Los Cuentos del Mago Tesledo y la Dama Blanca (II): El Precio del Alma (Primera Parte)
El paso del atizador sobre las brasas del hogar de la baiuca dejó un rastro de brillantes ascuas anaranjadas que destellaron unos instantes antes de convertirse en cenizas. Pensativo. El bardo de ojos llameantes hizo un par de heridas más profundas en la lumbre y devolvió el instrumento a su lugar, en el borde de la chimenea. El humo del hogar, arrastrado por el fuerte viento de la tormenta, emanaba en una hipnótica columna en la que solo Grumo parecía haber reparado.
-¿Quién
sabe que extraños enigmas intercambia el fuego con el poderoso rayo que
gobierna la tempestad?- reflexionó el joven absorto en el baile del humo y las
llamas que rodeaban el grueso caldero donde se cocinaba la cena. A su lado, la
rolliza figura de Brego de Muiñofrío añadía un puñado de cebollas al hirviente
caldo lanzándole otra de sus miradas ocasionales cargadas de una profunda inquietud.
Y
no era el único. A medida que habían pasado las horas, la maravilla y el dolor
prendidos en el corazón de los aldeanos por la historia que había narrado se
habían marchitado, suplantados poco a poco por dos viejos amigos: Las
persistentes ramas de la sospecha y las enredaderas espinosas de esos miedos
cultivados con paciencia y esmero. Pero lo cierto es que no podía culparlos.
Miedo
y sospecha, hermanados demasiadas veces con la violencia, habían sido siempre
compañeros inseparables del destino de su pueblo. Y sin importar el reinado o
el momento, ambos males habían arraigado con fuerza en el corazón de muchos
corverranos. A veces, con tanta intensidad como para lograr que la violencia
desembocase en el asesinato.
Y
sin embargo, había visto vergüenza y dolor en los ojos de los habitantes de
Ardovello al relatarles el destino del bosque. Había visto compadecimiento y
muecas de disgusto al revelarles el destino de los siviscos e incluso desprecio
hacia la figura del héroe Tesledo al desvelar sus intenciones. Emociones que,
aunque enterradas y estranguladas por el miedo, todavía seguían ahí. Esperando
el momento propicio para volver a despertar.
Tal
vez para lograrlo tan solo hacía falta prender una hoguera más grande. Un fuego
poderoso, que hiciese retroceder sus temores y les recordase la condición
bondadosa y sabia que habían llevado como bandera los antiguos reyes míticos
del pueblo Breó. Sin embargo, debía darse prisa. Pues pronto las miradas darían
paso a los comentarios y estos, en poco tiempo, a la decisión de arrojar al
buen bardo errante de vuelta a la ira de los elementos.
-La
furia de la tormenta todavía azota el bosque- Comenzó, levantándose con un bien
medido gesto teatral- y quizás descargue su ira durante todo lo que resta de
noche. El ojo de la luna, heredera de los tiempos en los que los dioses
caminaban por el mundo, observa desde el firmamento oculto tras el manto de
nubes y se pregunta…-
Entonces,
una risa amarga y sarcástica resonó en la estancia con fuerza, impidiéndole
continuar.
-Tiene
gracia. La misma tormenta ha empeorado desde que terminaste de contar tu
historia, Sadradin- Gruñó Barbasucia con su voz grave surgiendo de entre las
sombras- Su furia es tan fuerte que las paredes de esta casa gimen de esfuerzo,
así que quien sabe si no habrás sido tú, al desafiar a la señora del bosque, el
causante de su cólera- Lo señaló acompañando sus palabras con un gran dedo
acusador.
Varias
cabezas, incluyendo la de su mujer, asintieron. Otros, como el hombre de voz
débil y el dueño de la casa, desviaron la vista incómodos y solo las tres
jóvenes, que habían llorado amargamente la tragedia del bosque, miraron con
pena al bardo.
-Tan
solo es la tormenta, que sigue su curso y golpea con más fuerza en su cénit. -
Respondió el bardo con un tono sosegado y razonable- No hay más magia en este
fenómeno que la que vuestro pensamiento conjure sobre él.
Y
el bardo calló al anticipar el efecto de sus propias palabras.
-¡Tú
mismo dijiste que la señora del bosque trajo consigo una tormenta terrible
cuando persiguió al mago Tesledo en su forma de bestia! ¡Dijiste que hasta sus
hijos estaban aterrorizados de lo que podría hacerle al bosque!- Exclamó la
mujer llamada Fror con su tono afable devorado por el miedo.
-¡Es
cierto!- Apoyaron varios de los presentes - ¡¿Cómo puedes estar tan seguro de
que la Dama Blanca no ha oído tu historia y desatado su cólera sobre
nosotros?!- Preguntó la mujer mirando de forma temerosa hacia el oscuro
exterior de la baiuca.
-Porque
la señora del bosque ya no se preocupa desde hace mucho tiempo por su señorío,
estúpidos. - Estuvo a punto de espetarles, pero se las arregló para refrenar su
lengua. Gracias su entrenamiento e ingenio natural sabía muy bien que enardecer
los ánimos de una mayoría con insultos casi nunca era algo inteligente.
En
su lugar, el joven bardo confrontó las miradas con todo el aplomo que pudo
reunir y habló con su tono más firme.
-Al
comenzar, os dije que la furia de la tormenta enmascararía mis palabras y lo
mantengo. Mientras la cólera del viento y el rayo nos protejan, ninguna
historia escapará de este lugar-
-Y
aunque lo hiciese, Xancredo no debería molestarse por algo así- Se dijo a sí
mismo.
Los
campesinos se miraron dubitativos y buscaron en Barbasucia un baluarte para sus
inquietudes. El fornido herrero, con su ánimo acrecentado por el apoyo de la
multitud, dio un paso adelante y confrontó al errante:
-Dices
ser un bardo, errante. Pero la potestad con la que hablas parece más la de un
espíritu del bosque o de la tormenta que la de un mortal.- Los campesinos asintieron,
más convencidos de las palabras de su líder.
-Dinos, sadradin presuntuoso; ¿Por qué debemos
creer tus palabras? ¿Cómo sabemos que no nos enfrentamos a un maldito basajha
de humo y ascuas que busca nuestra ruina? ¿Cómo podemos estar seguros de que no
eres un enviado del bosque encargado de enturbiar nuestras mentes y buen
juicio?- Continuó Barbasucia, convertido ya por completo en el estandarte del
miedo y la sospecha de la multitud.
Por
primera vez, el bardo tragó saliva: Había subestimado la capacidad de liderazgo
e inquina del condenado herrero. Y de pronto, destinos peores que ser expulsado
de la posada comenzaron a hacerse tangibles en el ambiente, amenazando con
materializarse si no se daba prisa.
Sin
decir nada, Grumo tomó el broche de bronce con la forma de un pergamino que lo
acreditaba como bardo y punzó su carne con la aguja, para que su sangre manase por
su brazo hasta el suelo de tierra.
-¡Gentes
de Ardovello!- Entonó encarando a la multitud que retrocedió asustada - Mirad
mi sangre; Es roja como la vuestra e igualmente mundana. Me acusáis de ser una
efigie basajha de fuego y humo, pero no es cieno negro lo que corre por mis
venas. ¡Tan solo la misma esencia vital que todos guardamos dentro!-
Barbasucia,
sintiéndose observado por sus vecinos, se acercó a la sangre derramada y
entrecerró sus pequeños ojos azules, como si pretendiera detectar algún tipo de
impureza. –Podría ser un truco- acusó – Se dice que los espíritus tejen redes
de ilusiones sobre los incautos para confundir sus sentidos y atraerlos a la
perdición-
-¡¿Y
qué perdición sería esa?!- Desafió el bardo clavando sus ojos del color de las
brasas moribundas en los dubitativos campesinos. –¡Tan solo soy un simple bardo
viajero que busca cobijo en una tormenta! ¡Un ciudadano del reino de Corverra
que apela a la hospitalidad de sus paisanos!- Entonces dejó pasar seis segundos
de silencio y acercó su rostro al de Barbasucia hasta que pudo oler el hedor de
sus axilas y el fuerte aliento a cerveza barata.
-¿A
qué perdición querría llevaros?- Espetó.
El
herrero apretó los puños y frunció el ceño. Su imponente figura se erguía dos
cabezas por encima de su enjuto oponente y todos sus instintos le incitaban a
golpear al presuntuoso enano que se atrevía a enfrentarlo.
-Miserable
embaucador…- Gruñó agarrando al bardo por la pechera de su justillo.
Grumo
maldijo y se retorció, tratando de zafarse de la presa del herrero sin éxito.
Sabía que había forzado la situación y golpeado demasiado el orgullo del
hombretón dejándose llevar por el suyo propio. Ahora, el tenso silencio de la
baiuca se había convertido en un clamor de chillidos, llamadas a la calma y
forcejeos tratando de separar al herrero del aturdido bardo.
-¡Soltadme!¡Es
un sucio y desgraciado sadradin!¡Ya habéis escuchado al viejo Xan!- Rugió
Barbasucia, tratando de liberarse de las manos de sus paisanos. Aprovechando la
ayuda, Brego liberó al bardo de la presa del herrero y confrontó a su vecino.
-¡Aquí
soy yo quien decide si se queda o si se va, Breanco!¡Que para algo es mi casa y
hogar!- Lo reprendió. -¡Y ni tu ni nadie tenéis autoridad para contradecirme si
digo que el bardo se queda y es de fiar!-
Lívido
de ira, Barbasucia avanzó empujando a los hombres que lo agarraban y se colocó
enfrentando su rostro con el del desafiante dueño de la taberna.
-¡¿Acaso
has perdido el juicio, Brego?! ¿Te condenarías a ti mismo? ¿Nos condenarías a
todos si los horrores del bosque viniesen a matarnos porque él nos habló de
historias prohibidas?- Escupió al suelo, tratando de apartar al hombre de nariz
aplastada de un fuerte codazo- ¡Es un sadradin! ¡Sabes lo que hacen en Fiada
con esos escurridizos proles de urco! ¡No son de fiar! ¡Traen el infortunio y
la ruina a todo aquel que escucha sus palabras! ¡Debemos devolverlo a la
tormenta y que los vientos se lleven su fétida lacra de Ardovello!-
Grumo,
arrastrado por la furia que lo embargaba, trató de lanzar una réplica mordaz
hacia aquel odioso herrero que encarnaba todo aquello que decía denunciar. Sin embargo, el dueño de la baiuca se le
adelantó:
-Esto
no es Fiada y aunque lo fuera tan solo el mismísimo rey Breo o la reina Braña
podrían ordenarme que lo expulsara.- Hizo una pausa y un coraje insensato se
adueñó de él- No tú, ni tu buena esposa, ni el viejo Xan, ni siquiera el
alcalde. Ahora, compórtate y siéntate como un buen chico o lárgate de mi casa.-
Remató, acompañando cada nombre con un golpe de su dedo índice en el pecho del
herrero.
Barbasucia
se detuvo un instante con el rostro aturdido antes de tratar de abalanzarse
sobre el bueno de Brego aullando improperios y maldiciones. Hicieron falta
todos los hombres, además de su esposa, para conseguir frenarlo.
-¡Sí
eso, tu anímale Brego!- Jadeó molesto el hombre de nariz aplastada consiguiendo
a duras penas inmovilizar el brazo derecho de Barbasucia. Finalmente, entre los
ocho hombres, consiguieron arrojarlo al húmedo suelo de tierra de un fuerte
empellón.
-¡Animales!-
Gritó su esposa, ayudándolo a levantarse- ¡Breanco! ¿Estás bien?
-Estáis
todos locos- Maldijo él con los ojos muy abiertos mientras se incorporaba
lentamente- ¡Os ha hechizado con sus palabras para volveros contra mí! ¡¿No os
dais cuenta?!-
El
resto de los parroquianos lo miró en un silencio solo roto por los cansados
jadeos y el crepitar del fuego-
-Eres
tú quien ha perdido los cabales o ha bebido demasiado- Respondió el hombre
manco con voz débil tratando de colocarse la melena plateada.
-¡Has
intentado atacar a Brego!- Chilló Fror, amparando a su magullado marido que
sangraba por el labio inferior tras recibir un codazo desafortunado.
-¡Y
casi me rompes el brazo!- Se lamentó el hombre de nariz torcida, derrumbado en
un banco.
-Yo…-Barbasucia
agitó la cabeza y observó a sus paisanos; En ningún momento había querido
llegar tan lejos. Aquellos hombres y mujeres eran sus vecinos y el propio Brego
era su amigo. –Con lentitud, se examinó las marcas de agarre y la piel
enrojecida de sus brazos- ¿Qué había hecho? O mejor dicho… ¿Qué había estado a
punto de hacer?-
-Breanco
– Habló entonces el viejo con tono calmado desde las sombras- Dices bien en que
yo he sido el primero en desconfiar de este joven errante, pero su historia y
sus palabras hablan con la verdad. Quizás sea el primer sadradin que conozco
que lo haga…-
-Pues
claro- se dijo para sus adentros Grumo, intentando aparentar neutralidad-
¿Acaso mi pueblo podría tratar de otra forma a los breós que con desconfianza,
engaño y recelo? Cuando nos mostramos amigables y abiertos, fuimos las víctimas
de una guerra y un mal rey. Cuando nos mostramos conciliadores y quisimos ser
un puente que conectase a los distintos pueblos de Corverra, fuimos tachados de
intrigantes, estafadores y condenados al ostracismo y el exilio- Rió con amargura
en su interior, haciendo un eco distorsionado de todas aquellas veces que había
llorado cuando los habían expulsado de un hogar acogedor al frío camino -¿Cómo
queréis que os tratemos, después de habernos hecho tanto daño los unos a los
otros? ¿Cómo queréis que os tratemos si después de que mi padre os librara de
gadoupos, perguiceiros y bandulleiros en lugar de invitaros a comer en vuestra
mesa nos pagasteis tirándonos piedras?-
-Así
que harías bien en escuchar lo que tiene que decir. Ya que dijo que esta
historia era una que son tres.- Remató el anciano, avanzando para acercarse más
a la lumbre.
Grumo
miró un momento a Barbasucia, que había permanecido en silencio durante la
disertación del anciano. El herrero parecía haber perdido toda su fuerza y su
rostro se había ensombrecido al reparar en lo que había hecho. Si prestaba
atención, casi podía ver como la vergüenza y la confusión rugían en su
interior, alimentándose de su sensación de estupor y estupidez.
-Ysanna,
vámonos a casa- Gruñó débilmente antes de abandonar la calidez de la baiuca
para exponerse a la cólera de los elementos.
Durante
unos instantes, nadie dijo nada. Se limitaron a mirarse unos a otros, todavía
sin comprender qué había sucedido. Aquello había sido algo más que la típica
reyerta y algo más grave que un desacuerdo, con desagradables consecuencias que
ahora se alejaban, pero cuyos ecos regresarían tarde o temprano.
-Decíais
que la luna se preguntaba algo…- Intervino entonces una de las muchachas que
con tanto fervor habían escuchado el relato. Y al instante, todos los ojos se
clavaron en el bardo.
Sorprendido,
Grumo dio un paso atrás que su entrenamiento convirtió en un fluido movimiento
lateral para reubicarse ante la lumbre. A luz de las llamas, su sombra se
proyectó con fuerza mientras con pasos cortos y medidos examinaba a su
recobrada audiencia.
-La
luna, hija de los tiempos en los que los dioses dragón calcinaron el mundo, se
pregunta si este pobre bardo tendrá valor para continuar con el relato que
comenzó. Ahí afuera, la tormenta ruge con una impaciencia mal contenida y el
viento, el agua y el rayo bailan a la espera de una música que los haga unirse
y avanzar hasta que el beso del tiempo los separe de nuevo. Hasta entonces,
nacerá el fuego del útero involuntario de los árboles y llorarán las nubes su
pesada culpa nacida en los albores del mundo. Y aquí dentro, nuestros corazones
ahora palpitan unidos, tan exultantes como culpables después de rechazar a la
infamia y el miedo. Triunfantes en el amor y sí… también el cansancio. –
-¡De
eso puedes estar seguro, chico!- Bramó el hombre de nariz machacada riendo de
una forma nasal muy desagradable. Brego a su lado, se removió incómodo.
-Os
he hablado de como el gran héroe Tesledo de Tresrríos desató la ira del bosque
y de la montaña sobre todos nosotros al robar el corazón del río Fervenzil- Los
habitantes de Ardovello asintieron- Pero la historia del hechicero supremo y la
Dama Blanca no concluye con un manto de ceniza, tristeza y odio. Si no con un
torrente de pena, gozo y lágrimas. Sobre lo que aconteció en esta ocasión, será
más difícil para mí relataros, pero de igual forma haré todo lo que esté en mi
mano para que el relato sea lo más completo posible. Y que así, podáis
comprender el precio del alma. –
Esto
que os relato, aconteció en una época más temprana, casi veinte inviernos
después de que el héroe Tesledo regresase con el corazón robado del río hasta
su amada Tresrríos. Desde aquellos dulces años, el robusto hechicero había
perdido gran parte del vigor de su imponente cuerpo: Sus brazos y sus piernas
eran todavía fuertes, pero su vitalidad parecía haberlo abandonado y caminaba
encorvado, cojeando en las gélidas noches de Bóreas y en las abundantes lluvias
de Astara. Su piel, marcada con las cicatrices de innumerables símbolos arcanos
grabados en sí mismo en momentos de desesperación, había adquirido un tono
grisáceo atravesado por surcos color arena en la parte interior de sus brazos.
E incluso sus ojos; que antaño miraban al mundo aventureros y desafiantes, se
habían encanecido y perdido su brillo. Que ahora tan solo recuperaba cuando al
mirar al bosque desde el alto balcón de la torre del gallo se humedecían de
lágrimas.
Aun
así, no todo se había marchitado en el atormentado hechicero: Su poder y su
dominio de las artes arcanas habían crecido de manera espectacular.
Convirtiéndose a sus pocos más de cuarenta inviernos, en uno de los hechiceros
más poderosos de Corverra. Tan solo superado, quizás, por la propia Ruxa de
Tresrríos, su desaparecida maestra o la mismísima reina Elba Mano de Plata.
-¡La
reina maga!- Exclamó el viejo Xan sorprendido.
-¿La
esposa de Breo “El Forjador”?- Inquirió el hombre de nariz torcida- ¡Pero eso
pasó hace más de doscientos años! ¿Cómo es posible que alguien sin sangre real
pueda vivir tanto?-
-Yo
tengo otra pregunta- Dijo con calma el hombre manco- ¿Para qué usó Tesledo el
corazón del río?-
Grumo
aceptó de buena gana las interrupciones sonriendo y esperó pacientemente a que
dejasen de hablar. El bardo se apartó el pelo la cara y bebió un trago de vino
antes de contestar.
-Veamos,
de uno en uno: Sí, la mismísima reina maga que la historia nos ha dejado como
una de las herméticas más poderosas de la historia del reino. Y sí, eso pasó
hace más de doscientos años, pero Tesledo lleva desaparecido desde la gran
guerra Edoam. Es decir… - Se detuvo un instante, haciendo cuentas – Unos
setenta años. En cuanto a qué hizo Tesledo con el corazón y a que se debe su
extraordinaria longevidad… esas preguntas se revelarán en su debido momento. –
Su
audiencia asintió y guardó silencio para que continuase, pero él se tomó su
tiempo en recorrer la estancia con la mirada antes de asentir satisfecho.
Bien,
como os decía, el poder de Tesledo había crecido de manera espectacular a lo
largo de los años y eso le había valido para conseguir su bien conocido puesto
como hechicero mayor de Tresrríos. Así, para cuando arranca esta parte de la
historia, el buen Tesledo había tomado a varios aprendices bajo su tutela y les
había mostrado los caminos de la hechicería, tal y como él los había aprendido
de su ilustre maestra.
Y
así, esta historia comienza con una tragedia.
Las
doce campanadas que marcaban la hora del búho resonaron con intensidad en la
planta baja de la torre del Gallo, pero Tesledo no las oía. Al pie de una
lujosa silla de madera con respaldo de terciopelo, los pliegues de la túnica
del hechicero supremo se doblaban en azul hasta terminar en una intensa mancha
irregular de color carmesí en torno a las anchas mangas. Temblorosas. Sus manos
se cerraron con más fuerza sobre el pecho de un hombre joven de pelo rizo, que
descansaba con los ojos cerrados y la cabeza ladeada en un gesto pacífico sobre
el regazo del hechicero.
La
última campanada resonó con fuerza en la torre, pero fue el enlutado silencio
que le siguió lo que le hizo parpadear. Dejando caer dos pequeñas lágrimas
sobre el apacible rostro del muchacho dormido. Las dos gotas de agua, cayeron
lentamente hasta aterrizar sobre la frente del joven, convertidas en dos
pequeños copos de ceniza. Tesledo alzó la vista: A su alrededor, los otros
siete jóvenes descansaban sobre los caros muebles destrozados, perdidos en el
sueño de la dulce inconsciencia. Y durante un largo minuto, aferró el cuerpo de
su fallecido aprendiz con sus ojos cenicientos clavados en el oscuro techo.
La
emboscada había sido corta y el contraataque brutal. Sus aprendices lo habían
sorprendido en el vestíbulo de entrada a la torre y habían usado todo lo que
sabían para tratar de detenerlo. Él, en cambio, se había esforzado todo lo
posible para evitar matarlos.
-Pero
he fracasado- Se dijo mirando sus manos manchadas con la sangre de Beiro, su
alumno más aventajado.
-Lo
han intentado- Pensó mientras tragaba saliva intentando evitar el llanto que
luchaba por manar a través de él- Han intentado, en su creencia de que obran
por el bien común, detenerme en mi locura y yo les he fallado… como maestro y
como padre-
Golpeado
por la fuerza monstruosa de aquel pensamiento, el hechicero trastabilló y cayó
de rodillas con sus ojos verdes abiertos de par en par. En su locura, les había
hablado de sus intenciones poseído por la ingenuidad de que apoyarían sus
acciones. Sin embargo, tan solo había encontrado primero incredulidad y después
horror, seguidos de un torrente de acusaciones y ruegos que pronto se
convirtieron en amenazas. Pero todo fue en vano. Tras tantos años, nada podían
hacer las simples palabras contra un propósito amparado por una voluntad férrea.
-¡Es
mi derecho!- Había zanjado la discusión golpeando la mesa con el puño,
derramando su copa y el vino carmesí que contenía sobre el delicado mantel.
-¡Como
es nuestro deber y juramento proteger Tresrríos!- Había respondido Aldara, otra
de sus pupilas, dejándose arrastrar por la indignación.
-¿Aunque
sea de mí, de aquel que os lo ha dado todo?- Los había desafiado sin pensar en
el peso de sus palabras.
-Aunque
sea de ti, maestro- Respondió Bredo, el más joven de todos ellos desde el otro
extremo de la mesa. Sus compañeros lo apoyaron, asintiendo.
Pero
él no les había creído. No había concebido que aquellos a los que había
considerado no solo sus hijos, sino también sus amigos y confidentes, se
volverían contra él por defender a su amada Tresrríos. En su demencia, había
asumido que solo se comportarían como niños contrariados.
-¿Tanto
me he alejado de vosotros?- Pensó mirando el cuerpo magullado de Aldara
descansar sobre una destrozada butaca mientras sobre la lujosa alfombra llovían
copos de ceniza. –¿Tan ciega ha estado mi vista que no he podido antever que
seríais mucho mejores que yo? ¿Qué no os quedaríais quietos y callados ante
toda esta locura?-
Quiso
gritar al sentir como su ser amenazaba con quebrarse. Al reparar en que su
voluntad se tambaleaba contra el deseo de abandonar su propósito y quedarse
allí. Velándolos y acunándolos hasta que despertaran.
-Deciros
que no. Que nada ha pasado, que todo ha sido un mal sueño y que sigo y seguiré
estando con vosotros para siempre- Se detuvo al sentir como no le salían las
palabras- Enseñaros como nadar por la tierra y como trazar decenas de glifos
encadenados sin pisar ninguno y tener que deshacer el trabajo. Me gustaría
estar ahí para guiaros y contaros que fue lo que sucedió en el interior del
bosque y por qué ahora tengo que hacer esto-
Pero
entonces, la determinación regresó y su voluntad se impuso. Erguido, apretó los
puños y observó una última vez a los jóvenes sin atreverse a hablar por miedo a
que su coraza se quebrase de nuevo.
-Ya
no soy vuestro maestro- Se limitó a decir- Como tampoco seré más señor de la
torre del gallo. Cuidad vuestro camino y sabed que nunca volveremos a
encontrarnos- Se detuvo al mirar el cuerpo tendido de Beiro- Salvo a ti; Tu y
yo quizás nos veamos muy pronto. Y entonces, tendré mucho de lo que responder.-
A
un gesto de su mano, los glifos grabados en la puerta de la torre ardieron con
una luz azulada y el silencioso hechicero dejó atrás el umbral y se internó en
la oscuridad.
Amparado
por el manto de la noche. El hechicero se internó en las estrechas y pedregosas
calles de la villa de Tresrríos, topándose de vez en cuando con algunos grupos
de borrachos y vividores que no lo reconocieron. Sobre el firmamento, la
ascendencia del dragón brillaba con fuerza pero Tesledo ni siquiera le dedicó
un vistazo mientras se abría camino hacia las imponentes murallas fortificadas
que protegían la ciudad.
Durante
el camino, detuvo sus pasos para ocultarse de las diligentes patrullas que
guardaban los barrios más humildes de la ciudad. Y solo cuando su eco se había
perdido en la noche, continuó su marcha hasta las antiguas escaleras de piedra
que ascendían a las casi seis varas de alto de la muralla. Allí, el hechicero
se detuvo y tomó asiento en una de las desgastadas almenas. Que tantos
crepúsculos y tormentas habían soportado. El viento frío de comienzos de Astara
le dolió en la calva, pero no se movió.
En
su juventud aquel había sido uno de sus lugares favoritos. Desde la parte más
alta del norte de la muralla se podía ver el gigantesco mar verde que se
extendía decenas de leguas hasta las lejanas montañas. Y justo a sus pies, el
lugar donde los ríos Breo, Ardal y Fervenzil se unían para dar a luz al gran
río Breo: un enorme brazo de agua pantanosa que recibía el nombre de “berce del
rey”, en referencia al legendario rey Breo I.
Tesledo
miró con tristeza y añoranza, primero al bosque y más tarde a la unión de los
tres ríos. Cuando era un niño vagabundo, había pasado una buena parte de su
infancia pescando en aquellas fangosas aguas escurridizas truchas y peligrosos
lucios. Caminando sin rumbos por los humedales cercanos, soñando que atrapaba
siviscos que le concedían poderes maravillosos a cambio de liberarlos. Poderes
con los que se hacía famoso y rico y temido por toda la gente de Tresrríos.
Sin
embargo, todos los intentos habían terminado con él con el culo mojado y sin
nada más que bichos en el pelo y los bolsillos llenos de barro.
-Y
ahora, aquí estoy. No con el culo mojado, si no con las manos manchadas de
sangre- Dejó escapar un largo suspiro- Una vez más-
Una
nueva oleada de pena y culpabilidad lo golpeó con fuerza cuando recordó lo
acontecido en la torre. Subiendo por las murallas de su voluntad, aullando con
un dolor tan antiguo como nuevo: El dolor que siente quien comete traición
contra algo querido.
-Una
traición necesaria- Justificó al viento y a las piedras que lo sostenían con un
susurro desesperado- Hice lo que hice y estoy haciendo lo que hago con un solo
propósito: Proteger a mi amada Tresrríos. Velar por su gloria y su bienestar-
Las piedras no respondieron, como tampoco lo hizo el bosque. Pero el viento
burlón se llevó sus palabras y le azotó la espalda, arrancándole una maldición.
-¡Es
cierto!- Insistió en voz alta- La guerra con Eós ha terminado, pero la guerra
con el bosque continúa y amenaza la ciudad. A cada año, la sombra del bosque
crece y su odio se refuerza. Los pescadores no pueden salir a pescar, los
cazadores son atacados sin piedad por espíritus y bestias por igual- El viento
cesó y los árboles se agitaron movidos por una brisa invisible- Mi gente no
merece esto. Y solo hay una forma de que acabe: Dándole a la historia su justo
final- Concluyó antes de dar un paso hacia el río.
Las
gélidas aguas lo recibieron con un terrible latigazo que el hechicero no
resistió. Había añorado tanto aquella sensación que recibir su castigo era algo
casi catártico.
Allí
permaneció, dejando que las corrientes lo arrastraran como tantas veces lo
habían hecho en el pasado. Y al llegar al centro del río, comenzó a nadar con
brazadas largas y calmadas hasta la orilla contraria.
-No
hay prisa- pensó, recordando un antiguo refrán de la zona – El río ha de traer
lo que ha de llegar: Sea su carga fortuna o calamidad-
Al
llegar a la pedregosa orilla al pie del bosque, se despojó de su empapada
túnica y la arrojó al suelo, dejando que la luz de la luna y las ambarinas
estrellas de la ascendencia del dios dragón, brillasen sobre su todavía tersa
piel tatuada. A continuación, estiró los brazos para desperezarse y disfrutó
del frío como no lo había hecho en mucho tiempo. Entonces, se inclinó sobre la
tierra húmeda y dibujo un largo y esbelto símbolo que brilló débilmente antes
de moldear el suelo en la forma de una sencilla caña de pescar con un pequeño
anzuelo.
Y
el hechicero supremo, se puso a pescar.
-¿Cómo
decís?- Interrumpió el hombre de nariz aplastada con un bufido incrédulo- ¿Después
de todo eso… se puso a pescar?-
-No
seas estúpido- Amonestó Bento, el marido de Fror, dándole un codazo- Guardaría
la caña para más adelante y se pondría a caminar, ¿Verdad?-
El
bardo los miró divertido y asintió –En realidad, sí que se puso a pescar-
Su
audiencia lo miró con un asombro mayor que si hubiera dicho que el héroe había
salido volando. Él, sin embargo, trató de no echarse a reír.
-¿Estás
seguro de que te sabes bien el cuento, bardo?- Preguntó el primero, enarcando
una ceja.
-¡Pues
claro que lo sabe! ¡Es un bardo licenciado, Rebolo!- Le riñó la atenta Fror,
que había perdido todo rastro del temor que antes había ahogado sus ojos.
-¡Es
que no lo entiendo!- Se defendió levantando las manos el hombre de nariz
aplastada - ¿Cómo va a matar a todos sus aprendices para después irse a
pescar?-
-¡Pues
algún motivo tendrá! ¡Además, son cosas de hechiceros, seguro!- Respondió la
mujer, dando por zanjada la duda.
-Pues
a ver…- Dudó su esposo- Algo de razón sí
que tiene, ruliña-
-Es
una duda razonable, bardo- Añadió el hombre manco de voz débil.
Grumo
sonrió para sus adentros, manteniéndose en un silencio profesional durante unos
segundos. Siempre pasaba igual. Si la realidad se transmutaba a las historias
como una pieza tallada y pulida, corregida de sus imperfecciones para encajar
con maestría en su espacio narrativo. No existía ningún quebranto y era
aceptada como la verdad absoluta. Para, con el tiempo, pasar a ocupar el lugar
de la propia realidad primigenia en el imaginario colectivo.
Sin
embargo, cuando los bardos y los cuentacuentos, optaban por reflejar la
realidad más imperfecta; surgían los problemas y las preguntas. Al fin y al
cabo, a todo el mundo le gustaban las historias de heroísmo o de amor como la
del romance de la Princesa Ciervo. En cambio, a todo el mundo le parecía
grotesco, por muy fiel a la realidad que fuese, que la propia Cori “la Reina
Ciervo” se masturbase culpable y furiosamente justo después de ver a su
prometido por primera vez a la tierna
edad de catorce años.
-La
realidad- comenzó a decir- Casi nunca encaja con lo que esperamos. Y a menudo,
me atrevería a decir que tiene un sentido del humor ridículo y macabro. En este
caso, Tesledo mató a uno de sus aprendices, sí- Corrigió al hombre de nariz
aplastada que lanzó un sonoro “Ahhh” de entendimiento – Pero también se fue a
pescar, porque si algo caracterizaba a nuestro antiguo hechicero supremo, era
sin duda que siempre fue un ser impredecible.
Y
como os digo, nuestro héroe comenzó a pescar. De ello, aunque no sea
importante, diré que a pesar de los años que había pasado sin practicar, estos
no habían mermado su habilidad. Sin embargo: Ni un solo pez, insecto, rama o
alga picó en su anzuelo. Y todos los lances, sin importar lo buenos que fueran,
no le trajeron nada más que fango del lecho del río.
Mientras
tanto, el viento, mensajero siempre fiel a quien sepa desentrañar sus acertijos
y enigmas, llevó la noticia a las aves y estas a su vez a todos los habitantes
de la ribera. En menos de una campanada, decenas de silenciosas aves nocturnas
habían ocupado sus puestos de vigilancia a una distancia prudencial.
Los
ojos del bosque observaron con sus diminutos corazones sobrecogidos y henchidos
de odio el extraño comportamiento del ladrón del corazón del río. Aquel
miserable humano que había sumido al bosque, con su acto de traición, en un
estado de furia que embargaba todas sus almas. Muchos de los depredadores más
jóvenes, chasquearon el pico con impaciencia mal contenida. Ansiosos por hundir
sus picos y garras en su carne y degustar los ojos y el hígado de aquello que
llamaban “la raíz del mal”. Sin embargo, la majestuosa águila arpía que actuaba
como matriarca, lanzó un único chillido de advertencia que atravesó con fuerza
la oscuridad de la noche: Quien hiciese saltar a la presa se enfrentaría a la
ira del bosque.
Tesledo
sintió como todos aquellos ojos invisibles se cernían sobre él y recogió el
sedal hecho de rocío nocturno con tranquilidad. En su cuello, el talismán de
plumas y plata que representaba el blasón de la guardia del búho, le advertía
del enorme peligro que corría y casi sentía los lentos y esforzados movimientos
de las raíces del bosque. Que se deslizaban, sin éxito y sin importar el daño
que causasen, bajo la tierra con el fin de atraparlo.
-La
ira y la rabia han privado al bosque de la razón y de su sabiduría- Reflexionó
el hechicero, sintiendo como la hostilidad del ambiente crecía cada vez más y
más. Esforzándose para no romper la apariencia de calma que envolvía el “berce
del rey”. –La situación es más grave de lo que pensaba- observó, al percibir
como hasta las zarzas más cercanas hacían lo imposible para agitarse con el fin
de tratar de arañarlo con sus tallos espinados.
-¿A
esto he condenado a mi gente?- Se preguntó con amargura- ¿A qué todo ser del
bosque nos evite o nos odie? ¿A que solo piense en atacar y matarnos, así sea a
costa de su propia vida?- Una única lágrima de ceniza bajó por su mejilla
derecha, revoloteando en el aire antes de posarse en la fangosa orilla.
-Tendría
que haber hecho esto diez años atrás. No. Tendría que haber renunciado a mis
absurdas aspiraciones y encontrar otra forma de proteger la ciudad. Una que no
implicase esta locura…-
-¿Insinúas
que te arrepientes de tus logros?- Preguntó una voz en su cabeza – Eres el
héroe de Tresrríos y uno de los hechiceros con más talento que ha habido nunca
en la ciudad- Le recordó – Además, usaste el poder del corazón de una forma
noble y sabia. Es estúpido que lo niegues-
-Nada
de eso justifica este precio- Se reafirmó Tesledo, tratando de espantar
aquellos pensamientos- Mucho menos mi propia gloria personal a cambio de la
vida del bosque-
-¿Estás
seguro?- Volvió a la carga la insidiosa voz- Nuestra gente sobrevivió al
alzamiento de Valfor gracias a ti. Y no te mientas diciendo que no has
disfrutado de las merecidas mieles de la victoria- La voz interior se hizo más
dura –Lo has hecho… y con creces. -
Tesledo
se removió incómodo. Aquella parte de él era la misma que le decía que
detuviese aquella locura. Que todo lo que había ganado era suyo para
disfrutarlo y que su papel de héroe en aquella historia era innegable. Al fin y
al cabo, sin el corazón del río y su poder, Valfor “El demonio doliente” podría
haber conquistado la ciudad con sus huestes o imponer unas condiciones de
vasallaje mucho más duras en la negociación de la paz. Lo peor de la situación,
era que en su mayor parte, tenía razón.
-Pero
uno no puede dejar a un lado las consecuencias de sus actos eternamente, por
mucho beneficio que hayan traído a su gente – Permaneció en silencio unos
minutos, observando la sombra de las murallas de la ciudad.
–
Ya no al menos. Ha llegado el momento de pagar- Susurró antes de incorporarse e internarse en
el bosque sin mirar atrás.
Los
ojos del bosque, sorprendidos, observaron como el ladrón del corazón del río
caminaba sin prisa entre los mudos árboles que le abrían camino. Como si fuese
un cordero conducido al matadero, las ramas y raíces retrocedían en silencio,
abriendo una senda que el maligno humano siguió con decisión como si alguien lo
esperara. Confusas, las aves nocturnas revoloteaban entre las copas,
chasqueando los picos con una mezcla de enfado e indecisión. Aguardando la
reacción de la pensativa matriarca que sobrevolaba la zona en círculos. La
anciana ave, que había presenciado el robo del corazón, observaba la diminuta
figura del hechicero, para después girar y contemplar las lejanas montañas.
Preguntándose por qué no descendían las nieblas de su alto palacio para acudir
al momento de la venganza.
Mientras
tanto, sobre todos ellos. Las estrellas de bronce de la ascendencia del dragón,
brillaban.
Amparado
por el silencio sepulcral de los árboles y el pálido brillo de la luz de la
luna, Tesledo se abrió caminó y dejó atrás el rumor del río para internarse en
las arboledas más profundas del bosque. En dirección a la antigua y salvaje
arboleda conocida como la “Frondafierra”. En su camino, no se topó con ningún
habitante del bosque que tuviera medios para alejarse de él. Ni tan siquiera
aquellos monstruosos como las crías de coca que en su adultez alcanzaban casi
las cincuenta varas de largo. Incluso los insectos, que poseen las mentes más
simples y viven a camino entre el reino de los vivos y de los muertos, hicieron
todo lo posible para evitar cruzarse en su camino.
Tras
varias horas de caminata, el hechicero se detuvo fatigado a descansar y
desempaquetó sus escasas provisiones. El ambiente estaba cargado con una cálida
humedad antinatural en la que proliferaban varios tipos de hongos parasitarios
que colonizaban las raíces y los brotes más tiernos de los árboles. Impidiendo
continuar su desarrollo a los más jóvenes y privando de su sustento a lo más
viejos.
-El
bosque… no está bien- Susurró de forma casi inaudible olvidando por completo su
cansancio. Sus palabras se alejaron durante un largo minuto hasta que el árbol
en el que se apoyaba crujió de forma estremecedora.
-Claro
que no está bien- Sintió que transmitía aquel enorme roble.
Tesledo
se incorporó alarmado y se alejó a grandes pasos del árbol, torciéndose el
tobillo en el proceso. Trastabillando, el hechicero maldijo en voz alta y trató
de seguir alejándose, pero la presa que ejercía la nudosa raíz sobre su pie era
firme y ni siquiera podía sentarse.
-Aëinsenna,
ancestro roble- Comenzó al tiempo que lanzaba un pequeño pergamino hacia la
base del árbol – Mi vida no te pertenece, libérame-
-No
soy ancestro, ladrón.- Chirrió el enorme árbol agitando sus hojas –Solo uno más
despierto que el resto-
-Entonces,
tu tiempo no ha llegado- Entonó rápidamente Tesledo con autoridad, evocando los
versos antiguos – Los vuestros no han de despertar hasta que os llamen los
mismos Talhi. Los vuestros no han de caminar hasta que seáis necesarios para
frenar el regreso de la tempestad Noblä Khan. El regreso de…- La presa sobre su
pie se hizo más fuerte, haciéndole gemir de dolor.
-Uno
no ha sido llamado. Ha despertado. Los Talhi ya no están. Cruzaron el río hace
tiempo y no volverán.- Más raíces envolvieron el pie de Tesledo y comenzaron a
ascender lentamente por su rodilla. –Los Talhi no están. El ladrón del corazón
tiene la culpa.-
-Mi
vida…- Jadeó Tesledo intentando frenar el avance de las raíces vertiendo su
odre de licor sobre ellas- no te pertenece. Pertenece a la Dama Blanca, ella es
la única que tiene potestad para matarme.-
Al
escuchar el nombre de la señora del río el enorme árbol enloqueció. Decenas de
pequeñas raíces brotaron de la tierra como gusanos, buscando la carne del
hechicero. El tronco crujió con un estallido devastador mientras trataba de
desarraigarse para aplastar a su presa y las ramas se inclinaron de forma
antinatural, tratando de alcanzarlo e inmovilizarlo sin éxito.
-La
hija de la montaña ya no está. Se ha ido.- Manifestó con una rabia tan profunda
que Tesledo estuvo a punto de gritar. Las hojas se agitaron sonando como
cientos de cascabeles en la noche y las raíces se cerraron con tanta fuerza que
Tesledo pensó que había perdido el pie.
-La
furia del bosque lo ha consumido. No hay nada que hacer- Decidió el hechicero,
visualizando el glifo que escondía el pulcro pergamino- Glifo de incendio
mayor… ¡Despierta!- Chilló.
Una
luz cegadora surgió del pergamino antes de estallar en una espectacular bola de
fuego que envolvió por completo el tronco del árbol. Azotadas por la agonía,
las raíces soltaron a su presa y Tesledo aprovechó para rodar unos metros para
alejarse de él antes de que las llamas lo alcanzaran. Aterrados, los numerosos
ojos del bosque huyeron en desbandada antes de que su más odiado enemigo los
atrapase.
Abrumado
por el dolor, las ramas del gran roble se agitaron en todas direcciones,
contagiando su ardiente condena a sus compañeros más cercanos. Pronto, un total
de cuatro árboles ardían sin remedio con el roble como su desesperado mesías en
su implacable venganza.
-Nuestro
tiempo se acaba. Como lo hará también el de nuestro asesino- Sentenció con una
multitud de estallidos mientras el tronco comenzaba a inclinarse hacia el
hechicero.
-¡Mierda!
De todas las cosas que pensé que acabarían conmigo…- Gruñó Tesledo vislumbrando
como el inmenso tronco lo aplastaría. Frenético, mordió su mano y dejó que
manase un reguero de sangre de aspecto viscoso para dibujar un rápido símbolo y
entonces, sintió como la enorme sombra se cernía sobre él.
El
suelo se estremeció cuando el tronco llameante se estrelló contra el pequeño
cuerpo del hechicero, levantando una nube de tierra y polvo en la que pronto
empezaron a flotar ascuas que se hicieron ceniza. Los ojos del bosque, a los
que se unieron los pequeños moradores de troncos y ramas, rodearon el claro y
observaron desde la distancia como los árboles incendiados se esforzaban por no
acercar sus ramas hacia sus compañeros más cercanos. Las aves más jóvenes,
graznaron de pena e indignación, al contemplar como los nidos llenos de huevos
afianzados en las uniones de las ramas, desaparecían consumidos por las ávidas
lenguas naranjas y carmesíes. En los ojos de las más viejas, tan solo se podía
leer el profundo dolor que acompañaba su desolación.
Al
pie del claro, trastabillando por el intenso dolor, Tesledo se abrió camino
cubierto de tierra y maleza hasta el ardiente tronco del roble. Se acercó lo
máximo posible hasta las llamas y susurró:
-Yo
no quería esto. Yo no quería esto. No quería darte la peor de las muertes- Un
coro de débiles crujidos surgió del interior del tronco como respuesta.
-El
asesino del río es también el asesino del bosque. Su nexo exige nuestra
destrucción para despertar. Ahora puedo verlo- Al entender el significado de
aquellas palabras, Tesledo retrocedió como si hubiese recibido una fuerte
bofetada.
-No
es posible, te equivocas. – Negó dando un paso atrás- Vengo a entregar mi vida
y mi alma a su legítima dueña.-
-Cuatro
mueren sin frenar a su asesino. El bosque no tardará en seguirles ahora que la
hija de la montaña se ha ido- Profetizó débilmente el roble moribundo.
-¿Adónde?
¿Adónde ha ido?- Preguntó el hechicero sintiendo como la sospecha y el horror
crecían en su interior con la fuerza de una tempestad. -Dime, anciano de lo
profundo ¿Adónde ha ido Piorneda?-
-La
hija de la montaña, princesa de los Talhi… se ha ido- Repitió el consumido
árbol con un último crujido.
-Dime
a donde ha ido, te lo imploro- Rogó Tesledo arrodillándose ante el incandescente
tronco inmóvil – ¡Dímelo!- exigió con una voz terrible.
Pero
el árbol no volvió a hablar. Las voraces llamas alimentadas por el poder arcano
penetraron su corteza, alcanzando en unas horas su misma alma que al amanecer
la luz del sol encontró convertida en un pequeño montículo de humeantes
cenizas. Y junto a ella, sobre un suelo de tierra carmesí, un nutrido manto de
amapolas esparcidas por todo el claro cimbrearon alegres mecidas por el viento
de la mañana, celebrando aquella nueva vida que acababa de comenzar.
Sin
embargo, horas antes, Tesledo se irguió tanto como pudo y observó como el
bosque intercambiaba las horribles noticias con un coro de crujidos y
chasquidos que se propagaban como una poderosa onda en todas direcciones.
Sobrecogidos, los escasos habitantes del claro que no habían huido
despavoridos, contemplaron el espectáculo en silencio o se alejaron con el
corazón lleno de pena sin mirar atrás.
-La
historia se repite- Comentó con tristeza hacia nadie en particular - Y si
Piorneda de verdad se ha ido, entonces hay muchas cosas que no entiendo- El
arcanista se arrodilló con torpeza y permaneció en silencio, perdido en sus
pensamientos mientras el crepitar de las llamas llenaba el claro. Con su mano
derecha, tironeó de la larga barba sucia y llena de tierra y aunque todo su
sentido común le aconsejaba lo contrario, proyectó su alma hacia el exterior de
su cuerpo internándose en el mundo espiritual.
El
recién lanzado tronco a la lumbre chisporroteó con fuerza en el silencio de la
baiuca cuando el bardo detuvo su relato para vaciar de tres grandes tragos su
vaso de vino. Su audiencia lo contempló pensativa y silenciosa, hasta que el
hombre manco de voz débil se aclaró la garganta…
-¿Es
cierto entonces que la Dama es princesa de los Talhi? Nunca hubiera pensado que
una mujer tan aterradora estuviese emparentada con los bondadosos espíritus del
bosque.-
-¿Bondadosos?
¿Acaso estás de broma?- Cuestionó el hombre llamado Bento con un gesto
desdeñoso – Si es así, ya me explicarás por qué debemos llevar amuletos de sal
o piedras de llama y trueno cuando cruzamos al otro lado del río-
-Entre
otras cosas porque vais a matar a sus amigos, a sus compañeros- Respondió con
sequedad el hombre manco, fulminándolo con la mirada- En mi tierra, los talhi
son bondadosos porque tratamos al bosque con respeto y siempre de mutuo
acuerdo…-
-Mira,
Eigo, no digas tonterías- Contraatacó herido Bento- Sé de buena tinta que en
Odagal también tenéis problemas con ellos, porque como nosotros necesitáis la
madera de los bosques para sobrevivir…-
-¡Además,
el bosque pertenece al rey!- Aportó el hombre de nariz aplastada- Y si el rey
nos ha dado permiso para cortar la madera… ¡Pues tenemos todo el derecho de
sacarla!-
-Y
después os preguntáis por que tenéis que ir protegidos al bosque…- Contestó con
sorna Eigo, recibiendo varios ademanes groseros como respuesta –Yo solo digo,
que no podéis comparar la forma en la que tratamos los bosques en mi tierra con
como lo hacéis en Corverra-
-Vamos,
vamos- Trató de calmar en tono conciliador Brego temiendo otra trifulca- Estoy
seguro de que…-
-Somos
leñadores, Eigo- Escupió furioso Bento derramando parte del vino de su vaso –
Nuestros padres fueron leñadores, al igual que nuestros abuelos. Todos nosotros
y casi todo Ardovello ha hecho de este noble oficio su forma de vida. Es un
trabajo duro, pero muy necesario y lo hacemos con respeto y prudencia, buscando
hacer el menor daño posible para evitar la ira del bosque. Pero aun así, todos
los años perdemos a algún buen hombre y todos los años la ira y el odio del
bosque crecen y nos golpean a nosotros. No a los hechiceros de Tresrríos por el
delito que cometieron, ni tampoco a los codiciosos mirandos que talarían de
buen gusto hasta el último de los árboles por unas pocas monedas más. – Se
levantó de la larga mesa, derramando parte del vino al suelo de tierra- Es a
nosotros, los humildes leñadores que solo buscamos tomar lo necesario para
sobrevivir a la ira de los intendentes y a la cuenta atrás del tributo. Es a
nosotros, cuando deberíamos ser sus aliados, a quienes da la espalda y
traiciona usando a sus bestias y monstruos. En tiempos de mi abuelo vivíamos a
la vera del río ¡Ahora nos ocultamos tras empalizadas altas y tememos los
sonidos que vienen de más allá de sus orillas! Así que, dime sabio Eigo de la
avanzada tierra madre de Odagal: ¿Qué debemos hacer para que el bosque deje de
tratarnos como a enemigos? ¿Qué camino de paz y concordia hay que tomar para
que nuestros niños puedan acercarse al curso del Ardal sin que tengamos miedo a
que se los lleven los hombres serpiente?- Remató, acompañando cada pregunta
clavando un dedo en el pecho del hombre manco.
-El
bosque recuerda- Se limitó a decir este en respuesta. El rostro de Bento se
contrajo en una mueca de rabia tan fuerte que Grumo temió que estuviera a punto
de atacarlo.
-El
bosque recuerda, pero nosotros también- Dijo entonces Fror, con los labios
apretados como si estuviera a punto de llorar. –Recordamos a los que ya no
están, a veces con más intensidad que este fuego que nos alumbra-
-¿Y
que tiene tanto que recordar?- Repuso el hombre de nariz aplastada, con un
bufido nasal tan desagradable que a Grumo le dieron ganas de gritar que se
callase – Si un mago loco lo envenenó hace más de cien años robando una piedra
muy bonita, lo entiendo- Antes de seguir, inspiró fuerte por la nariz y escupió
al suelo – ¡Pero qué tiene que ver con nosotros, por todos los urcos!-
-Si
mal no recuerdo, estábamos escuchando una historia- Habló entonces el viejo Xan
con un destello de ira en su carcomida mirada- No dejéis que el vino aguado de
Brego os nuble el juicio y dejadme escuchar, quiero oír lo que nuestro invitado
tiene que contar-
-Eso,
el que quiera pelear, que se vaya a darle puñetazos a la tormenta- Apoyó una de las tres muchachas, recibiendo
como respuesta varias miradas fulminantes. Pero eso no la hizo callar.
-No
me miréis con cara de cerdos, que no soy una berza-
-Una
resabida, eso es lo que eres. – Le espetó Fror, encarándola.
-Empiezo
a preguntarme si realmente no habrá una efigie vasajha de corteza y humo aquí-
Se digo Grumo, observando como el ambiente se caldeaba más y más. Durante un
instante pensó en intervenir para calmar los ánimos, pero se decidió a no
hacerlo cuando el hombre de rostro contrahecho resbaló de forma estúpida con el
charco de vino y todos estallaron en carcajadas.
-Solo
están más borrachos de la cuenta- decidió, aprovechando el descuido para apurar
el vino y rellenarse hasta el borde el vaso con la jarra de la mesa.
-¡Bueno,
ya está bien de que abuséis de mi hospitalidad!- Se impuso Brego con dos
sonoras palmadas en los hombros de Bento y Eigo –Dejad de discutir y ayudad al
pobre Rebolo a levantarse o id a compartir vuestras opiniones con la tormenta-
Ambos
hombres se miraron con desagrado antes de levantar a su dolorido compañero del
suelo y volver a ocupar sus asientos. El borracho de nariz torcida, se sacudió
como pudo y recogió el vaso del suelo para volver a servirse, cuando el dueño
de la casa le apartó la jarra negando con la cabeza.
-¿A
mí también me vas a amenazar con la tormenta?- Lo desafió la rechoncha Fror con
los brazos en jarras. Brego se encogió de hombros, siguió recogiendo los vasos
y agitó la casi vacía jarra lanzándole una mirada sospechosa al sucio Rebolo
antes de retirarse.
Entonces,
Grumo decidió intervenir.
-¿Y
qué tal si desplazamos las amenazas a un lado, junto a los exilios y las
sospechas?- Preguntó levantándose con elegancia del banco. -¿Acaso el espíritu
de Breo El Grande, padre de Odagal y por ende de Corverra, aprobaría que sus
descendientes se amenazasen y discutiesen con la inquina y el resentimiento
como bandera?-
Fror
frunció el ceño y tensó los finos labios antes de contestar, pero él fue más
rápido y tomando entre sus suaves manos las suyas, dijo:
-Mi
querida señora, no dejéis que la sombra de aquellos que ya no están empañen
vuestro ánimo. En este día tan triste y furioso, en el que la tormenta batalla
contra la tierra y el bosque, no traigáis más desorden y oscuridad al pie de la
lumbre. –
-¿Y
qué se supone que tenemos que hacer? ¿Olvidarlos? –
-¿Crees
que yo puedo olvidar a mi hermano, sadradin?- Gruñó Bento, acercándose para
amparar a su esposa con sus largos y nervudos brazos. –¿Crees que podemos
olvidar a nuestros muertos tan a la ligera?-
-¡Por
las nueve cortes, no!- Exclamó Grumo alzando las cejas y dando un fuerte
resoplido de irritación- Yo nunca olvidaré como a mi padre lo mataron de una
paliza los buenos ciudadanos de Trebonte. Ni tampoco como un Breó dejó tuerta a
mi hermana tras leerle malas cartas con la baraja perdida. Pero de nada me sirve
arrastrar el rencor que ha dejado la sombra de su memoria o de los pecados de
unos u otros pueblos. -
Hizo
entonces una pausa, sintiendo como todas las miradas estaban posadas de nuevo
en él. Con calma, recogió el taburete que había derribado y respiró hondo: En
el rostro de Fror podía ver una profunda desazón, mientras el labio superior de
Bento temblaba.
-Lo
que quiero decir…-
-Aquí
nadie ha perdido más gente que yo- Lo interrumpió el viejo Xan aclarándose la
garganta- Y todos lo sabéis. He visto dos guerras con los sureños y el paso de
toda una generación. En lo que llevo caminado en este mundo, muchos han
desaparecido en el bosque. Y a otros se los llevaron las plagas o murieron en
las refriegas de Edon, en el lejano sur.-
-¿Y
qué quieres decirnos con eso?- Preguntó Rebolo rascándose con energía la
goteante y retorcida nariz.
El
anciano no respondió inmediatamente, si no que se levantó del banco con calma y
arrimó como pudo un taburete hasta colocarse al pie de la agonizante lumbre.
Grumo creyó ver una lágrima deslizarse en solitario por el apergaminado rostro
antes de desaparecer entre la descuidada barba.
-Pues
que pocos de todos los que yo he conocido querrían ver a buenos compatriotas
peleando en una noche tan oscura. –Se volvió hacia el resto- Y en lugar de
compartir comida e historias a la luz del hogar, aquí estamos. –
Tras
eso, se hizo nuevamente el silencio y tanto Bento como Fror intercambiaron
miradas incómodas. Grumo no dudó un instante y se adelantó dejando que su capa
ondease con un movimiento súbito, indicando que era el momento de continuar.
Tesledo
observó con tristeza el terrible silencio de luto que envolvía el claro y como
los retazos de energía vital de los árboles consumidos ascendían en columnas
vaporosas para unirse de nuevo con la sentisdag. Libre de las ataduras de su
cuerpo, el alma del hechicero flotó por encima de las copas de los árboles y
fue arrastrada por el viento hasta que la altura fue suficiente para ver mejor
los altos picos de las montañas.
-La
corriente vital del bosque…- murmuró encandilada una de las tres muchachas. Al
escucharla, Grumo frunció el ceño, pero no se detuvo.
Desde
las grandes alturas, los árboles apenas eran pequeñas motas verdes en un tapiz
de energías en movimiento constante. Incluso las montañas, de raíces de sólida
roca, se revelaban ante Tesledo inmersas en una lenta danza que tardaría
incontables años entre cada pequeño paso del baile de la propia tierra.
Entonces, el viento, motor de cambio por excelencia, cambió su dirección y el
hechicero tuvo que manifestar su voluntad para evitar ser arrastrado hacia las
montañas.
-Dama
Piorneda- Vertió sus susurros a la brisa- ¿De verdad te has ido? ¿Has
abandonado el bosque a su suerte y a mi merced? – El eco de las palabras del
hombre se extendió por el bosque y este se estremeció e intercambió crujidos y
chasquidos que avanzaron como una ola hasta sus lejanos confines.
-Los
bardos dicen que ya no quedan monstruos que puedan detenerme. – Continuó- Dicen
que el bosque no tiene armas capaces de vencerme, pero se equivocan. Tu eres el
arma que es dueña de mi muerte y mi destino, tu eres la única que puede tomar
mi alma y deshacerla en los nueve vientos. Dama del gran bosque, señora del
río, hija de la montaña… ven-
Tesledo
esperó a escuchar a lo lejos el familiar trueno que anunciaría su presencia o
ver una larga lengua de niebla caer desde las cimas como una cascada blanca.
Pero la cálida noche permaneció imperturbable, con el denso dosel del bosque
hechizado por una quietud antinatural.
-Algo
no va bien aquí- Se dijo a sí mismo, luchando por deshacer el nudo que se le
había formado en la garganta- Algo no va nada bien-
-¡Piorneda!- Clamó con un estallido de
energía que azotó al viento y al bosque con su voluntad- Tu eres la única dueña
de mi muerte y sé que nunca abandonarías el bosque. ¡En nombre de mis muchos
pecados, reclamo tu presencia! ¡Ven!-
Ante sus ojos, las escasas nubes y la
fina neblina que cubrían el cielo nocturno se despejaron y las estrellas de la
Ascendencia del dragón lo observaron con una intensa luz carmesí, destellando
con la forma de unas grandes fauces. Entonces, el bosque se agitó como movido por
un vendaval invisible y la densa niebla oculta bajo la tierra manó con la
fuerza de una riada, envolviendo el claro donde se encontraba el cuerpo del
hechicero hasta hacerlo desaparecer.
-Iré, pero nunca bajo tus términos- Lo
mordió con odio una voz fría como una ventisca.
Guiado por el instinto, Tesledo
proyectó toda su voluntad para regresar de nuevo hasta su cuerpo, pero cuando
se internó en la niebla sintió mandíbulas y garras gélidas que apresaron su
alma, inmovilizándola por completo.
-Yo os saludo… poderosos hijos de la
niebla. – Balbuceó el hechicero, tratando de mantener la calma ante el profundo
dolor que sentía en aquel momento. Al instante, dos nuevas fauces invisibles
más poderosas se hundieron de forma quirúrgica en lo más profundo de su ser con
fuerza suficiente para estar a punto de partirle en dos.
-Yo.. conozco esta presencia… Dregot y
Saodh- Se forzó a susurrar- Sabía que era imposible que os hubiese matado
cuando atacasteis la…- Pero no pudo continuar, porque a las nuevas fauces se
unieron dos pares de poderosas garras que hicieron gritar de dolor al
hechicero.
-A medias – Gruñó uno de ellos antes
de lanzar una nueva dentellada que se cerró sobre la pierna derecha de su
cuerpo.
-Casi lo consigues- Añadió el otro con
un susurro insidioso- Pero madre nos reclamó y así salvó nuestras vidas. –
-¿Vidas? ¡No me hagáis reír!- Se mofó
Tesledo a pesar del intenso dolor que recorría cada palmo tanto de su cuerpo
como de su alma- Sois una consecuencia de la dolencia de un alma antigua. Un
síntoma de una enfermedad, los hijos de una plaga nacida de la mente. Tan solo
sabéis sembrar el terror allá donde pasáis y nada más que eso. –
La ola de odio y furia que emanaba de
aquellas espectrales criaturas cuadrúpedas se trasladó a la fuerza de sus
zarpas y mandíbulas, que se cerraron con un chasquido antes de arrastrar con
fuerza al hechicero de vuelta a su cuerpo. Al recuperar de forma tan brusca sus
sentidos, Tesledo boqueó en busca de aire y gritó de dolor, tratando de
volverse espalda arriba, pero los ojos rojos como la sangre de los diablos de
la niebla destellaron en la oscuridad y sus mandíbulas inmovilizaron en un
instante al poderoso hechicero.
-Y sin embargo, tu corazón no solo no
parece temernos- Gruñó uno soltando la presa y poniendo una garra inmaterial
sobre el sucio pecho desnudo de Tesledo. –Si no que sigue teniendo esa actitud
desafiante, como si todavía pudieses ganar. –
-No me lo tengáis en cuenta, tan solo
es una mala costumbre- Jadeó el hombre, desistiendo de liberarse y relajando el
cuerpo con la mirada fija en el denso manto blanco- Sin mis hechizos, estoy
completamente indefenso-
El gélido aliento de las criaturas se
hizo escarcha en la sucia barba del hechicero, que tosió violentamente al
respirar hondo. Bajo él, las raíces de los árboles más cercanos bebían con
avidez la sangre cenicienta que manaba de sus heridas, buscando con todas sus
fuerzas ensartar la tentadora carne del asesino.
Los ojos del bosque descendieron en
silencio y buscaron refugio en las copas más cercanas. Sin embargo, algunas de
las criaturas más impetuosas se abalanzaron sobre el cuerpo del asesino del
río, obligando a los diablos de la niebla a espantarlas sin piedad.
-Es nuestro- Gruñeron partiendo en dos
a un desdichado cárabo nival que se había lanzado a por los ojos del hechicero.
Los restos del ave se estrellaron contra uno de los troncos, pintando sobre él
un cuadro de vísceras y plumas.
-¡Pertenece al bosque!- Chillaron
enfurecidas las aves y alimañas en una multitud de ululares, chillidos y
gruñidos que Tesledo pudo comprender por el rencor y la furia que rezumaban.
-Su vida pertenece a nuestra madre, a
la hija de la montaña. Así fue decretado- Rugieron los monstruos utilizando su
forma inmaterial para cubrir por completo al hechicero y protegerlo de los cada
vez más enfurecidos picos y garras que se cernían sobre él.
-¡La hija de la montaña ya falló una
vez, esta vez serán los hijos del bosque los que actúen!¡Queremos su sangre
para obtener su fuerza y a través de ella la venganza! ¡Entregadlo! - Gritaron
en un coro cacofónico las copas y las ramas de los gruesos árboles que rodeaban
el claro, arrojando ramas, hojas y heces sobre el hechicero. A medio camino
entre el mundo material y el de los espíritus, Tesledo casi podía palpar la
monstruosa furia primigenia que consumía todos los seres del claro con la
voracidad de un incendio.
-Todos salvo yo… ¿Pero por qué?- Se
preguntó y entonces reparó en el pequeño bulto que guardaba en el bolsillo de
su túnica. Algo que cabía en su puño, pero que para él pesaba mucho más que una
montaña.
-Claro… el agua es, junto con el
viento, el elemento del cambio y aunque puede tender hacia la furia, su
naturaleza primigenia es la calma- Meditó, olvidando por completo su situación-
Entonces… tiene que ser eso, pero…-
-Aquellos que desafíen a la hija de la
montaña, morirán- Amenazaron los monstruosos hijos de la niebla a las cada vez
más hostiles criaturas de los árboles –Y nos alimentaremos de su alma-
Entonces, un estallido resonó en la
distancia seguido de un sonido de arrastre que reverberó con una intensidad
ominosa, como si proviniese de todas direcciones al mismo tiempo. Apresado por
completo, Tesledo solo pudo girar la cabeza y contemplar como una alfombra de
ratones, comadrejas y alimañas menores huían desesperados de un enorme cuerpo
que se arrastraba en la oscuridad. Con cuidado, trató de girar la mano y mojar
el dedo en su propia sangre, pero la mandíbula de uno de los diablos se
materializó sobre su brazo y el hechicero sintió como los helados colmillos se
hundían en su túnica.
-Puedes intentarlo, pero tendrás que hacerlo
sin brazos- Proyectó en su mente la criatura.
-Mi vida pertenece a vuestra madre, no
a vosotros- Argumentó escupiendo saliva escarchada por el intenso helor que
desprendían las criaturas – Pero si se acerca el viejo litur en busca de
revancha, faltaremos al sino que dictaron las ascendencias y el castigo será
terrible-
-No es un litur lo que se acerca desde
el bosque, asesino. Pero no temas, tampoco es tu muerte. –
-¡Entonces por todos los urcos! ¡¿Qué
es!?- Pero ya no le hizo falta la respuesta.
Los iracundos observadores de las
copas huyeron despavoridos en la noche cuando un cuerpo grueso como el tronco
de un árbol anciano se abrió camino reptando estirando sus más de veinte
cabezas serpentinas en un coro de silbidos. Las escamas de un color grisáceo
con tintes esmeraldas, aparecieron a través de la niebla, cubiertas de cieno y
algas de la laguna donde la criatura debía haber estado descansando… o
acechando.
Y entonces, tras una breve
exploración, una a una las veinte cabezas giraron con suavidad hacia su cuerpo
inmovilizado y comenzaron a avanzar con una falsa lentitud.
-Veneno de hidra anciana…- Murmuró
Tesledo sintiendo de pronto una fría y extraña paz que se adueñó de su cuerpo
–No existen formas mucho peores de morir en todo el bosque-
En respuesta, los diablos de la niebla
se separaron de él y se alejaron con respeto, casi con temor, de la criatura.
El hechicero se giró con dificultad y se puso de rodillas, ignorando las
lágrimas de ceniza que manaban de sus ojos en una sucia línea de gris que llovía
desde el alargado rostro hasta el suelo.
-Es una buena elección- Musitó,
percibiendo la contaminada inteligencia de la criatura- Un veneno que pudre el
cuerpo y corroe el alma. –
Una única cabeza, similar a la de una
cobra real, se separó de sus compañeras y descendió hasta la altura de la
cabeza del asesino. Deteniéndose con un movimiento ondulante provocador, casi
sensual.
-Estoy listo- Dijo Tesledo con un hilo
de voz, mirando sin pestañear a su verdugo –Tan solo quiero…-
Pero la criatura no aguardó y con la
rapidez de un rayo hundió los dos afilados colmillos de tamaño de una daga en
el hombro derecho del hechicero. Sobrepasado por el dolor y el intenso ardor
que le producía el veneno al penetrar en su interior, Tesledo entrecerró los
ojos y lucho por no derrumbarse. Tomando entre sus brazos la cabeza de la
criatura.
-Me alegro de que no te hayas ido,
Piorneda…- Murmuró, dejando caer un hilillo negro de ceniza por la comisura del
labio.
-Tus palabras no significan nada y tus
hechizos no te pueden salvar, humano- Escupió con odio la hija de montaña con
diecinueve voces distintas sin aflojar la presa.
Tesledo escupió otro puñado de ceniza
al suelo y se arrancó con un tirón brusco el humeante talismán de su pecho,
dejándolo caer al suelo. Otra de las cabezas de la criatura, se alzó sobre él y
posando su colmillo sobre su cabeza, lo arrastró con suavidad, abriendo una
fina herida sobre el cráneo del hechicero. La sangre manó despacio, antes de
caer como un hilillo de polvo y ceniza sobre su rostro.
-No más hechizos- Susurró él, luchando
para mantenerse consciente mientras su visión se llenaba de niebla. –Ya no son
necesarios-
-¿Por qué has venido?- Interrogó la
voz de la dama tan fría y afilada como un puñal de hielo puro- En tu torre
estabas a salvo de nosotros-
-Ya sabes por qué- Se limitó a
contestar- He venido a entregarte lo que es tuyo-
-¿Y así someterte a la justicia?- Se
burló ella entornando los ojos- Lo siento, pero ese no es tu estilo y no sé
cómo esperas salir de esta pero…-
-Veinte años- La interrumpió con una
profunda mirada de dolor- Veinte años en los que no he podido abandonar las
murallas de la ciudad y poner un solo pie en el camino. Veinte años de noches
solitarias, contemplando desde lo alto de la torre como el bosque se hacía cada
vez más hostil con los míos. Como los pescadores regresaban con las manos
vacías y como los cazadores regresaban aterrados, si es que tenían la suerte de
poder regresar. Veinte años de remordimientos, de dolor y de sufrimiento por el
crimen que cometí- Hizo una pausa, tratando de que las emociones no lo
desbordasen y enfrentó la mirada de su asesina con toda la entereza que pudo
reunir –Ha sido demasiado hasta para mí, al que llaman gran héroe de Tresrríos
y que no es más que el artífice de su lenta destrucción-
-¿Acaso esperas el perdón del bosque
antes de morir?- Y entonces rio, con una risa tan alterada y distinta a la que
el hechicero recordaba que llenó su rostro de terror- ¿O el mío?-
-No espero ninguno. Tan solo estoy
cansado y quiero que todo esto acabe…- Confesó, buscando algún rastro de la
antigua y fascinante criatura que había conocido tanto tiempo atrás.
-¿Pero a qué viene tanta prisa? Tu
agonía no ha hecho más que comenzar y será muy lenta- Su suave tono de voz,
empapado de rencor, se deslizó como una nueva dosis de veneno a través de su
mente. - ¿Sabes cómo funciona el veneno de una hidra anciana? -
-Algo he leído- Escupió el hombre
tratando de mantenerse en pie- Es un veneno que corroe el cuerpo y el alma,
disolviendo la carne en un proceso…-
Pero entonces, con un fuerte chasquido
que lo hizo aullar de dolor, la cabeza retiró los colmillos de la herida y se
elevó en un arco sobre él. Tesledo sintió como le fallaban las piernas y a
pesar de que intentó mover sus brazos, se desplomó contra el suelo, golpeándose
la cabeza contra la nudosa raíz de un árbol.
-Te equivocas- Siseó el coro
serpentino- Cuando una hidra real envejece, su veneno también cambia, madurando
hasta cambiar su función como herramienta de caza a herramienta reproductora.-
Tesledo lanzó un quejido al escuchar las
palabras de la criatura e intentó alejarse de forma instintiva, pero apenas pudo
arrastrarse unos pasos antes de que las cabezas de la hidra lo alcanzaran y le
cerraran el paso, atrayendo con facilidad el cuerpo del hechicero hacia el
cuerpo de la criatura.
-Sí...- Sisearon con odio- La última
dosis de veneno de una hidra anciana sirve para crear una nueva hidra real,
perpetuando el linaje. Eso significa que este veneno no te matará. Los huesos
de tu cuerpo se quebrarán, tu mente y tu garganta se retorcerán y en apenas
tres días serás una joven hidra sin recuerdos ni pensamiento de tu vida pasada.
Una bestia más del bosque que una vez trataste de destruir-
Aunque trató de reprimirlo con todas
sus fuerzas, Tesledo no pudo contener un chillido de horror al imaginar el
destino que le aguardaba.
Triunfantes, las cabezas se alzaron en
un siseo enloquecido que pronto se convirtió en un bramido ensordecedor. Las
copas y los troncos de los árboles se agitaron, vibrantes de satisfacción.
Mientras centenares de aves aleteaban y chillaban sin rumbo ni medida,
embriagadas por el sentimiento de placer que experimentaba el bosque al ver
cumplida su venganza. Tan solo la vieja y desmochada águila arpía, que sabía
bien que el abismo de la ausencia no se restauraba con el fuego de la ira,
permaneció en silencio. Observando como sus retoños y familiares se entregaban
todavía más a una furia antinatural en el templado corazón de las aves rapaces.
-No, por favor…- Suplicó con la voz
temblorosa el hechicero- esto no debe acabar así, Piorneda…-
-¿Acaso pensabas que me contentaría
con algo tan predecible como matarte y torturar tu alma?- Se burló la criatura
bajando su cabeza central hasta que sus ojos rasgados del color del sol
quedaron a la altura de los de Tesledo- Ya te dije que dabas demasiado crédito
a las leyendas, hombrecillo.-
Regueros de ceniza corrieron por las
mejillas barbadas del asesino, mientras su claridad mental se tambaleaba cada
vez más y el dolor daba paso a un escalofriante entumecimiento en la zona de la
mordedura.
-No, esto no puede terminar así. No
debe terminar así- Se dijo retorciéndose hasta que consiguió ponerse de
rodillas- Te pido que me escuches, Piorneda, mi muerte es tuya para reclamarla,
pero debes…-
La cabeza central avanzó como un
ariete y le golpeó en el pecho, lanzándolo por los aires hasta estrellarse
contra el grueso tronco de un árbol. Resollando, el malherido humano ignoró el
reguero de polvo que manaba con abundancia de las heridas de la calva y se
sentó con una mueca de dolor.
-Debes matarme… no, no es un “debes” ¡Te lo suplico!- Imploró mirando directamente
a aquellos ojos del color del atardecer - ¡Mátame!-
Su grito acalló el ambiente jubiloso
del bosque como una ráfaga de viento apaga al instante una hoguera y en el
lugar cayó el silencio de la expectación. Las cabezas de la criatura,
observaron en silencio al asesino del río con una expresión inescrutable en el
rostro y tras un tiempo que pareció la eternidad, se giraron en silencio y le
dieron la espalda. Desapareciendo del claro hasta que solo quedó aquel
escalofriante sonido de arrastre.
-Ascendencias, os lo suplico…- musitó
Tesledo con la espalda y el pecho ardiéndole de dolor- rey, dragón, gruta,
rebelde, guardián… incluso serpiente. Suplico vuestro amparo- Una tos
incontrolable se apoderó de él y acabó con el rostro caído en la tierra- No
deseo la salvación, ni os pido castigo. Tan solo ayudadme a alcanzar al caballo
blanco de Mordari. Concededme la muerte antes de que esta maldición me
transforme en una abominación-
Sin embargo, ni los dioses muertos que
hacía siglos que no caminaban por el mundo, ni las inefables ascendencias
acudieron en auxilio del hechicero. Tan sólo el cálido resplandor carmesí de las
estrellas del dragón brilló en lo alto del firmamento. Dictando su cruel juicio
sobre las últimas esperanzas del héroe Tesledo.
Y las tinieblas de la inconsciencia
comenzaron a tejer un velo en su mente, invitándolo a ceder y descansar. A
dejar atrás el dolor y sus desesperados pensamientos a cambio del dulce abrazo
del olvido.
-Saodh, siento tu presencia…- Murmuró
al detectar la heladora aura del diablo de la niebla que permanecía oculto en
el claro- ¿Has venido a cobrarte tu venganza? Si es así, adelante…-
Pero la criatura no contestó ni
tampoco se materializó. Aunque Tesledo pudo sentir como se acercaba un poco
más, dejando una huella de escarcha a escasos pasos suyos durante unos
segundos.
-Estoy listo, termina el trabajo y
cóbrate tu justa venganza-Lo retó- si es que puedes desprenderte de la sombra
de tu ama y actuar libremente-
Sin embargo, tan solo el calor
antinatural arrastrado por la brisa respondió a su provocación. Aunque el
hechicero todavía podía sentir como cada vez más y más criaturas de ambos
reinos convergían a su alrededor, alterando el sentisdag hasta que la corriente
vital se hizo tan densa que casi era visible.
-El bosque viene a ver mi agonía, a
buscar mis gritos y mis lamentos aunque estos sean mudos- Reflexionó, dejando
que el eco de su pensamiento vagase por la cada vez más tentadora negrura de su
mente. Y entonces, vio como las siluetas de decenas de bestias y plantas que
moraban en el reino espiritual se recortaban contra una luz verdosa que parecía
emanar de todas partes.
Con cada latido de su corazón, las
siluetas se hicieron cada vez más definidas hasta que más de un centenar de
criaturas espirituales retorcidas y deformes lo observaron con tan solo una
expresión imperturbable en sus muchos rostros. Los ojos de cientos de aves y
pequeñas alimañas, brillaron a la luz cada vez más presente del sentisdag y de
entre todos ellos, los fieros ojos carmesí de los diablos de la niebla
destellaron en los confines de la vista del hechicero.
-Así que así acaba todo- Se derrumbó
aplastado por la impotencia- Sufriré aquí, retorciéndome alrededor de este
tronco mientras mi cuerpo se parte y se amolda a una nueva forma. Y quién sabe
si la luz del amanecer no acariciará suaves y lisas escamas en vez de la piel
arrugada de un tonto. Todo lo que he hecho, todo lo que he sido… se perderá. Y
algún héroe que sí se merezca ese título, me buscará para hacerme pagar por mis
crímenes y se encontrará con solo las estrellas saben cuántos ojos llenos de
furia y pena que cerrará hasta concederme el dulce alivio de la muerte. Pero
antes de eso… ¿Cuántos héroes y cuantas ciudades caerán ante mi condena?
¿Cuántos bosques envenenaré y de cuantos macabros festines daré cuenta antes de
que todo acabe? Cuando cambie y mi mente se pierda entre el hambre y el
instinto, ¿Quién tendrá el valor y la fuerza de alzarse para detener a
semejante calamidad?- Gritó y pataleó de pura desesperación, pero el bosque no
reaccionó- Y a pesar de todo ello, todos estos seres que un día fueron sabios
están demasiado ciegos para verlo. El bosque me escucha con atención,
deleitándose en cada grito y cada forcejeo, pero son incapaces de ver lo que
debería ser evidente-
-El bosque escucha…- Murmuró mirando
fijamente la copa del roble que le servía de apoyo. -¿Pero cómo poder mostrarle
las desastrosas consecuencias de aquel castigo si uno no puede arrepentirse de
aquello que no es capaz de ver?-
Y entonces supo lo que tenía que
hacer.
Una risa histérica, enferma y ajada
brotó de su boca acompañada de un esputo de polvo gris. Las carcajadas eran tan
fuertes que a pesar del entumecimiento en su pecho sintió punzadas de dolor en
las sienes y la nuca.
-Saodh, espectro alienado- Se burló
sin compasión de la criatura más cercana- No has cambiado, sigues siendo tan
predecible como de costumbre, al igual que este estúpido bosque tan cegado por
el odio que no es capaz de entender lo que ha desencadenado…-
Como esperaba, ni el bosque ni sus
habitantes se inmutaron. –Al fin y al cabo, es lo que esperan- Pero el rostro
etéreo a medio camino entre lobo y serpiente del diablo de la niebla se
manifestó a un palmo de su rostro.
-Ahí estás, despojo de la desgracia-
Gruñó Tesledo abriendo y cerrando su boca en una absurda imitación del
intimidante gesto de aquellas criaturas- ¡Tan preso de tu propia derrota que no
eres capaz de nada más que inclinarte ante mi victoria!-
Esta vez funcionó y el profundo
zarpazo gélido que la criatura le abrió en el pecho le supo más dulce que
cualquier triunfo. Envalentonado, enfrentó la mirada de la criatura con todo el
desprecio que fue capaz de reunir y escupió otro esputo de polvo que atravesó
la forma etérea del diablo de la niebla.
Alimañas y aves trataron de
abalanzarse sobre él mientras los árboles se inclinaban como azotados por un
fuerte vendaval. Por desgracia, tanto diablos de la niebla como espíritus se
mantuvieron firmes asesinando sin compasión a cualquier criatura lo
suficientemente iracunda como para ponerse a su alcance. Con un gesto cruel,
las fauces de Saodh se materializaron sobre el cuello de un enloquecido ciervo
que se había lanzado a la carga tratando de ensartar a Tesledo con sus astas y
las desgarraron sin piedad, derramando un torrente de sangre sobre el rostro y
la barba del hechicero.
-Si crees que puedes escapar de ésta
provocándonos para concederte la muerte, estás muy equivocado- Escupió con un
rugido Dregot materializándose a la carrera para interceptar el vuelo de un
halcón que se lanzó en picado buscando la carne del asesino con las garras
abiertas de par en par.
La visión de Tesledo se cegó con un
estallido de plumas y al despejarse observó los restos agonizantes del ave
rapaz a escasos dedos su pierna. Con las garras todavía abriéndose entre
espasmos tratando de alcanzarlo.
-Al contrario- Replicó con una sonrisa
torcida en el rostro- Os agradezco mucho que me protejáis cuando aún soy
vulnerable antes de mi transformación-
Entre la ira y el odio del rostro de
Saodh, vio aparecer una nueva emoción: profunda e inesperada confusión. –Bien,
es justo lo que necesito-
-Esperaba recibir la muerte para así
entrar completamente en el reino espiritual y apoderarme también del corazón de
la montaña- La desazón y el dolor que desataron sus palabras hicieron que las
siluetas de los espíritus se agitasen como sacudidos por una ráfaga de viento
invisible- Pero si me transformo en una hidra con los poderes que domino ahora…
ni tan siquiera las mismísimas ascendencias podrán detenerme-
Los diablos de la niebla se volvieron
como un solo ser hacia él, materializando más de cuarenta ojos ensangrentados
que lo miraron con odio y Saodh habló con la voz de todos ellos:
-Mientes. Suplicaste a madre que te
matase y se llevase tu fétida alma- El aliento de las criaturas amenazó con
asfixiar al hechicero- ¿Cómo podrías cometer semejante crimen bajo nuestra
custodia?-
Tesledo permaneció en silencio,
debatiéndose en su interior por no decir lo que debía decir. Porque verter
aquellas palabras podría desatar consecuencias tan devastadoras como para
significar la destrucción de la propia Tresrríos.
-Pero si han mordido mi ardid, solo me
queda esta carta y por muy destructiva que sea nunca será peor que este
destino- Tragó saliva intentando deshacer el nudo en la garganta que parecía
estrangularlo- Pero con un desenlace fatal ante cualquier desliz, no queda
elección. Perdóname Piorneda por lo que voy a hacer…-
-En estos momentos- Comenzó- mis
estimados acólitos y aprendices están listos para ejecutar un ritual muy
especial. Un rito que vinculará mi corazón con el propio corazón del río que
robé tiempo atrás. Ya sabéis lo que eso significa…- Ante él, las fuerzas
contenidas de todas las criaturas del reino material permanecían inmóviles y
tan solo las siluetas espirituales más antiguas comenzaban a bullir entregándose
a la furia más absoluta que contaminaba el bosque – Sí. Llevamos casi veinte
años de preparativos, pero estamos listos. Con mi muerte, el ritual me
convertirá en un ser elemental de inmenso poder. Un rey estelar, criatura
contra la que nada podrá hacer Piorneda. ¡A esto ha llegado la ceguera de
vuestros guardianes y vuestro patético poder! -
Bajo el brillo de las fauces del dios
dragón se desató el caos. El claro se convirtió en un campo de batalla en el
que un bando consumido completamente por los deseos de destrucción chocó contra
una mayoría que había creído en su mentira. Bestias de todo tamaño, condición e
inteligencia se enzarzaron en una bacanal de destrucción a donde jamás les
habrían llevado sus peores instintos. Hongos, arbustos e incluso los troncos de
los árboles se agitaron y retorcieron forzando su capacidad de desarrollo más
allá de lo posible para crecer más y más fuertes, cubrirse de afiladas espinas
cortantes como cuchillas o hincharon sus cálices hasta que casi no soportaron
su peso para arrojar nubes de miasmas tan densas que fluían como cascadas doradas
desde los descoloridos pétalos y consumidos sombreros hasta alfombrar el suelo,
ocultando los charcos creados por la lluvia de sangre que la tierra era incapaz
de beber a tanta velocidad. Amalgamas espirituales, reflejos de la contienda
que se libraba en el otro mundo, restallaron en el aire con intensidad
suficiente como para crear ondas de fuerza que partieron corteza, hueso y
piedra y arrojaron al malherido hechicero más de una veintena de pasos monte
abajo. Incluso los diablos de la niebla, con Dregot y Saodh encabezando ambos
frentes, pelearon con un frenesí antinatural que arranco pedazos de su forma
etérea hasta que sus cuerpos terminaron siendo incapaces de mantener su forma y
se dispersaron en el recién nacido cenagal de sangre y oro.
Impulsado por el instinto, Tesledo
ignoró los mordiscos y picaduras de las alimañas e insectos que libraban
batalla en sus ropas, se puso a cuatro patas con las escasas fuerzas que le
quedaban y trazó un símbolo sobre la tierra ensangrantada casi sin pensar. Al
instante, la tierra perdió su solidez y el hechicero comenzó a hundirse
evitando las nudosas raíces de los árboles.
-Si no pueden acabar conmigo, lo haré
yo mismo- Balbuceó listo para asfixiarse bajo el suelo antes de que los diablos
de la niebla pudieran impedirlo.
Entonces sintió una presencia
aplastante y familiar detrás de él que antes de que pudiera reaccionar lo
aferró de la túnica y lo arrojó al suelo arrancándole el aliento. La dama
blanca. Todavía cubierta de escamas y barro, pero tal y como la recordaba en su
inmensa majestad y altura. Lo miró con una ira visceral tan terrible que habría
podido detener en seco el corazón de cualquier guerrero.
-Has
vuelto a traer el caos y el desastre al bosque, demonio- Escupió dando un paso
al frente y asestándole un puntapié que lo estrelló contra un pequeño roquedal-
No te basta con haber asesinado al río, pretendes también arrancar el corazón
de la montaña-
Tesledo
se agarró el vientre ensangrentado y se volvió boca arriba tratando de
responder, pero solo pudo lanzar un chillido de advertencia al contemplar la
criatura que descendía desde el campo de batalla.
Centenares
de cuerpos de bestias retorcidas y quebradas, con sus ojos sangrantes todavía
vivos y girando enloquecidos. Se unían en una amalgama de carne, hueso, músculo
y grasa en una forma agusanada de la que sobresalían seis gruesos árboles con
ramas coronadas por jirones de hueso en la forma de unas deformes alas
empapadas en sangre. Al frente, un cúmulo de patas, garras y un gigantesco
apéndice deforme óseo se hundían en la tierra empapada de sangre, tratando de
arrastrar torpemente el resto de la masa hacia su único objetivo.
Hundiéndose
en la tierra con la fuerza de un arado, la abominación crujió y se balanceó
alzándose como una torre de carne para enfocar sus miles de ojos hasta
localizar al hechicero. Entre crujidos y chillidos, las garras consiguieron
cambiar la dirección y un único ojo compuesto deforme formado por centenares de
ojos bestiales se dilató hasta convertirse en un pozo negro al ver a su presa y
de la masa burbujeante brotaron cientos de picos, quijadas y afiladas costillas
que se agitaron en el aire antes de comenzar a arrastrarse en su dirección.
-Mírala.
Esta es la furia desatada del bosque- Exclamó la Dama acercándose a él y
obligando a Tesledo a mirarla fijamente – Esto es lo que ha desencadenado tu
codicia, demonio insaciable-
-Eso
es cierto… pero ambos sabemos que entregar mi cuerpo y alma a una abominación
espiritual no hará sino empeorar las cosas- Respondió el agotado arcanista,
sintiéndose casi a punto de desfallecer.
-Si
matarte no es una opción, pero tampoco que el bosque te consuma como venganza…-
Tesledo
intentó interrumpirla, pero una costilla carcomida y afilada como una cuchilla
se clavó en su vientre arrancándole las palabras y dejando manar un fino hilo
de ceniza y polvo. En un instante, una lluvia de proyectiles óseos surgió de la
aberración cada vez más cercana y Tesledo vio como la Dama lo protegía de una
muerte segura levantando un muro de tierra y piedras con un simple gesto de su
mano.
-Atrás-
Ordenó a la criatura que crecía sin control atrapando cualquier cosa cercana en
su forma creciente- Es mío-
Una
nueva lluvia de astillas, huesos e incluso picos de pájaro se estrellaron contra
el grueso muro de tierra. Y una de ellas, al rebotar contra un tronco, cortó la
carne de la mejilla de la Dama, dejando caer una larga lágrima carmesí que goteó
de la barbilla hasta el pecho.
-Entiendo
vuestro dolor, ese fuego que quema cada centímetro de vuestro ser… porque
también es el mío- Comenzó, sintiendo como un poder inmenso se desperezaba
dentro de ella tras pasar casi veinte años dormido. –Pero esta locura debe
terminar y seré yo quien ponga fin a la vida de este demonio. Aunque todavía no
sepa cómo hacerlo- Un cosquilleo recorrió su piel desde el ombligo hasta la
garganta y sintió como su voluntad se manifestaba una vez más en el mundo.
-Poned
coto a vuestra furia y ansia de sangre- Pidió con una voz triste y calmada- Es
sobre mí en quien recae la tarea de castigar a este asesino y os juro por la
memoria de mi madre, que sus crímenes no quedarán sin castigo-
Sin
embargo, ajenos al entendimiento o demasiado perdidos en la furia para siquiera
comprender sus palabras. Los seres atrapados en la amalgama espiritual
continuaron avanzando en precaria coordinación hasta chocar contra el frágil
muro de tierra que se derrumbó sin resistencia. Decenas de apéndices deformes
fueron vomitados desde el interior de la masa y buscaron con una ansiedad
terrible la carne de la dama, ascendiendo por su mano hasta cerrarse sobre su
cuello.
-Así
sea- Y a la velocidad de un parpadeo desató el poder acumulado que emergió de
ella con la intensidad de una tempestad.
La
visión de Tesledo se tiñó de un blanco cegador cuando el impacto del rayo
descargó desde las alturas su furia contra la criatura. Indefenso, el hechicero
cerró los ojos y sintió como volaba de nuevo arrastrado por la fuerza del
trueno antes de rodar violentamente por el suelo hasta detenerse contra un
grupo de frondosos arbustos. A pesar de la agonía que amenazaba con hacer caer al
fin las sombras sobre su mente, el asesino del bosque buscó tierra a tientas
tierra fresca y empezó a trazar con cuidado el mismo glifo redondeado que tanto
le había servido a lo largo de los años.
Y
entonces, el enorme pie blanco como la nieve de la Dama cayó con fuerza sobre
sus dedos, partiéndolos con facilidad. Abrumado por el dolor más allá de lo que
hubiera creído posible, Tesledo aulló como un animal herido y se hizo un ovillo
aferrando el bulto informe sangrante en el que se había convertido su mano.
Como si fuera un muñeco de trapo, la criatura lo tomó sin esfuerzo y lo levantó
hasta que ambas miradas se encontraron.
-¿De
verdad crees que voy a dejar que pongas en marcha tu plan? ¿Crees que dejaré
que destruyas lo único que mantiene al bosque con vida?- Preguntó con
incredulidad- ¡Olvídalo! Yo soy la guardiana del bosque y encontraré un castigo
para ti que haga temblar a las mismas ascendencias. Pasearé tu cadáver
triunfante hasta las propias raíces del sentispino y desataré incontables
tormentos sobre tu alma hasta que solo quede un jirón sollozante que devoraré
con sumo placer. ¡Tu plan ha fracasado y tus patéticas maquinaciones desatarán
la destrucción de tu ciudad por mi propia mano! Eres un monstruo cruel,
mezquino y despreciable y por cada vida que has arrebatado un miserable humano
morirá –
Tesledo
quiso contestar, quiso decirle que todo había sido un engaño y que su amada
ciudad era inocente, Pero sentía que su conciencia daba los últimos tumbos
entre el pensamiento y la nada. Con sus últimas fuerzas, alzó su mano intacta y
desató el glifo mental que llevaba en su interior, dejando caer la pequeña gema
líquida que hasta ahora llevaba en su bolsillo en la mano de Piorneda.
-Puede
ser, pero a veces ni tan siquiera los monstruos son lo que parecen…- murmuró
antes de dejarse engullir por la oscuridad.
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