperezarse y disfrutó del frío como no lo había hecho en mucho tiempo. Entonces, se inclinó sobre la tierra húmeda y dibujo un largo y esbelto símbolo que brilló débilmente antes de moldear el suelo en la forma de una sencilla caña de pescar con un pequeño anzuelo.

Y el hechicero supremo, se puso a pescar.

-¿Cómo decís?- Interrumpió el hombre de nariz aplastada con un bufido incrédulo- ¿Después de todo eso… se puso a pescar?-

-No seas estúpido- Amonestó Bento, el marido de Fror, dándole un codazo- Guardaría la caña para más adelante y se pondría a caminar, ¿Verdad?-

El bardo los miró divertido y asintió –En realidad, sí que se puso a pescar-

Su audiencia lo miró con un asombro mayor que si hubiera dicho que el héroe había salido volando. Él, sin embargo, trató de no echarse a reír.

-¿Estás seguro de que te sabes bien el cuento, bardo?- Preguntó el primero, enarcando una ceja.

-¡Pues claro que lo sabe! ¡Es un bardo licenciado, Rebolo!- Le riñó la atenta Fror, que había perdido todo rastro del temor que antes había ahogado sus ojos.

-¡Es que no lo entiendo!- Se defendió levantando las manos el hombre de nariz aplastada - ¿Cómo va a matar a todos sus aprendices para después irse a pescar?-

-¡Pues algún motivo tendrá! ¡Además, son cosas de hechiceros, seguro!- Respondió la mujer, dando por zanjada la duda.

-Pues a ver…- Dudó su esposo-  Algo de razón sí que tiene, ruliña-

-Es una duda razonable, bardo- Añadió el hombre manco de voz débil.

Grumo sonrió para sus adentros, manteniéndose en un silencio profesional durante unos segundos. Siempre pasaba igual. Si la realidad se transmutaba a las historias como una pieza tallada y pulida, corregida de sus imperfecciones para encajar con maestría en su espacio narrativo. No existía ningún quebranto y era aceptada como la verdad absoluta. Para, con el tiempo, pasar a ocupar el lugar de la propia realidad primigenia en el imaginario colectivo.

Sin embargo, cuando los bardos y los cuentacuentos, optaban por reflejar la realidad más imperfecta; surgían los problemas y las preguntas. Al fin y al cabo, a todo el mundo le gustaban las historias de heroísmo o de amor como la del romance de la Princesa Ciervo. En cambio, a todo el mundo le parecía grotesco, por muy fiel a la realidad que fuese, que la propia Cori “la Reina Ciervo” se masturbase culpable y furiosamente justo después de ver a su prometido por primera vez  a la tierna edad de catorce años.

-La realidad- comenzó a decir- Casi nunca encaja con lo que esperamos. Y a menudo, me atrevería a decir que tiene un sentido del humor ridículo y macabro. En este caso, Tesledo mató a uno de sus aprendices, sí- Corrigió al hombre de nariz aplastada que lanzó un sonoro “Ahhh” de entendimiento – Pero también se fue a pescar, porque si algo caracterizaba a nuestro antiguo hechicero supremo, era sin duda que siempre fue un ser impredecible.

Y como os digo, nuestro héroe comenzó a pescar. De ello, aunque no sea importante, diré que a pesar de los años que había pasado sin practicar, estos no habían mermado su habilidad. Sin embargo: Ni un solo pez, insecto, rama o alga picó en su anzuelo. Y todos los lances, sin importar lo buenos que fueran, no le trajeron nada más que fango del lecho del río.

Mientras tanto, el viento, mensajero siempre fiel a quien sepa desentrañar sus acertijos y enigmas, llevó la noticia a las aves y estas a su vez a todos los habitantes de la ribera. En menos de una campanada, decenas de silenciosas aves nocturnas habían ocupado sus puestos de vigilancia a una distancia prudencial.

Los ojos del bosque observaron con sus diminutos corazones sobrecogidos y henchidos de odio el extraño comportamiento del ladrón del corazón del río. Aquel miserable humano que había sumido al bosque, con su acto de traición, en un estado de furia que embargaba todas sus almas. Muchos de los depredadores más jóvenes, chasquearon el pico con impaciencia mal contenida. Ansiosos por hundir sus picos y garras en su carne y degustar los ojos y el hígado de aquello que llamaban “la raíz del mal”. Sin embargo, la majestuosa águila arpía que actuaba como matriarca, lanzó un único chillido de advertencia que atravesó con fuerza la oscuridad de la noche: Quien hiciese saltar a la presa se enfrentaría a la ira del bosque.

Tesledo sintió como todos aquellos ojos invisibles se cernían sobre él y recogió el sedal hecho de rocío nocturno con tranquilidad. En su cuello, el talismán de plumas y plata que representaba el blasón de la guardia del búho, le advertía del enorme peligro que corría y casi sentía los lentos y esforzados movimientos de las raíces del bosque. Que se deslizaban, sin éxito y sin importar el daño que causasen, bajo la tierra con el fin de atraparlo.

-La ira y la rabia han privado al bosque de la razón y de su sabiduría- Reflexionó el hechicero, sintiendo como la hostilidad del ambiente crecía cada vez más y más. Esforzándose para no romper la apariencia de calma que envolvía el “berce del rey”. –La situación es más grave de lo que pensaba- observó, al percibir como hasta las zarzas más cercanas hacían lo imposible para agitarse con el fin de tratar de arañarlo con sus tallos espinados.

-¿A esto he condenado a mi gente?- Se preguntó con amargura- ¿A qué todo ser del bosque nos evite o nos odie? ¿A que solo piense en atacar y matarnos, así sea a costa de su propia vida?- Una única lágrima de ceniza bajó por su mejilla derecha, revoloteando en el aire antes de posarse en la fangosa orilla.

-Tendría que haber hecho esto diez años atrás. No. Tendría que haber renunciado a mis absurdas aspiraciones y encontrar otra forma de proteger la ciudad. Una que no implicase esta locura…-

-¿Insinúas que te arrepientes de tus logros?- Preguntó una voz en su cabeza – Eres el héroe de Tresrríos y uno de los hechiceros con más talento que ha habido nunca en la ciudad- Le recordó – Además, usaste el poder del corazón de una forma noble y sabia. Es estúpido que lo niegues-

-Nada de eso justifica este precio- Se reafirmó Tesledo, tratando de espantar aquellos pensamientos- Mucho menos mi propia gloria personal a cambio de la vida del bosque-

-¿Estás seguro?- Volvió a la carga la insidiosa voz- Nuestra gente sobrevivió al alzamiento de Valfor gracias a ti. Y no te mientas diciendo que no has disfrutado de las merecidas mieles de la victoria- La voz interior se hizo más dura –Lo has hecho… y con creces. -

Tesledo se removió incómodo. Aquella parte de él era la misma que le decía que detuviese aquella locura. Que todo lo que había ganado era suyo para disfrutarlo y que su papel de héroe en aquella historia era innegable. Al fin y al cabo, sin el corazón del río y su poder, Valfor “El demonio doliente” podría haber conquistado la ciudad con sus huestes o imponer unas condiciones de vasallaje mucho más duras en la negociación de la paz. Lo peor de la situación, era que en su mayor parte, tenía razón.

-Pero uno no puede dejar a un lado las consecuencias de sus actos eternamente, por mucho beneficio que hayan traído a su gente – Permaneció en silencio unos minutos, observando la sombra de las murallas de la ciudad.

– Ya no al menos. Ha llegado el momento de pagar-  Susurró antes de incorporarse e internarse en el bosque sin mirar atrás.

Los ojos del bosque, sorprendidos, observaron como el ladrón del corazón del río caminaba sin prisa entre los mudos árboles que le abrían camino. Como si fuese un cordero conducido al matadero, las ramas y raíces retrocedían en silencio, abriendo una senda que el maligno humano siguió con decisión como si alguien lo esperara. Confusas, las aves nocturnas revoloteaban entre las copas, chasqueando los picos con una mezcla de enfado e indecisión. Aguardando la reacción de la pensativa matriarca que sobrevolaba la zona en círculos. La anciana ave, que había presenciado el robo del corazón, observaba la diminuta figura del hechicero, para después girar y contemplar las lejanas montañas. Preguntándose por qué no descendían las nieblas de su alto palacio para acudir al momento de la venganza.

Mientras tanto, sobre todos ellos. Las estrellas de bronce de la ascendencia del dragón, brillaban.

Amparado por el silencio sepulcral de los árboles y el pálido brillo de la luz de la luna, Tesledo se abrió caminó y dejó atrás el rumor del río para internarse en las arboledas más profundas del bosque. En dirección a la antigua y salvaje arboleda conocida como la “Frondafierra”. En su camino, no se topó con ningún habitante del bosque que tuviera medios para alejarse de él. Ni tan siquiera aquellos monstruosos como las crías de coca que en su adultez alcanzaban casi las cincuenta varas de largo. Incluso los insectos, que poseen las mentes más simples y viven a camino entre el reino de los vivos y de los muertos, hicieron todo lo posible para evitar cruzarse en su camino.

Tras varias horas de caminata, el hechicero se detuvo fatigado a descansar y desempaquetó sus escasas provisiones. El ambiente estaba cargado con una cálida humedad antinatural en la que proliferaban varios tipos de hongos parasitarios que colonizaban las raíces y los brotes más tiernos de los árboles. Impidiendo continuar su desarrollo a los más jóvenes y privando de su sustento a lo más viejos.

-El bosque… no está bien- Susurró de forma casi inaudible olvidando por completo su cansancio. Sus palabras se alejaron durante un largo minuto hasta que el árbol en el que se apoyaba crujió de forma estremecedora.

-Claro que no está bien- Sintió que transmitía aquel enorme roble.

Tesledo se incorporó alarmado y se alejó a grandes pasos del árbol, torciéndose el tobillo en el proceso. Trastabillando, el hechicero maldijo en voz alta y trató de seguir alejándose, pero la presa que ejercía la nudosa raíz sobre su pie era firme y ni siquiera podía sentarse.

-Aëinsenna, ancestro roble- Comenzó al tiempo que lanzaba un pequeño pergamino hacia la base del árbol – Mi vida no te pertenece, libérame-

-No soy ancestro, ladrón.- Chirrió el enorme árbol agitando sus hojas –Solo uno más despierto que el resto-

-Entonces, tu tiempo no ha llegado- Entonó rápidamente Tesledo con autoridad, evocando los versos antiguos – Los vuestros no han de despertar hasta que os llamen los mismos Talhi. Los vuestros no han de caminar hasta que seáis necesarios para frenar el regreso de la tempestad Noblä Khan. El regreso de…- La presa sobre su pie se hizo más fuerte, haciéndole gemir de dolor.

-Uno no ha sido llamado. Ha despertado. Los Talhi ya no están. Cruzaron el río hace tiempo y no volverán.- Más raíces envolvieron el pie de Tesledo y comenzaron a ascender lentamente por su rodilla. –Los Talhi no están. El ladrón del corazón tiene la culpa.-

-Mi vida…- Jadeó Tesledo intentando frenar el avance de las raíces vertiendo su odre de licor sobre ellas- no te pertenece. Pertenece a la Dama Blanca, ella es la única que tiene potestad para matarme.-

Al escuchar el nombre de la señora del río el enorme árbol enloqueció. Decenas de pequeñas raíces brotaron de la tierra como gusanos, buscando la carne del hechicero. El tronco crujió con un estallido devastador mientras trataba de desarraigarse para aplastar a su presa y las ramas se inclinaron de forma antinatural, tratando de alcanzarlo e inmovilizarlo sin éxito.

-La hija de la montaña ya no está. Se ha ido.- Manifestó con una rabia tan profunda que Tesledo estuvo a punto de gritar. Las hojas se agitaron sonando como cientos de cascabeles en la noche y las raíces se cerraron con tanta fuerza que Tesledo pensó que había perdido el pie.

-La furia del bosque lo ha consumido. No hay nada que hacer- Decidió el hechicero, visualizando el glifo que escondía el pulcro pergamino- Glifo de incendio mayor… ¡Despierta!- Chilló.

Una luz cegadora surgió del pergamino antes de estallar en una espectacular bola de fuego que envolvió por completo el tronco del árbol. Azotadas por la agonía, las raíces soltaron a su presa y Tesledo aprovechó para rodar unos metros para alejarse de él antes de que las llamas lo alcanzaran. Aterrados, los numerosos ojos del bosque huyeron en desbandada antes de que su más odiado enemigo los atrapase.

Abrumado por el dolor, las ramas del gran roble se agitaron en todas direcciones, contagiando su ardiente condena a sus compañeros más cercanos. Pronto, un total de cuatro árboles ardían sin remedio con el roble como su desesperado mesías en su implacable venganza.

-Nuestro tiempo se acaba. Como lo hará también el de nuestro asesino- Sentenció con una multitud de estallidos mientras el tronco comenzaba a inclinarse hacia el hechicero.

-¡Mierda! De todas las cosas que pensé que acabarían conmigo…- Gruñó Tesledo vislumbrando como el inmenso tronco lo aplastaría. Frenético, mordió su mano y dejó que manase un reguero de sangre de aspecto viscoso para dibujar un rápido símbolo y entonces, sintió como la enorme sombra se cernía sobre él.

El suelo se estremeció cuando el tronco llameante se estrelló contra el pequeño cuerpo del hechicero, levantando una nube de tierra y polvo en la que pronto empezaron a flotar ascuas que se hicieron ceniza. Los ojos del bosque, a los que se unieron los pequeños moradores de troncos y ramas, rodearon el claro y observaron desde la distancia como los árboles incendiados se esforzaban por no acercar sus ramas hacia sus compañeros más cercanos. Las aves más jóvenes, graznaron de pena e indignación, al contemplar como los nidos llenos de huevos afianzados en las uniones de las ramas, desaparecían consumidos por las ávidas lenguas naranjas y carmesíes. En los ojos de las más viejas, tan solo se podía leer el profundo dolor que acompañaba su desolación.

Al pie del claro, trastabillando por el intenso dolor, Tesledo se abrió camino cubierto de tierra y maleza hasta el ardiente tronco del roble. Se acercó lo máximo posible hasta las llamas y susurró:

-Yo no quería esto. Yo no quería esto. No quería darte la peor de las muertes- Un coro de débiles crujidos surgió del interior del tronco como respuesta.

-El asesino del río es también el asesino del bosque. Su nexo exige nuestra destrucción para despertar. Ahora puedo verlo- Al entender el significado de aquellas palabras, Tesledo retrocedió como si hubiese recibido una fuerte bofetada.

-No es posible, te equivocas. – Negó dando un paso atrás- Vengo a entregar mi vida y mi alma a su legítima dueña.-

-Cuatro mueren sin frenar a su asesino. El bosque no tardará en seguirles ahora que la hija de la montaña se ha ido- Profetizó débilmente el roble moribundo.

-¿Adónde? ¿Adónde ha ido?- Preguntó el hechicero sintiendo como la sospecha y el horror crecían en su interior con la fuerza de una tempestad. -Dime, anciano de lo profundo ¿Adónde ha ido Piorneda?-

-La hija de la montaña, princesa de los Talhi… se ha ido- Repitió el consumido árbol con un último crujido.

-Dime a donde ha ido, te lo imploro- Rogó Tesledo arrodillándose ante el incandescente tronco inmóvil – ¡Dímelo!- exigió con una voz terrible.

Pero el árbol no volvió a hablar. Las voraces llamas alimentadas por el poder arcano penetraron su corteza, alcanzando en unas horas su misma alma que al amanecer la luz del sol encontró convertida en un pequeño montículo de humeantes cenizas. Y junto a ella, sobre un suelo de tierra carmesí, un nutrido manto de amapolas esparcidas por todo el claro cimbrearon alegres mecidas por el viento de la mañana, celebrando aquella nueva vida que acababa de comenzar.

Sin embargo, horas antes, Tesledo se irguió tanto como pudo y observó como el bosque intercambiaba las horribles noticias con un coro de crujidos y chasquidos que se propagaban como una poderosa onda en todas direcciones. Sobrecogidos, los escasos habitantes del claro que no habían huido despavoridos, contemplaron el espectáculo en silencio o se alejaron con el corazón lleno de pena sin mirar atrás.

-La historia se repite- Comentó con tristeza hacia nadie en particular - Y si Piorneda de verdad se ha ido, entonces hay muchas cosas que no entiendo- El arcanista se arrodilló con torpeza y permaneció en silencio, perdido en sus pensamientos mientras el crepitar de las llamas llenaba el claro. Con su mano derecha, tironeó de la larga barba sucia y llena de tierra y aunque todo su sentido común le aconsejaba lo contrario, proyectó su alma hacia el exterior de su cuerpo internándose en el mundo espiritual.

El recién lanzado tronco a la lumbre chisporroteó con fuerza en el silencio de la baiuca cuando el bardo detuvo su relato para vaciar de tres grandes tragos su vaso de vino. Su audiencia lo contempló pensativa y silenciosa, hasta que el hombre manco de voz débil se aclaró la garganta…

-¿Es cierto entonces que la Dama es princesa de los Talhi? Nunca hubiera pensado que una mujer tan aterradora estuviese emparentada con los bondadosos espíritus del bosque.-

-¿Bondadosos? ¿Acaso estás de broma?- Cuestionó el hombre llamado Bento con un gesto desdeñoso – Si es así, ya me explicarás por qué debemos llevar amuletos de sal o piedras de llama y trueno cuando cruzamos al otro lado del río-

-Entre otras cosas porque vais a matar a sus amigos, a sus compañeros- Respondió con sequedad el hombre manco, fulminándolo con la mirada- En mi tierra, los talhi son bondadosos porque tratamos al bosque con respeto y siempre de mutuo acuerdo…-

-Mira, Eigo, no digas tonterías- Contraatacó herido Bento- Sé de buena tinta que en Odagal también tenéis problemas con ellos, porque como nosotros necesitáis la madera de los bosques para sobrevivir…-

-¡Además, el bosque pertenece al rey!- Aportó el hombre de nariz aplastada- Y si el rey nos ha dado permiso para cortar la madera… ¡Pues tenemos todo el derecho de sacarla!-

-Y después os preguntáis por que tenéis que ir protegidos al bosque…- Contestó con sorna Eigo, recibiendo varios ademanes groseros como respuesta –Yo solo digo, que no podéis comparar la forma en la que tratamos los bosques en mi tierra con como lo hacéis en Corverra-

-Vamos, vamos- Trató de calmar en tono conciliador Brego temiendo otra trifulca- Estoy seguro de que…-

-Somos leñadores, Eigo- Escupió furioso Bento derramando parte del vino de su vaso – Nuestros padres fueron leñadores, al igual que nuestros abuelos. Todos nosotros y casi todo Ardovello ha hecho de este noble oficio su forma de vida. Es un trabajo duro, pero muy necesario y lo hacemos con respeto y prudencia, buscando hacer el menor daño posible para evitar la ira del bosque. Pero aun así, todos los años perdemos a algún buen hombre y todos los años la ira y el odio del bosque crecen y nos golpean a nosotros. No a los hechiceros de Tresrríos por el delito que cometieron, ni tampoco a los codiciosos mirandos que talarían de buen gusto hasta el último de los árboles por unas pocas monedas más. – Se levantó de la larga mesa, derramando parte del vino al suelo de tierra- Es a nosotros, los humildes leñadores que solo buscamos tomar lo necesario para sobrevivir a la ira de los intendentes y a la cuenta atrás del tributo. Es a nosotros, cuando deberíamos ser sus aliados, a quienes da la espalda y traiciona usando a sus bestias y monstruos. En tiempos de mi abuelo vivíamos a la vera del río ¡Ahora nos ocultamos tras empalizadas altas y tememos los sonidos que vienen de más allá de sus orillas! Así que, dime sabio Eigo de la avanzada tierra madre de Odagal: ¿Qué debemos hacer para que el bosque deje de tratarnos como a enemigos? ¿Qué camino de paz y concordia hay que tomar para que nuestros niños puedan acercarse al curso del Ardal sin que tengamos miedo a que se los lleven los hombres serpiente?- Remató, acompañando cada pregunta clavando un dedo en el pecho del hombre manco.

-El bosque recuerda- Se limitó a decir este en respuesta. El rostro de Bento se contrajo en una mueca de rabia tan fuerte que Grumo temió que estuviera a punto de atacarlo.

-El bosque recuerda, pero nosotros también- Dijo entonces Fror, con los labios apretados como si estuviera a punto de llorar. –Recordamos a los que ya no están, a veces con más intensidad que este fuego que nos alumbra-

-¿Y que tiene tanto que recordar?- Repuso el hombre de nariz aplastada, con un bufido nasal tan desagradable que a Grumo le dieron ganas de gritar que se callase – Si un mago loco lo envenenó hace más de cien años robando una piedra muy bonita, lo entiendo- Antes de seguir, inspiró fuerte por la nariz y escupió al suelo – ¡Pero qué tiene que ver con nosotros, por todos los urcos!-

-Si mal no recuerdo, estábamos escuchando una historia- Habló entonces el viejo Xan con un destello de ira en su carcomida mirada- No dejéis que el vino aguado de Brego os nuble el juicio y dejadme escuchar, quiero oír lo que nuestro invitado tiene que contar-

-Eso, el que quiera pelear, que se vaya a darle puñetazos a la tormenta-  Apoyó una de las tres muchachas, recibiendo como respuesta varias miradas fulminantes. Pero eso no la hizo callar.

-No me miréis con cara de cerdos, que no soy una berza-

-Una resabida, eso es lo que eres. – Le espetó Fror, encarándola.

-Empiezo a preguntarme si realmente no habrá una efigie vasajha de corteza y humo aquí- Se digo Grumo, observando como el ambiente se caldeaba más y más. Durante un instante pensó en intervenir para calmar los ánimos, pero se decidió a no hacerlo cuando el hombre de rostro contrahecho resbaló de forma estúpida con el charco de vino y todos estallaron en carcajadas.

-Solo están más borrachos de la cuenta- decidió, aprovechando el descuido para apurar el vino y rellenarse hasta el borde el vaso con la jarra de la mesa.

-¡Bueno, ya está bien de que abuséis de mi hospitalidad!- Se impuso Brego con dos sonoras palmadas en los hombros de Bento y Eigo –Dejad de discutir y ayudad al pobre Rebolo a levantarse o id a compartir vuestras opiniones con la tormenta-

Ambos hombres se miraron con desagrado antes de levantar a su dolorido compañero del suelo y volver a ocupar sus asientos. El borracho de nariz torcida, se sacudió como pudo y recogió el vaso del suelo para volver a servirse, cuando el dueño de la casa le apartó la jarra negando con la cabeza.

-¿A mí también me vas a amenazar con la tormenta?- Lo desafió la rechoncha Fror con los brazos en jarras. Brego se encogió de hombros, siguió recogiendo los vasos y agitó la casi vacía jarra lanzándole una mirada sospechosa al sucio Rebolo antes de retirarse.

Entonces, Grumo decidió intervenir.

-¿Y qué tal si desplazamos las amenazas a un lado, junto a los exilios y las sospechas?- Preguntó levantándose con elegancia del banco. -¿Acaso el espíritu de Breo El Grande, padre de Odagal y por ende de Corverra, aprobaría que sus descendientes se amenazasen y discutiesen con la inquina y el resentimiento como bandera?-

Fror frunció el ceño y tensó los finos labios antes de contestar, pero él fue más rápido y tomando entre sus suaves manos las suyas, dijo:

-Mi querida señora, no dejéis que la sombra de aquellos que ya no están empañen vuestro ánimo. En este día tan triste y furioso, en el que la tormenta batalla contra la tierra y el bosque, no traigáis más desorden y oscuridad al pie de la lumbre. –

-¿Y qué se supone que tenemos que hacer? ¿Olvidarlos? –

-¿Crees que yo puedo olvidar a mi hermano, sadradin?- Gruñó Bento, acercándose para amparar a su esposa con sus largos y nervudos brazos. –¿Crees que podemos olvidar a nuestros muertos tan a la ligera?-

-¡Por las nueve cortes, no!- Exclamó Grumo alzando las cejas y dando un fuerte resoplido de irritación- Yo nunca olvidaré como a mi padre lo mataron de una paliza los buenos ciudadanos de Trebonte. Ni tampoco como un Breó dejó tuerta a mi hermana tras leerle malas cartas con la baraja perdida. Pero de nada me sirve arrastrar el rencor que ha dejado la sombra de su memoria o de los pecados de unos u otros pueblos. -

Hizo entonces una pausa, sintiendo como todas las miradas estaban posadas de nuevo en él. Con calma, recogió el taburete que había derribado y respiró hondo: En el rostro de Fror podía ver una profunda desazón, mientras el labio superior de Bento temblaba.

-Lo que quiero decir…-

-Aquí nadie ha perdido más gente que yo- Lo interrumpió el viejo Xan aclarándose la garganta- Y todos lo sabéis. He visto dos guerras con los sureños y el paso de toda una generación. En lo que llevo caminado en este mundo, muchos han desaparecido en el bosque. Y a otros se los llevaron las plagas o murieron en las refriegas de Edon, en el lejano sur.-

-¿Y qué quieres decirnos con eso?- Preguntó Rebolo rascándose con energía la goteante y retorcida nariz.

El anciano no respondió inmediatamente, si no que se levantó del banco con calma y arrimó como pudo un taburete hasta colocarse al pie de la agonizante lumbre. Grumo creyó ver una lágrima deslizarse en solitario por el apergaminado rostro antes de desaparecer entre la descuidada barba.

-Pues que pocos de todos los que yo he conocido querrían ver a buenos compatriotas peleando en una noche tan oscura. –Se volvió hacia el resto- Y en lugar de compartir comida e historias a la luz del hogar, aquí estamos. –

Tras eso, se hizo nuevamente el silencio y tanto Bento como Fror intercambiaron miradas incómodas. Grumo no dudó un instante y se adelantó dejando que su capa ondease con un movimiento súbito, indicando que era el momento de continuar.

Tesledo observó con tristeza el terrible silencio de luto que envolvía el claro y como los retazos de energía vital de los árboles consumidos ascendían en columnas vaporosas para unirse de nuevo con la sentisdag. Libre de las ataduras de su cuerpo, el alma del hechicero flotó por encima de las copas de los árboles y fue arrastrada por el viento hasta que la altura fue suficiente para ver mejor los altos picos de las montañas.

-La corriente vital del bosque…- murmuró encandilada una de las tres muchachas. Al escucharla, Grumo frunció el ceño, pero no se detuvo.

Desde las grandes alturas, los árboles apenas eran pequeñas motas verdes en un tapiz de energías en movimiento constante. Incluso las montañas, de raíces de sólida roca, se revelaban ante Tesledo inmersas en una lenta danza que tardaría incontables años entre cada pequeño paso del baile de la propia tierra. Entonces, el viento, motor de cambio por excelencia, cambió su dirección y el hechicero tuvo que manifestar su voluntad para evitar ser arrastrado hacia las montañas.

-Dama Piorneda- Vertió sus susurros a la brisa- ¿De verdad te has ido? ¿Has abandonado el bosque a su suerte y a mi merced? – El eco de las palabras del hombre se extendió por el bosque y este se estremeció e intercambió crujidos y chasquidos que avanzaron como una ola hasta sus lejanos confines.

-Los bardos dicen que ya no quedan monstruos que puedan detenerme. – Continuó- Dicen que el bosque no tiene armas capaces de vencerme, pero se equivocan. Tu eres el arma que es dueña de mi muerte y mi destino, tu eres la única que puede tomar mi alma y deshacerla en los nueve vientos. Dama del gran bosque, señora del río, hija de la montaña… ven-

Tesledo esperó a escuchar a lo lejos el familiar trueno que anunciaría su presencia o ver una larga lengua de niebla caer desde las cimas como una cascada blanca. Pero la cálida noche permaneció imperturbable, con el denso dosel del bosque hechizado por una quietud antinatural.

-Algo no va bien aquí- Se dijo a sí mismo, luchando por deshacer el nudo que se le había formado en la garganta- Algo no va nada bien-

-¡Piorneda!- Clamó con un estallido de energía que azotó al viento y al bosque con su voluntad- Tu eres la única dueña de mi muerte y sé que nunca abandonarías el bosque. ¡En nombre de mis muchos pecados, reclamo tu presencia! ¡Ven!-

Ante sus ojos, las escasas nubes y la fina neblina que cubrían el cielo nocturno se despejaron y las estrellas de la Ascendencia del dragón lo observaron con una intensa luz carmesí, destellando con la forma de unas grandes fauces. Entonces, el bosque se agitó como movido por un vendaval invisible y la densa niebla oculta bajo la tierra manó con la fuerza de una riada, envolviendo el claro donde se encontraba el cuerpo del hechicero hasta hacerlo desaparecer.

-Iré, pero nunca bajo tus términos- Lo mordió con odio una voz fría como una ventisca.

Guiado por el instinto, Tesledo proyectó toda su voluntad para regresar de nuevo hasta su cuerpo, pero cuando se internó en la niebla sintió mandíbulas y garras gélidas que apresaron su alma, inmovilizándola por completo.

-Yo os saludo… poderosos hijos de la niebla. – Balbuceó el hechicero, tratando de mantener la calma ante el profundo dolor que sentía en aquel momento. Al instante, dos nuevas fauces invisibles más poderosas se hundieron de forma quirúrgica en lo más profundo de su ser con fuerza suficiente para estar a punto de partirle en dos.

-Yo.. conozco esta presencia… Dregot y Saodh- Se forzó a susurrar- Sabía que era imposible que os hubiese matado cuando atacasteis la…- Pero no pudo continuar, porque a las nuevas fauces se unieron dos pares de poderosas garras que hicieron gritar de dolor al hechicero.

-A medias – Gruñó uno de ellos antes de lanzar una nueva dentellada que se cerró sobre la pierna derecha de su cuerpo.

-Casi lo consigues- Añadió el otro con un susurro insidioso- Pero madre nos reclamó y así salvó nuestras vidas. –

-¿Vidas? ¡No me hagáis reír!- Se mofó Tesledo a pesar del intenso dolor que recorría cada palmo tanto de su cuerpo como de su alma- Sois una consecuencia de la dolencia de un alma antigua. Un síntoma de una enfermedad, los hijos de una plaga nacida de la mente. Tan solo sabéis sembrar el terror allá donde pasáis y nada más que eso. –

La ola de odio y furia que emanaba de aquellas espectrales criaturas cuadrúpedas se trasladó a la fuerza de sus zarpas y mandíbulas, que se cerraron con un chasquido antes de arrastrar con fuerza al hechicero de vuelta a su cuerpo. Al recuperar de forma tan brusca sus sentidos, Tesledo boqueó en busca de aire y gritó de dolor, tratando de volverse espalda arriba, pero los ojos rojos como la sangre de los diablos de la niebla destellaron en la oscuridad y sus mandíbulas inmovilizaron en un instante al poderoso hechicero.

-Y sin embargo, tu corazón no solo no parece temernos- Gruñó uno soltando la presa y poniendo una garra inmaterial sobre el sucio pecho desnudo de Tesledo. –Si no que sigue teniendo esa actitud desafiante, como si todavía pudieses ganar. –

-No me lo tengáis en cuenta, tan solo es una mala costumbre- Jadeó el hombre, desistiendo de liberarse y relajando el cuerpo con la mirada fija en el denso manto blanco- Sin mis hechizos, estoy completamente indefenso-

El gélido aliento de las criaturas se hizo escarcha en la sucia barba del hechicero, que tosió violentamente al respirar hondo. Bajo él, las raíces de los árboles más cercanos bebían con avidez la sangre cenicienta que manaba de sus heridas, buscando con todas sus fuerzas ensartar la tentadora carne del asesino.

Los ojos del bosque descendieron en silencio y buscaron refugio en las copas más cercanas. Sin embargo, algunas de las criaturas más impetuosas se abalanzaron sobre el cuerpo del asesino del río, obligando a los diablos de la niebla a espantarlas sin piedad.

-Es nuestro- Gruñeron partiendo en dos a un desdichado cárabo nival que se había lanzado a por los ojos del hechicero. Los restos del ave se estrellaron contra uno de los troncos, pintando sobre él un cuadro de vísceras y plumas.

-¡Pertenece al bosque!- Chillaron enfurecidas las aves y alimañas en una multitud de ululares, chillidos y gruñidos que Tesledo pudo comprender por el rencor y la furia que rezumaban.

-Su vida pertenece a nuestra madre, a la hija de la montaña. Así fue decretado- Rugieron los monstruos utilizando su forma inmaterial para cubrir por completo al hechicero y protegerlo de los cada vez más enfurecidos picos y garras que se cernían sobre él.

-¡La hija de la montaña ya falló una vez, esta vez serán los hijos del bosque los que actúen!¡Queremos su sangre para obtener su fuerza y a través de ella la venganza! ¡Entregadlo! - Gritaron en un coro cacofónico las copas y las ramas de los gruesos árboles que rodeaban el claro, arrojando ramas, hojas y heces sobre el hechicero. A medio camino entre el mundo material y el de los espíritus, Tesledo casi podía palpar la monstruosa furia primigenia que consumía todos los seres del claro con la voracidad de un incendio.

-Todos salvo yo… ¿Pero por qué?- Se preguntó y entonces reparó en el pequeño bulto que guardaba en el bolsillo de su túnica. Algo que cabía en su puño, pero que para él pesaba mucho más que una montaña.

-Claro… el agua es, junto con el viento, el elemento del cambio y aunque puede tender hacia la furia, su naturaleza primigenia es la calma- Meditó, olvidando por completo su situación- Entonces… tiene que ser eso, pero…-

-Aquellos que desafíen a la hija de la montaña, morirán- Amenazaron los monstruosos hijos de la niebla a las cada vez más hostiles criaturas de los árboles –Y nos alimentaremos de su alma-

Entonces, un estallido resonó en la distancia seguido de un sonido de arrastre que reverberó con una intensidad ominosa, como si proviniese de todas direcciones al mismo tiempo. Apresado por completo, Tesledo solo pudo girar la cabeza y contemplar como una alfombra de ratones, comadrejas y alimañas menores huían desesperados de un enorme cuerpo que se arrastraba en la oscuridad. Con cuidado, trató de girar la mano y mojar el dedo en su propia sangre, pero la mandíbula de uno de los diablos se materializó sobre su brazo y el hechicero sintió como los helados colmillos se hundían en su túnica.

-Puedes intentarlo, pero tendrás que hacerlo sin brazos- Proyectó en su mente la criatura.

-Mi vida pertenece a vuestra madre, no a vosotros- Argumentó escupiendo saliva escarchada por el intenso helor que desprendían las criaturas – Pero si se acerca el viejo litur en busca de revancha, faltaremos al sino que dictaron las ascendencias y el castigo será terrible-

-No es un litur lo que se acerca desde el bosque, asesino. Pero no temas, tampoco es tu muerte. –

-¡Entonces por todos los urcos! ¡¿Qué es!?- Pero ya no le hizo falta la respuesta.

Los iracundos observadores de las copas huyeron despavoridos en la noche cuando un cuerpo grueso como el tronco de un árbol anciano se abrió camino reptando estirando sus más de veinte cabezas serpentinas en un coro de silbidos. Las escamas de un color grisáceo con tintes esmeraldas, aparecieron a través de la niebla, cubiertas de cieno y algas de la laguna donde la criatura debía haber estado descansando… o acechando.

Y entonces, tras una breve exploración, una a una las veinte cabezas giraron con suavidad hacia su cuerpo inmovilizado y comenzaron a avanzar con una falsa lentitud.

-Veneno de hidra anciana…- Murmuró Tesledo sintiendo de pronto una fría y extraña paz que se adueñó de su cuerpo –No existen formas mucho peores de morir en todo el bosque-

En respuesta, los diablos de la niebla se separaron de él y se alejaron con respeto, casi con temor, de la criatura. El hechicero se giró con dificultad y se puso de rodillas, ignorando las lágrimas de ceniza que manaban de sus ojos en una sucia línea de gris que llovía desde el alargado rostro hasta el suelo.

-Es una buena elección- Musitó, percibiendo la contaminada inteligencia de la criatura- Un veneno que pudre el cuerpo y corroe el alma. –

Una única cabeza, similar a la de una cobra real, se separó de sus compañeras y descendió hasta la altura de la cabeza del asesino. Deteniéndose con un movimiento ondulante provocador, casi sensual.

-Estoy listo- Dijo Tesledo con un hilo de voz, mirando sin pestañear a su verdugo –Tan solo quiero…-

Pero la criatura no aguardó y con la rapidez de un rayo hundió los dos afilados colmillos de tamaño de una daga en el hombro derecho del hechicero. Sobrepasado por el dolor y el intenso ardor que le producía el veneno al penetrar en su interior, Tesledo entrecerró los ojos y lucho por no derrumbarse. Tomando entre sus brazos la cabeza de la criatura.

-Me alegro de que no te hayas ido, Piorneda…- Murmuró, dejando caer un hilillo negro de ceniza por la comisura del labio.

-Tus palabras no significan nada y tus hechizos no te pueden salvar, humano- Escupió con odio la hija de montaña con diecinueve voces distintas sin aflojar la presa.

Tesledo escupió otro puñado de ceniza al suelo y se arrancó con un tirón brusco el humeante talismán de su pecho, dejándolo caer al suelo. Otra de las cabezas de la criatura, se alzó sobre él y posando su colmillo sobre su cabeza, lo arrastró con suavidad, abriendo una fina herida sobre el cráneo del hechicero. La sangre manó despacio, antes de caer como un hilillo de polvo y ceniza sobre su rostro.

-No más hechizos- Susurró él, luchando para mantenerse consciente mientras su visión se llenaba de niebla. –Ya no son necesarios-

-¿Por qué has venido?- Interrogó la voz de la dama tan fría y afilada como un puñal de hielo puro- En tu torre estabas a salvo de nosotros-

-Ya sabes por qué- Se limitó a contestar- He venido a entregarte lo que es tuyo-

-¿Y así someterte a la justicia?- Se burló ella entornando los ojos- Lo siento, pero ese no es tu estilo y no sé cómo esperas salir de esta pero…-

-Veinte años- La interrumpió con una profunda mirada de dolor- Veinte años en los que no he podido abandonar las murallas de la ciudad y poner un solo pie en el camino. Veinte años de noches solitarias, contemplando desde lo alto de la torre como el bosque se hacía cada vez más hostil con los míos. Como los pescadores regresaban con las manos vacías y como los cazadores regresaban aterrados, si es que tenían la suerte de poder regresar. Veinte años de remordimientos, de dolor y de sufrimiento por el crimen que cometí- Hizo una pausa, tratando de que las emociones no lo desbordasen y enfrentó la mirada de su asesina con toda la entereza que pudo reunir –Ha sido demasiado hasta para mí, al que llaman gran héroe de Tresrríos y que no es más que el artífice de su lenta destrucción-

-¿Acaso esperas el perdón del bosque antes de morir?- Y entonces rio, con una risa tan alterada y distinta a la que el hechicero recordaba que llenó su rostro de terror- ¿O el mío?-

-No espero ninguno. Tan solo estoy cansado y quiero que todo esto acabe…- Confesó, buscando algún rastro de la antigua y fascinante criatura que había conocido tanto tiempo atrás.

-¿Pero a qué viene tanta prisa? Tu agonía no ha hecho más que comenzar y será muy lenta- Su suave tono de voz, empapado de rencor, se deslizó como una nueva dosis de veneno a través de su mente. - ¿Sabes cómo funciona el veneno de una hidra anciana? -

-Algo he leído- Escupió el hombre tratando de mantenerse en pie- Es un veneno que corroe el cuerpo y el alma, disolviendo la carne en un proceso…-

Pero entonces, con un fuerte chasquido que lo hizo aullar de dolor, la cabeza retiró los colmillos de la herida y se elevó en un arco sobre él. Tesledo sintió como le fallaban las piernas y a pesar de que intentó mover sus brazos, se desplomó contra el suelo, golpeándose la cabeza contra la nudosa raíz de un árbol.

-Te equivocas- Siseó el coro serpentino- Cuando una hidra real envejece, su veneno también cambia, madurando hasta cambiar su función como herramienta de caza a herramienta reproductora.-

Tesledo lanzó un quejido al escuchar las palabras de la criatura e intentó alejarse de forma instintiva, pero apenas pudo arrastrarse unos pasos antes de que las cabezas de la hidra lo alcanzaran y le cerraran el paso, atrayendo con facilidad el cuerpo del hechicero hacia el cuerpo de la criatura.

-Sí...- Sisearon con odio- La última dosis de veneno de una hidra anciana sirve para crear una nueva hidra real, perpetuando el linaje. Eso significa que este veneno no te matará. Los huesos de tu cuerpo se quebrarán, tu mente y tu garganta se retorcerán y en apenas tres días serás una joven hidra sin recuerdos ni pensamiento de tu vida pasada. Una bestia más del bosque que una vez trataste de destruir-

Aunque trató de reprimirlo con todas sus fuerzas, Tesledo no pudo contener un chillido de horror al imaginar el destino que le aguardaba.

Triunfantes, las cabezas se alzaron en un siseo enloquecido que pronto se convirtió en un bramido ensordecedor. Las copas y los troncos de los árboles se agitaron, vibrantes de satisfacción. Mientras centenares de aves aleteaban y chillaban sin rumbo ni medida, embriagadas por el sentimiento de placer que experimentaba el bosque al ver cumplida su venganza. Tan solo la vieja y desmochada águila arpía, que sabía bien que el abismo de la ausencia no se restauraba con el fuego de la ira, permaneció en silencio. Observando como sus retoños y familiares se entregaban todavía más a una furia antinatural en el templado corazón de las aves rapaces.

-No, por favor…- Suplicó con la voz temblorosa el hechicero- esto no debe acabar así, Piorneda…-

-¿Acaso pensabas que me contentaría con algo tan predecible como matarte y torturar tu alma?- Se burló la criatura bajando su cabeza central hasta que sus ojos rasgados del color del sol quedaron a la altura de los de Tesledo- Ya te dije que dabas demasiado crédito a las leyendas, hombrecillo.-

Regueros de ceniza corrieron por las mejillas barbadas del asesino, mientras su claridad mental se tambaleaba cada vez más y el dolor daba paso a un escalofriante entumecimiento en la zona de la mordedura.

-No, esto no puede terminar así. No debe terminar así- Se dijo retorciéndose hasta que consiguió ponerse de rodillas- Te pido que me escuches, Piorneda, mi muerte es tuya para reclamarla, pero debes…-

La cabeza central avanzó como un ariete y le golpeó en el pecho, lanzándolo por los aires hasta estrellarse contra el grueso tronco de un árbol. Resollando, el malherido humano ignoró el reguero de polvo que manaba con abundancia de las heridas de la calva y se sentó con una mueca de dolor.

-Debes matarme… no, no es un “debes”  ¡Te lo suplico!- Imploró mirando directamente a aquellos ojos del color del atardecer - ¡Mátame!-

Su grito acalló el ambiente jubiloso del bosque como una ráfaga de viento apaga al instante una hoguera y en el lugar cayó el silencio de la expectación. Las cabezas de la criatura, observaron en silencio al asesino del río con una expresión inescrutable en el rostro y tras un tiempo que pareció la eternidad, se giraron en silencio y le dieron la espalda. Desapareciendo del claro hasta que solo quedó aquel escalofriante sonido de arrastre.

-Ascendencias, os lo suplico…- musitó Tesledo con la espalda y el pecho ardiéndole de dolor- rey, dragón, gruta, rebelde, guardián… incluso serpiente. Suplico vuestro amparo- Una tos incontrolable se apoderó de él y acabó con el rostro caído en la tierra- No deseo la salvación, ni os pido castigo. Tan solo ayudadme a alcanzar al caballo blanco de Mordari. Concededme la muerte antes de que esta maldición me transforme en una abominación-

Sin embargo, ni los dioses muertos que hacía siglos que no caminaban por el mundo, ni las inefables ascendencias acudieron en auxilio del hechicero. Tan sólo el cálido resplandor carmesí de las estrellas del dragón brilló en lo alto del firmamento. Dictando su cruel juicio sobre las últimas esperanzas del héroe Tesledo.

Y las tinieblas de la inconsciencia comenzaron a tejer un velo en su mente, invitándolo a ceder y descansar. A dejar atrás el dolor y sus desesperados pensamientos a cambio del dulce abrazo del olvido.

-Saodh, siento tu presencia…- Murmuró al detectar la heladora aura del diablo de la niebla que permanecía oculto en el claro- ¿Has venido a cobrarte tu venganza? Si es así, adelante…-

Pero la criatura no contestó ni tampoco se materializó. Aunque Tesledo pudo sentir como se acercaba un poco más, dejando una huella de escarcha a escasos pasos suyos durante unos segundos.

-Estoy listo, termina el trabajo y cóbrate tu justa venganza-Lo retó- si es que puedes desprenderte de la sombra de tu ama y actuar libremente-

Sin embargo, tan solo el calor antinatural arrastrado por la brisa respondió a su provocación. Aunque el hechicero todavía podía sentir como cada vez más y más criaturas de ambos reinos convergían a su alrededor, alterando el sentisdag hasta que la corriente vital se hizo tan densa que casi era visible.

-El bosque viene a ver mi agonía, a buscar mis gritos y mis lamentos aunque estos sean mudos- Reflexionó, dejando que el eco de su pensamiento vagase por la cada vez más tentadora negrura de su mente. Y entonces, vio como las siluetas de decenas de bestias y plantas que moraban en el reino espiritual se recortaban contra una luz verdosa que parecía emanar de todas partes.

Con cada latido de su corazón, las siluetas se hicieron cada vez más definidas hasta que más de un centenar de criaturas espirituales retorcidas y deformes lo observaron con tan solo una expresión imperturbable en sus muchos rostros. Los ojos de cientos de aves y pequeñas alimañas, brillaron a la luz cada vez más presente del sentisdag y de entre todos ellos, los fieros ojos carmesí de los diablos de la niebla destellaron en los confines de la vista del hechicero.

-Así que así acaba todo- Se derrumbó aplastado por la impotencia- Sufriré aquí, retorciéndome alrededor de este tronco mientras mi cuerpo se parte y se amolda a una nueva forma. Y quién sabe si la luz del amanecer no acariciará suaves y lisas escamas en vez de la piel arrugada de un tonto. Todo lo que he hecho, todo lo que he sido… se perderá. Y algún héroe que sí se merezca ese título, me buscará para hacerme pagar por mis crímenes y se encontrará con solo las estrellas saben cuántos ojos llenos de furia y pena que cerrará hasta concederme el dulce alivio de la muerte. Pero antes de eso… ¿Cuántos héroes y cuantas ciudades caerán ante mi condena? ¿Cuántos bosques envenenaré y de cuantos macabros festines daré cuenta antes de que todo acabe? Cuando cambie y mi mente se pierda entre el hambre y el instinto, ¿Quién tendrá el valor y la fuerza de alzarse para detener a semejante calamidad?- Gritó y pataleó de pura desesperación, pero el bosque no reaccionó- Y a pesar de todo ello, todos estos seres que un día fueron sabios están demasiado ciegos para verlo. El bosque me escucha con atención, deleitándose en cada grito y cada forcejeo, pero son incapaces de ver lo que debería ser evidente-

-El bosque escucha…- Murmuró mirando fijamente la copa del roble que le servía de apoyo. -¿Pero cómo poder mostrarle las desastrosas consecuencias de aquel castigo si uno no puede arrepentirse de aquello que no es capaz de ver?-

Y entonces supo lo que tenía que hacer.

Una risa histérica, enferma y ajada brotó de su boca acompañada de un esputo de polvo gris. Las carcajadas eran tan fuertes que a pesar del entumecimiento en su pecho sintió punzadas de dolor en las sienes y la nuca.

-Saodh, espectro alienado- Se burló sin compasión de la criatura más cercana- No has cambiado, sigues siendo tan predecible como de costumbre, al igual que este estúpido bosque tan cegado por el odio que no es capaz de entender lo que ha desencadenado…-

Como esperaba, ni el bosque ni sus habitantes se inmutaron. –Al fin y al cabo, es lo que esperan- Pero el rostro etéreo a medio camino entre lobo y serpiente del diablo de la niebla se manifestó a un palmo de su rostro.

-Ahí estás, despojo de la desgracia- Gruñó Tesledo abriendo y cerrando su boca en una absurda imitación del intimidante gesto de aquellas criaturas- ¡Tan preso de tu propia derrota que no eres capaz de nada más que inclinarte ante mi victoria!-

Esta vez funcionó y el profundo zarpazo gélido que la criatura le abrió en el pecho le supo más dulce que cualquier triunfo. Envalentonado, enfrentó la mirada de la criatura con todo el desprecio que fue capaz de reunir y escupió otro esputo de polvo que atravesó la forma etérea del diablo de la niebla.

Alimañas y aves trataron de abalanzarse sobre él mientras los árboles se inclinaban como azotados por un fuerte vendaval. Por desgracia, tanto diablos de la niebla como espíritus se mantuvieron firmes asesinando sin compasión a cualquier criatura lo suficientemente iracunda como para ponerse a su alcance. Con un gesto cruel, las fauces de Saodh se materializaron sobre el cuello de un enloquecido ciervo que se había lanzado a la carga tratando de ensartar a Tesledo con sus astas y las desgarraron sin piedad, derramando un torrente de sangre sobre el rostro y la barba del hechicero.

-Si crees que puedes escapar de ésta provocándonos para concederte la muerte, estás muy equivocado- Escupió con un rugido Dregot materializándose a la carrera para interceptar el vuelo de un halcón que se lanzó en picado buscando la carne del asesino con las garras abiertas de par en par.

La visión de Tesledo se cegó con un estallido de plumas y al despejarse observó los restos agonizantes del ave rapaz a escasos dedos su pierna. Con las garras todavía abriéndose entre espasmos tratando de alcanzarlo.

-Al contrario- Replicó con una sonrisa torcida en el rostro- Os agradezco mucho que me protejáis cuando aún soy vulnerable antes de mi transformación-

Entre la ira y el odio del rostro de Saodh, vio aparecer una nueva emoción: profunda e inesperada confusión. –Bien, es justo lo que necesito-

-Esperaba recibir la muerte para así entrar completamente en el reino espiritual y apoderarme también del corazón de la montaña- La desazón y el dolor que desataron sus palabras hicieron que las siluetas de los espíritus se agitasen como sacudidos por una ráfaga de viento invisible- Pero si me transformo en una hidra con los poderes que domino ahora… ni tan siquiera las mismísimas ascendencias podrán detenerme-

Los diablos de la niebla se volvieron como un solo ser hacia él, materializando más de cuarenta ojos ensangrentados que lo miraron con odio y Saodh habló con la voz de todos ellos:

-Mientes. Suplicaste a madre que te matase y se llevase tu fétida alma- El aliento de las criaturas amenazó con asfixiar al hechicero- ¿Cómo podrías cometer semejante crimen bajo nuestra custodia?-

Tesledo permaneció en silencio, debatiéndose en su interior por no decir lo que debía decir. Porque verter aquellas palabras podría desatar consecuencias tan devastadoras como para significar la destrucción de la propia Tresrríos.

-Pero si han mordido mi ardid, solo me queda esta carta y por muy destructiva que sea nunca será peor que este destino- Tragó saliva intentando deshacer el nudo en la garganta que parecía estrangularlo- Pero con un desenlace fatal ante cualquier desliz, no queda elección. Perdóname Piorneda por lo que voy a hacer…-

-En estos momentos- Comenzó- mis estimados acólitos y aprendices están listos para ejecutar un ritual muy especial. Un rito que vinculará mi corazón con el propio corazón del río que robé tiempo atrás. Ya sabéis lo que eso significa…- Ante él, las fuerzas contenidas de todas las criaturas del reino material permanecían inmóviles y tan solo las siluetas espirituales más antiguas comenzaban a bullir entregándose a la furia más absoluta que contaminaba el bosque – Sí. Llevamos casi veinte años de preparativos, pero estamos listos. Con mi muerte, el ritual me convertirá en un ser elemental de inmenso poder. Un rey estelar, criatura contra la que nada podrá hacer Piorneda. ¡A esto ha llegado la ceguera de vuestros guardianes y vuestro patético poder! -

Bajo el brillo de las fauces del dios dragón se desató el caos. El claro se convirtió en un campo de batalla en el que un bando consumido completamente por los deseos de destrucción chocó contra una mayoría que había creído en su mentira. Bestias de todo tamaño, condición e inteligencia se enzarzaron en una bacanal de destrucción a donde jamás les habrían llevado sus peores instintos. Hongos, arbustos e incluso los troncos de los árboles se agitaron y retorcieron forzando su capacidad de desarrollo más allá de lo posible para crecer más y más fuertes, cubrirse de afiladas espinas cortantes como cuchillas o hincharon sus cálices hasta que casi no soportaron su peso para arrojar nubes de miasmas tan densas que fluían como cascadas doradas desde los descoloridos pétalos y consumidos sombreros hasta alfombrar el suelo, ocultando los charcos creados por la lluvia de sangre que la tierra era incapaz de beber a tanta velocidad. Amalgamas espirituales, reflejos de la contienda que se libraba en el otro mundo, restallaron en el aire con intensidad suficiente como para crear ondas de fuerza que partieron corteza, hueso y piedra y arrojaron al malherido hechicero más de una veintena de pasos monte abajo. Incluso los diablos de la niebla, con Dregot y Saodh encabezando ambos frentes, pelearon con un frenesí antinatural que arranco pedazos de su forma etérea hasta que sus cuerpos terminaron siendo incapaces de mantener su forma y se dispersaron en el recién nacido cenagal de sangre y oro.

Impulsado por el instinto, Tesledo ignoró los mordiscos y picaduras de las alimañas e insectos que libraban batalla en sus ropas, se puso a cuatro patas con las escasas fuerzas que le quedaban y trazó un símbolo sobre la tierra ensangrantada casi sin pensar. Al instante, la tierra perdió su solidez y el hechicero comenzó a hundirse evitando las nudosas raíces de los árboles.

-Si no pueden acabar conmigo, lo haré yo mismo- Balbuceó listo para asfixiarse bajo el suelo antes de que los diablos de la niebla pudieran impedirlo.

Entonces sintió una presencia aplastante y familiar detrás de él que antes de que pudiera reaccionar lo aferró de la túnica y lo arrojó al suelo arrancándole el aliento. La dama blanca. Todavía cubierta de escamas y barro, pero tal y como la recordaba en su inmensa majestad y altura. Lo miró con una ira visceral tan terrible que habría podido detener en seco el corazón de cualquier guerrero.

-Has vuelto a traer el caos y el desastre al bosque, demonio- Escupió dando un paso al frente y asestándole un puntapié que lo estrelló contra un pequeño roquedal- No te basta con haber asesinado al río, pretendes también arrancar el corazón de la montaña-

Tesledo se agarró el vientre ensangrentado y se volvió boca arriba tratando de responder, pero solo pudo lanzar un chillido de advertencia al contemplar la criatura que descendía desde el campo de batalla.

Centenares de cuerpos de bestias retorcidas y quebradas, con sus ojos sangrantes todavía vivos y girando enloquecidos. Se unían en una amalgama de carne, hueso, músculo y grasa en una forma agusanada de la que sobresalían seis gruesos árboles con ramas coronadas por jirones de hueso en la forma de unas deformes alas empapadas en sangre. Al frente, un cúmulo de patas, garras y un gigantesco apéndice deforme óseo se hundían en la tierra empapada de sangre, tratando de arrastrar torpemente el resto de la masa hacia su único objetivo.

Hundiéndose en la tierra con la fuerza de un arado, la abominación crujió y se balanceó alzándose como una torre de carne para enfocar sus miles de ojos hasta localizar al hechicero. Entre crujidos y chillidos, las garras consiguieron cambiar la dirección y un único ojo compuesto deforme formado por centenares de ojos bestiales se dilató hasta convertirse en un pozo negro al ver a su presa y de la masa burbujeante brotaron cientos de picos, quijadas y afiladas costillas que se agitaron en el aire antes de comenzar a arrastrarse en su dirección.

-Mírala. Esta es la furia desatada del bosque- Exclamó la Dama acercándose a él y obligando a Tesledo a mirarla fijamente – Esto es lo que ha desencadenado tu codicia, demonio insaciable-

-Eso es cierto… pero ambos sabemos que entregar mi cuerpo y alma a una abominación espiritual no hará sino empeorar las cosas- Respondió el agotado arcanista, sintiéndose casi a punto de desfallecer.

-Si matarte no es una opción, pero tampoco que el bosque te consuma como venganza…-

Tesledo intentó interrumpirla, pero una costilla carcomida y afilada como una cuchilla se clavó en su vientre arrancándole las palabras y dejando manar un fino hilo de ceniza y polvo. En un instante, una lluvia de proyectiles óseos surgió de la aberración cada vez más cercana y Tesledo vio como la Dama lo protegía de una muerte segura levantando un muro de tierra y piedras con un simple gesto de su mano.

-Atrás- Ordenó a la criatura que crecía sin control atrapando cualquier cosa cercana en su forma creciente- Es mío-

Una nueva lluvia de astillas, huesos e incluso picos de pájaro se estrellaron contra el grueso muro de tierra. Y una de ellas, al rebotar contra un tronco, cortó la carne de la mejilla de la Dama, dejando caer una larga lágrima carmesí que goteó de la barbilla hasta el pecho.

-Entiendo vuestro dolor, ese fuego que quema cada centímetro de vuestro ser… porque también es el mío- Comenzó, sintiendo como un poder inmenso se desperezaba dentro de ella tras pasar casi veinte años dormido. –Pero esta locura debe terminar y seré yo quien ponga fin a la vida de este demonio. Aunque todavía no sepa cómo hacerlo- Un cosquilleo recorrió su piel desde el ombligo hasta la garganta y sintió como su voluntad se manifestaba una vez más en el mundo.

-Poned coto a vuestra furia y ansia de sangre- Pidió con una voz triste y calmada- Es sobre mí en quien recae la tarea de castigar a este asesino y os juro por la memoria de mi madre, que sus crímenes no quedarán sin castigo-

Sin embargo, ajenos al entendimiento o demasiado perdidos en la furia para siquiera comprender sus palabras. Los seres atrapados en la amalgama espiritual continuaron avanzando en precaria coordinación hasta chocar contra el frágil muro de tierra que se derrumbó sin resistencia. Decenas de apéndices deformes fueron vomitados desde el interior de la masa y buscaron con una ansiedad terrible la carne de la dama, ascendiendo por su mano hasta cerrarse sobre su cuello.

-Así sea- Y a la velocidad de un parpadeo desató el poder acumulado que emergió de ella con la intensidad de una tempestad.

La visión de Tesledo se tiñó de un blanco cegador cuando el impacto del rayo descargó desde las alturas su furia contra la criatura. Indefenso, el hechicero cerró los ojos y sintió como volaba de nuevo arrastrado por la fuerza del trueno antes de rodar violentamente por el suelo hasta detenerse contra un grupo de frondosos arbustos. A pesar de la agonía que amenazaba con hacer caer al fin las sombras sobre su mente, el asesino del bosque buscó tierra a tientas tierra fresca y empezó a trazar con cuidado el mismo glifo redondeado que tanto le había servido a lo largo de los años.

Y entonces, el enorme pie blanco como la nieve de la Dama cayó con fuerza sobre sus dedos, partiéndolos con facilidad. Abrumado por el dolor más allá de lo que hubiera creído posible, Tesledo aulló como un animal herido y se hizo un ovillo aferrando el bulto informe sangrante en el que se había convertido su mano. Como si fuera un muñeco de trapo, la criatura lo tomó sin esfuerzo y lo levantó hasta que ambas miradas se encontraron.

-¿De verdad crees que voy a dejar que pongas en marcha tu plan? ¿Crees que dejaré que destruyas lo único que mantiene al bosque con vida?- Preguntó con incredulidad- ¡Olvídalo! Yo soy la guardiana del bosque y encontraré un castigo para ti que haga temblar a las mismas ascendencias. Pasearé tu cadáver triunfante hasta las propias raíces del sentispino y desataré incontables tormentos sobre tu alma hasta que solo quede un jirón sollozante que devoraré con sumo placer. ¡Tu plan ha fracasado y tus patéticas maquinaciones desatarán la destrucción de tu ciudad por mi propia mano! Eres un monstruo cruel, mezquino y despreciable y por cada vida que has arrebatado un miserable humano morirá –

Tesledo quiso contestar, quiso decirle que todo había sido un engaño y que su amada ciudad era inocente, Pero sentía que su conciencia daba los últimos tumbos entre el pensamiento y la nada. Con sus últimas fuerzas, alzó su mano intacta y desató el glifo mental que llevaba en su interior, dejando caer la pequeña gema líquida que hasta ahora llevaba en su bolsillo en la mano de Piorneda.

-Puede ser, pero a veces ni tan siquiera los monstruos son lo que parecen…- murmuró antes de dejarse engullir por la oscuridad.


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