El Secreto del Mago (Capítulo 1): Manos Inquietas
El infante pesado Yunque se estiró bajo la manta de lana tratando de acomodar su espalda a la dura cubierta del barco. Los pies ennegrecidos por la roña natural del soldado y la ceniza que habían usado en sus disfraces salieron a la superficie y el infante disfrutó la fría brisa que lo acarició entre los dedos.
-Así que todo ha sido un
sueño… – pensó para sí mismo mientras observaba el firmamento. Sobre él, los
brillantes colores de la maraña destellaban con fuerza, opacando a Elbi; la más
pequeña de las ocho lunas. Que ahora era un diminuto disco pálido verde anclado
en la bóveda celeste.
-Por un momento pensé que
volvía a caminar bajo las arenas de esa ciudad maldita. ¿Pero por qué? Sabios espíritus de la guerra
¿Por qué queréis arrastrarme otra vez bajo las arenas? –Preguntó casi como una plegaria al
firmamento.
Como de costumbre, los
espíritus no le escucharon o si lo hicieron, se negaron a responder.
-Oh, sabios bailarines de la
guerra…- suspiró con tristeza mientras se levantaba para lanzar un gargajo
sanguinolento a las calmadas aguas del lago. –¿Por qué me habéis abandonado?-
-¿No puedes dormir, infante
Yunque?-preguntó una voz grave y calmada que provenía de la base del mástil de
la embarcación.
-Solo era un sueño,
capitán.- respondió al fornido hombre de larga barba negra y piel tiznada que
mantenía la mirada sobre él.
-Entonces debo preocuparme
si un simple sueño sobresalta al único hombre de mi brigada cuyos ronquidos me
hacen recordar las fuertes mareas de mi hogar-
Yunque no pudo evitar
sonreír a la pulla del capitán.
-Capitán Martillo, me tienta
a despertar a los demás para que puedan comprobar que ha contado un chiste-
respondió con tono sorprendido.
-Yo no me arriesgaría,
infante Yunque. Te recuerdo que duermes en cubierta porque Tarja te amenazó con
destriparte si no la dejabas descansar-
La pena de Yunque se esfumó
como una duna arrastrada por el viento al recordar el momento en el que Tarja,
desquiciada por la falta de sueño, había puesto en peligro toda la operación al
clavar un cuchillo en la mesa de madera y amenazar al infante durante una cena.
-¡Escúchame bien, jodido
cerdo de letrina!- había gritado la guerrera harta de sus bravuconadas clavando
el largo cuchillo a escasos centímetros del pulgar del infante. –¡Como vuelvas
a joderme una sola noche más con tus bramidos acabarás arropándote del frío con
tus putas tripas!-
Toda la mesa se sumió en un
silencio mortal al escuchar a la “doncella kázina” hablar en perfecto erabi:
una de las cuatro lenguas brasali, con un leve acento de las montañas. Ánfora,
que había asumido el rol de patriarca kázino en aquella farsa, tuvo que
apartarse a solas con el capitán del barco y esmerarse para darse prisa en
inventarse una historia que lo justificara.
-Debéis perdonarme por este
incidente, honorable Múon. Pues no os he dicho que mi hija Kheria no es de mi
sangre pero se ha criado conmigo y aunque la quiero más que a las lunas y las
estrellas… En su juventud, sigue teniendo en ciertos días actitudes… salvajes.-
Tarja, que no era idiota,
torció el gesto con el rostro lleno de ira pero tras unos segundos bajó la
cabeza en señal de vergüenza.
-Kehria Zoeshia, has
deshonrado la paz de esta mesa y respondido mal a un hombre sin ser una guerrera.
Ahora, sal fuera. Tu patriarca debe castigarte por ello.- había ordenado el
alquimista con voz dura y severa.
Nadie los acompañó pero
Yunque sabía que Tarja había tenido que romperse el labio y golpearse contra el
mástil la cabeza para mantener la farsa.
Desde entonces, Martillo le
había ordenado dormir en cubierta mientras durara la travesía.
-Mereció la pena- Le
contestó el infante.
-Ahí no me meto- dijo el
capitán levantándose de su puesto. Ante su mirada la oscuridad de las aguas del
inmenso lago Ázur se extendían sin final. –Descanse infante Yunque, en unas
pocas horas le toca pescar- Ordenó antes de desaparecer más allá de la pesada
piel que separaba la cubierta de la bodega, donde todos los demás dormían.
Yunque, que ante todo era un
soldado, se cubrió con la manta de lana una vez tumbado y buscó el sueño en las
luces cambiantes de la maraña. Apenas cinco minutos después los estruendosos
ronquidos del soldado llenaban de nuevo la embarcación.
…
La luz del sol lo golpeó con
fuerza en la cara cuando alguien le arrebató la manta. Molesto, Yunque gruñó y
entorno sus pequeños ojos para identificar al imbécil que lo había despertado.
Un joven de pelo negro rizado y piel bronceada lo observó con cautela,
manteniendo la distancia.
-¿Qué mierdas quieres,
Murmillo?- gruñó el infante con voz amenazadora.
-Zashej, Yunque. Aquí me
tienes que llamar Zashej.- Susurró el joven lanzándole de vuelta la sucia
manta. Yunque distinguió en la distancia la melena pelirroja de Tarja y a la
soldado inclinada.
-¡¿Qué mierdas quieres,
Zashej?!- se corrigió alzando mucho la voz simulando enfado.
El soldado novato hizo
ademán de dar un paso atrás pero se mantuvo firme. Pues ya sabía que el respeto
de tus compañeros valía tanto como tú te hicieses digno de él. Yunque se había
encargado de enseñárselo con la delicadeza que lo caracterizaba.
-Me envía el padre Hazret a
despertarte. Te ofreciste a ayudar y Múon y los demás llevan ya un buen rato
pescando- Explicó Murmillo esforzándose en mirarlo a los ojos. Otra lección que
el novato había aprendido a gran velocidad durante el viaje.
-Lo recuerdo- asintió
desperezándose –En cuanto desayune iré-
Murmillo titubeó desviando
la vista hacia el agua antes de darle la mala noticia –El padre Hazret ha
ordenado tirar tu desayuno al lago para atraer a los peces y castigar tu
pereza, Mahra-
La mirada de Yunque bastó
para que el miembro más reciente de la brigada pusiese tierra de por medio y lo
evitase durante el resto del día. Gruñendo, el infante pesado se incorporó
estirando la espalda y observó con los ojos entrecerrados la actividad a bordo
del navío.
El viento soplaba sobre el
inmenso lago Ázur con generosidad, inflando la vela verde del Zelam que se
deslizaba con gracilidad sobre las calmadas aguas. El navío pesquero burdeni
era largo y estrecho, con apenas cinco varas de ancho de cubierta por la cual
se movía la escasa tripulación necesaria para gobernarlo. En la proa, el
capitán martillo, que respondía al nombre de padre Hazret, conversaba con el
sargento Trujillo en perfecto kázino mientras el joven mago Teneb, sentado con
las piernas sobre el mascarón, observaba con actitud ausente el horizonte. No
demasiado lejos, el capitán del navío burdeni llamado Múon, sostenía un
imponente cormorán sobre su brazo mientras instruía en el arte de la pesca
burdeni a unos poco interesados Esquivo, Truja y Tyr Valeron que asentían a la
clase con rostros cansados.
-Una vez más, el korej no se
trata de forzar al ave a regresar cuando veáis que se ha sumergido un par de
veces- explicaba el curtido pescador al trío de alumnos involuntarios- Si no de
dar un par de tirones suaves para indicarle cuando queréis que vuelva,
¿Entendido? –
Los tres asintieron,
aburridos y Yunque no pudo evitar sonreír al ver a uno de los mejores tríos de
asesinos que conocía doblegarse ante un simple pescador.
-Doblegados por un simple
pescador… con la de gargantas que han degollado esos tres- se dijo mientras se
rascaba la barba rala y sucia con actitud despreocupada. – No, más bien
doblegados por…-
-¡Mahra!- le gritó el
anciano que gobernaba el timón y respondía al nombre de Ánfora- Ven a ayudar a
tu patriarca…-
Yunque obedeció al
alquimista y se acercó a la pala del timón de la embarcación. El anciano de melena plateada y rostro tiznado
y lleno de arena le hizo una señal para que lo relevase.
-¿No deberías estar
pescando, Mahra? –
-Lo siento patriarca, tengo problemas
para dormir- Chapurreó Yunque en kázin.
El anciano permaneció en
silencio unos instantes y suspiró apoyando los antebrazos en las rodillas.
Yunque conocía bien aquella postura, era la que el alquimista utilizaba cuando
estaba preocupado.
-¿Dallan?- preguntó con la
mirada clavada en los tablones barnizados del barco.
-Sí, Ánfora. Dallan.-
Confirmó el infante con apenas un susurro –La tumba de las arenas vino a mis
sueños esta noche y me vi de nuevo antes del combate… Tu eres sabio ¿Qué es lo
que significa?-
-Los sueños son un
territorio casi totalmente ajeno a la alquimia, Yunque.- Explicó el anciano
regresando a su idioma natal- Son feudo de almas, lunas, espíritus y dioses.
Contienen tanto poder que hasta los muertos pueden usarlos para hablar con los
vivos sin tener en cuenta las barreras que separan ambos reinos. ¿Viste a
alguien que ya no esté con nosotros?-
Yunque negó con la cabeza.
–Vi a Tarja pero que yo sepa
sigue viva y odiándome. También vi soldados y civiles, niños sobre todo pero
todos sus rostros estaban hechos de arena. Y os mencioné a ti, a Tecla y a
Teneb pero también estáis vivos y bien… o eso creo.-
-En mi caso… a medias-
contestó el alquimista fijando su mirada durante un instante en su enguantada
mano derecha. –La cuestión, Yunque, es que si no se trata de un mensaje de los
muertos tal vez los espíritus quieran decirte algo.-
-Puede ser… - concedió
Yunque, poco convencido.
Antes de que pudiera hacer
otra pregunta, una enorme perca azur se estrelló contra su cara con fuerza. El
pez, que coleaba con furia, rebotó por la cubierta del barco antes de saltar al
lago y perderse en el fondo de sus aguas.
El rostro de Yunque se
encendió de ira y el gigante se levantó con los puños cerrados, avanzando hacia
la esbelta mujer de pelo corto y facciones delicadas que se limpiaba las manos con gestos inocentes.
-Tecla…-
-Esa por dejarnos solos con
las redes, imbécil- contestó la muchacha en perfecto kázin.
Yunque no respondió, estaba
demasiado ocupado tratando de contener las ganas de golpearla.
-No me mires así, que esto
no es nada comparado con lo que han estado planeando Kerhia Tarja y Zosh
Bálsamo- le increpó la joven golpeándolo en el pecho.
Yunque alzó el puño casi de
forma automática pero Ánfora se interpuso.
-Basta. Yunque, vuelve al
timón. Tecla, ve abajo a ver si Ristra necesita algo. Ahora- ordenó en voz baja
cargando con su tono más peligroso la última palabra.
Ambos soldados se miraron
con odio durante un instante antes de separarse. Pero lo hicieron, porque ambos
sabían que no era prudente desatar la ira del alquimista que les había curado
más heridas de las que ambos recordaban.
El fuerte sol de la tarde
quemaba la calva de Yunque con fiereza cuando Ánfora por fin lo dejó marchar.
Casi tan malhumorado como hambriento, el infante se dirigió hacia un hombre
enjuto y de aspecto tranquilo que lavaba los platos de la comida en un cubo.
-Guerrero Mahra…- Saludó en
kázin sin levantar la vista de su tarea.
-Ristra, quiero comida- Gruñó mientras buscaba con la mirada donde
estaría su ración.
-El patriarca nos ha dicho
que no hablemos de esa forma, Mahra-
-Dos cosas, Ristra: Uno, por
lo que sé toda la familia está abajo conservando el pescado y dos, me importa
una mierda que tres pescadores burdenis sepan que no soy kázino- escupió Yunque
antes de meterse una galleta de marinero en la boca.
-¿Matarías a un hombre
honrado, una cocinera excelente y un niño todavía sin nombre por un mal día?
Porque eso será lo que pase si el padre Hazret se entera.-
A Yunque le bastó su mirada
para responder a la pregunta del cocinero de la brigada.
-¿Queda algo más que
galletas? –
-Pescado ahumado, rodajas de
rábano seco y miel si convences a Ánfora de que te la ceda- enumeró el cocinero
dejando los platos de cerámica limpios
al sol.
-¿Y dónde está la carne? –
-¿El cerdo salado? Os lo
acabasteis en la primera semana de travesía. En la primera- enfatizó el
cocinero sin abandonar su tono calmado.
-¿Y no tienes ninguna
salchicha, ningún embutido de los que sabes hacer tan bien?- Volvió a la carga
el infante pesado tras unos segundos de silencio.
-Mira a tu alrededor y dime
que ves. Exacto: Agua y más agua- contestó el cocinero señalando la lejana masa
de tierra ocre que se perfilaba detrás de él. –No es tan difícil Yunque: No hay
cerdos, ni cordero en el agua y sin cerdo… Oh, hola joven Teneb- Saludó al niño
mago que acababa de sentarse con ellos.
-Cocinero Zorar, Guerrero
Mahra… ¿De qué habláis?- Preguntó el
joven de pelo negro corto tras saludar.
Yunque gruñó como respuesta
y se concentró en elegir los dientes correctos entre los que le quedaban para
masticar con fuerza otra galleta.
-Mahra me estaba preguntando
donde estaba la carne que nos llevamos al salir de Boshedam…- explicó el cocinero
con un tono de voz algo cansado.
El mago de rostro tiznado
sonrió pero no dijo nada. Aquel era un tema recurrente en todos los viajes que
había tenido con la brigada y sospechaba que se remontaba hasta mucho antes de
haberse incorporado al servicio militar.
-Vamos Mahra, el pescado
ahumado tampoco está tan mal…- Trató de animarlo.
-Si con no está tan mal te
refieres a que es seco, sabe ácido y se hace papilla en la boca… sí, supongo
que no está tan mal- Respondió con sorna el infante antes de coger el cubo
donde el cocinero había lavado los platos y vaciarlo en el lago.
El cocinero hizo una mueca
de disgusto ante la pulla pero decidió ignorarlo y Teneb apreció el gesto. Se
notaba que Yunque estaba teniendo un mal día por el castigo que le había
impuesto el capitán y el mago no quería empeorarlo.
-¿Cuánto creéis que nos
queda de viaje?- Preguntó a nadie en particular tratando de cambiar de tema.
El cocinero miró al suelo
pensativo unos instantes antes de responder:
-¿Otra semana más? ¿Dos
quizás…? Es la segunda vez que navego por el Ázur pero no sabría decirlo…-
-¿Tanto tiempo? ¡Genial! Así
tendré más tiempo para convencer a Múon de que me enseñe el korej antes de que
nos separemos- exclamó contento el mago. Yunque escupió al agua como respuesta.
-¿El arte de pesca burdeni?
Se lo está enseñando a Valeron, Esquivo y Tuja así que no veo por qué no puede
enseñarte a ti también.-
-Dice que soy demasiado
joven. Que según sus costumbres, no debería tener nombre siquiera, mucho menos
pescar como lo hace un adulto- explicó el mago encogiéndose de hombros.
-¿Por qué no intentas
hacerte amigo de su hijo? Tal vez así te aburras menos durante la travesía-
sugirió Ristra buscando refugio en la sombra del mástil de la nave.
-No creo que sea una buena
idea- respondió el mago con un tono algo más apagado – Cuanto menos contacto
tengamos con ellos, menos riesgo para todos-
Ristra asintió y Yunque
masculló algo que el mago no pudo oír como respuesta. El silencio se adueñó
entonces del navío y durante un buen rato solo se escuchó el murmullo del agua,
el graznido de los cormoranes y el chasquido de las cebollas al partirse cuando
el cocinero bajó a por un saco para la cena.
Hasta que la barbada cabeza
del capitán Martillo se asomó de la bodega a la cubierta.
-Padre Hazret…- se apresuró
a saludar Teneb con una reverencia. Sus compañeros no lo imitaron.
El corpulento capitán de la
brigada subió a la cubierta del navío y colocó la piel de camello que hacía de
cierre nocturno sobre la entrada.
-El patriarca va a contar
una historia así que nos he propuesto a los cuatro para vigilar y alimentar a
los cormoranes- informó con aquella voz grave y tranquila que le caracterizaba.
-Como si pudiera haber algo
en este lago que tenga capacidad o cojones para desafiarnos- Bufó Yunque
visiblemente molesto.
-Cuidado, Mahra… el agua
escucha- le advirtió Teneb.
-Pues que escuche. No estoy
hablando de elementales ni espíritus si no de los jodidos piratas
burdenis. Una panda de pescadores que
apenas saben por qué lado se agarra una pica no merecen la atención de cuatro
soldados profesionales- replicó el infante mirando al lago desafiante, como si
esperase que los piratas lo oyesen.
-No eres el primero ni serás
el último pero yo me guardaría de criticar a las etnias kázinas- respondió el
capitán mirando al horizonte- Merecen reconocimiento por haber sobrevivido
tantos años a la destrucción de su tierra. De todas formas seremos tres
vigilantes, no cuatro-
-¿Puedo bajar y echarme a la
boca algo decente?- preguntó Yunque con tono esperanzado.
-No hasta que se esconda el
sol, Mahra y mañana te encargarás tu solo de las redes- respondió Martillo
antes de volverse hacia Teneb- Tengo un trabajo para ti-
El mago se incorporó como
accionado por un resorte. –Sí padre Hazret, estoy a su servicio-
El capitán ignoró las
formalidades y señaló a la lejana línea de costa con su grueso dedo índice.
–¿Crees que podrás?-
El mago examinó el paisaje
antes de responder. Con gesto experto, extrajo del bolsillo un pequeño
envoltorio de gamuza que contenía un soporte de cobre sobre el que se alineaban
ocho lentes superpuestas y, tras ajustarlo con cuidado, miró a través de él:
Altos acantilados desprovistos de vida se intercalaban con empinadas playas de
guijarros desiertas hasta donde alcanzaba la vista. Sobre ellos, aparte de un
par de formas retorcidas que seguramente fuesen árboles muertos, no vio ni rastro
de animales o vegetación a lo largo de las imponentes colinas que ocultaban el
desierto de su vista.
-No debería tener demasiado
problema siempre que no tenga que escalar- Concluyó alzando la vista para mirar
a los ojos del capitán – ¿Qué es lo que busco?-
-Señales de que las dunas
cambian a un desierto rocoso. Ese es el indicador más fiable de que estamos en
las tierras de Kavash ´Ab-
-Y bayas si las encuentras-
Pidió Ristra sin dejar de lado su tarea – Tráeme las que puedas y ya me
encargaré yo de seleccionarlas-
Teneb asintió y durante un
momento pensó en decirle a Yunque que le traería algo de carne si la encontraba
pero se contuvo. El iracundo soldado
podía tomárselo mal y él no quería ser el causante de la escalada de tensión
que supondría.
-Ya sabes cuál es tu
prioridad soldado, ahora ve- Se despidió
el capitán inclinándose sobre la piel de camello para sujetarla y que ningún
curioso pudiese ver algo que no debiera.
El mago respiro hondo y se
concentró, dejando que la respiración se acompasase con el ritmo de su corazón.
El poder omnipresente de la esfera de Tlannalt se vertió sobre él como el agua
sobre un cántaro y el mago se esforzó por no parpadear durante todo el proceso.
Sus ojos físicos y el ojo arcano estaban fijos en la cúspide del acantilado más
alto que había visto, visibilizando el lugar exacto al que pretendía llegar con
toda la intensidad de la que era capaz. El cuerpo del mago empezó a vibrar
mientras el poder de la esfera de la humanidad surgía de él tomando la forma de
una lente redonda más alta que un hombre. A su alrededor, un viento cálido,
ajeno al mundo material comenzó a soplar agitando los mantos de los soldados y
cuando se sintió vacío, Teneb saltó al interior de la lente, desapareciendo al
instante de la cubierta del Zelam.
La pared rocosa del acantilado
surgió ante él y el mago supo al instante que estaba en un buen lío. Sus pies
calzados con sandalias patalearon inútilmente en el vacío y tuvo que resistir
con todas sus fuerzas el impulso de cerrar los ojos cuando el ímpetu del
hechizo lo lanzó contra la pared-
-¡No! ¡No! ¡No! ¡No! No!
¡Otra vez no!- gritó antes de estrellarse contra el acantilado con fuerza casi
suficiente para perder el sentido. Desesperado, el mago buscó con sus manos un
saliente y tras encontrarlo se aferró a él con todas sus fuerzas, quedando
suspendido en el vacío ante una muerte segura en una playa de guijarros decenas
de varas más abajo.
Durante unos instantes el
mago buscó sin éxito un lugar donde apoyar los pies hasta que quedaron colgando. Los brazos
empezaban a arderle por el esfuerzo y el cuerpo le pesaba cada vez más mientras
sentía como la sangre manaba de las heridas que se había hecho en las manos.
Incapaz de pensar con
claridad, el mago trató de auparse hacia el interior del saliente pero solo
consiguió resbalar todavía más hasta quedar sujeto a la afilada roca con una
única mano. –Vamos… tienes que aguantar…- murmuró colocando de nuevo la mano
sobre el borde del saliente e ignorando las quejas en forma de dolor de su
muñeca derecha.
-Vale, ahora estoy como al
principio…- susurró entre dientes para tratar de centrarse –Piensa Teneb…
piensa… qué opciones tienes…-
-Buscar un asidero está
descartado. No tengo fuerzas- pensó tratando de hacer acopio de toda su
concentración – Entrar en Tlannalt tampoco es una opción, ni tampoco crear un
escudo con fuerza suficiente para que la caída no me mate. Crear un portal de
viaje tan preciso y tan rápido es
demasiado arriesgado – La articulación del hombro derecho cedió con un crujido
al dislocarse y el mago casi se vio sobrepasado por el dolor abrumador que lo
azotó – Entonces qué… ¿Qué puedo hacer?-
Entonces, como si un
relámpago de lucidez externa cruzase su mente, lo supo. Con sus últimas fuerzas apoyó las piernas
contra la pared, flexionándolas todo lo posible y con un último esfuerzo… se
impulsó hacia el vacío.
El perfecto cielo azul sin
nubes se extendía sobre él mientras caía hacía la playa y Teneb no pudo evitar
sonreír. –Si esto falla, tampoco será una mala forma de morir- pensó hasta que
vio la inmensidad del lago Azur ante él-
Entonces recurrió a todo su
poder y llamó a la magia de la esfera que penetró en su interior con la furia
de un torrente desatado. Una vez lleno de la energía arcana, aguardó un
instante y desató el viento de la esfera de la humanidad que formó una lente en
posición diagonal sobre las claras aguas del lago.
Las frías aguas lo
recibieron con una fuerte bofetada que lo dejaron todavía más aturdido cuando
su espalda impactó contra el blando fondo y, por un momento, el mago observó
fascinado la columna de burbujas y su extraña ondulación cuando un cuerpo
entraba en el agua.
-¿Y si dejase de respirar?-
se preguntó con genuina curiosidad - ¿Me acogerían los espíritus del agua y me
transformaría en pez como dicen las costumbres burdeni? ¿O tal vez mi alma,
atada a Tlannalt, vagaría transformada en el viento eterno que azota la esfera
de la humanidad? No… lo más probable es que mi cuerpo se quede aquí en el fondo
y mi alma quede perdida en el plano espectral… ¿Por qué no me quedo quieto y
tranquilo y así lo averiguo?- se preguntó con tranquilidad.
La cordura regresó al mago
con la necesidad acuciante de aire en sus pulmones, impulsándole a salvar las
menos de seis varas que lo separaban de la superficie. Frenético a causa del
miedo a volver a sucumbir al éxtasis de la esfera, Teneb nadó hasta que pudo
desplomarse en la playa de guijarros y permaneció mirando el cielo el tiempo
necesario para dejar que su cuerpo se vaciase de magia.
-Estoy… vivo- murmuró con un
suspiro estirando su mano izquierda, pegajosa por el limo del lago, hacia el
cielo. El brazo derecho le dolía horrores y sentía espasmos cada vez que
intentaba moverlo para colocarse en una posición más cómoda.
-Muy bien, Teneb. La misión
está siendo sin duda todo un éxito- Se dijo a sí mismo mientras se incorporaba
usando el brazo sano. Con esfuerzo vació sus bolsillos de agua y trató de usar
el instrumento, que Ánfora y él habían bautizado como “Catavistas”, para
localizar el navío pero las lentes estaban mojadas y solo consiguió que las náuseas
que ya sentía por la magia y la impresión empeoraran.
Todavía mareado, el mago
comenzó a caminar siguiendo la playa buscando un camino de subida que ya sabía
que no encontraría. Los acantilados que había visto eran altos e inaccesibles
desde las playas de guijarros negros como en la que se encontraba y si los
piratas burdenis, que conocían aquellas costas como la palma de su mano, no las
usaban era por algo.
-Vale, repasemos… desde aquí
no puedo completar la misión que me ha asignado el capitán, no veo el barco al
que tengo que volver lo más rápido posible, me he dislocado el hombro como en
Dallan, casi me mato y Ánfora se va a
poner hecho una fiera cuando vea que me he cargado el catavistas… Un comienzo
genial, Teneb- se lamentó con impotencia mientras buscaba en el horizonte
alguna señal del Zelam. Desde la playa, las celestes aguas del lago reflejaban
la luz del sol de la tarde, dándole un aspecto de ensueño al paisaje que por
mucho que lo deslumbrase el mago no podía disfrutar.
Resignado a usar la magia
una vez más, Teneb se detuvo a contemplar la imponente altura de los
acantilados y se concentró con todo su ser en visualizarse en cuerpo y alma
apenas dos varas por encima del borde.
Solo entonces dejó que el poder de la esfera penetrase en su interior,
llenándolo de magia hasta que el viento de la esfera de la humanidad se
proyectó en una lente inestable que el mago atravesó de un salto.
-Dulces arcanos de Isvillha…
allá vamos- Imploró el mago cerrando los ojos por instinto al salir del portal.
El joven sintió que caía y
apenas un instante después sintió también un golpe muy fuerte en las rodillas,
cuando impactaron contra la rocosa cima del acantilado. Exhausto y sintiendo la
sensación familiar del éxtasis arcano, Teneb usó el brazo sano para ponerse de
espaldas y se desplomó mirando al cielo, intentando que tanto su corazón como
su respiración recobrasen su ritmo habitual.
-Vale…- jadeó observando sus
pies suspendidos en el abismo –Lo has conseguido, mago prodigio. Ahora… un descansito lejos de este acantilado
estaría bien, solo un ratito- se dijo mientras se arrastraba lejos del risco
usando su brazo bueno.
Poco después halló refugio
del sol abrasador en la unión de dos grandes rocas y se ocultó bajo ellas
intentando lastimar lo menos posible el brazo malo. Seguro y a salvo del calor,
el joven mago se dejó envolver por las lágrimas y el dolor de sus heridas hasta
que el sol se ocultó y las luces fantasmales de la maraña llenaron el cielo. Entonces,
Teneb abandonó el improvisado refugio con calma y sintió como la presencia
distante de Yannith, la luna blanca, alteraba las mareas de la magia provocando
en el mago una intensa sensación de náuseas.
-Saludo a tu esplendor
níveo, Dama Blanca/ que los cielos tu amplia majestad ilumina…- entonó
canturreando mientras avanzaba con dificultad por la escarpada ladera de roca,
hasta que alcanzó cuando ya era noche cerrada la cúspide de la alta colina.
Lo que vio al otro lado le
arrebató el aliento.
Lo que en tiempos anteriores
a la caída de la primera semilla debió de ser una gran montaña, ahora se
deshacía en amplias terrazas de piedra que como gigantescos escalones
descendían a lo largo de más de cien varas hasta el enorme erial de arena y
roca que era el final de la tierra de Kázigex. El mar de dunas, todavía visible
como una fina línea en la lejanía, daba paso al matrimonio entre la sal y la
arena y entre el polvo y la piedra que terminaba en las grandes colinas que
contenían al otro lado el inmenso lago Ázur. Una enorme muralla de piedra y
tierra que hizo resonar con la fuerza de una gran campana las palabras de
Ánfora en la mente del mago.
-Dice una inscripción
grabada en la piedra de mar sagrada de Boshedam así; Llegará el día en que la
Devastación del Coloso carcoma como un gusano hambriento la piedra sagrada que
abraza la joya Ázur, y entonces, se derramarán de su vientre perforado todos
los tesoros que alimentarán el ansia infinita de la piedra baldía. Ese día, mi
amado pueblo burdeni conocerá su fin, cuando la vida se torne en polvo y solo
las piedras de mar queden para recordar con su canción el destino de los
desamparados.
-¿Qué significa?- Había preguntado
el mago con curiosidad al casi dormido alquimista que no pudo o no quiso
responderle.
Ahora lo veía con sus
propios ojos.
-Los efectos de la
Devastación de Kázigex son tan potentes que están desgastando las tierras altas
como una marea desgasta las piedras de una playa- murmuró atónito olvidando por
completo la misión que le había sido encomendada. –Si esto sigue así y no lo detenemos, será un
absoluto desastre…-
El fuerte viento procedente
del desierto lo sacó de su ensimismamiento con un fuerte escalofrío. Recordando
su cometido, el mago extrajo el “catavistas” totalmente seco y observó el árido
terreno con detenimiento, memorizando el paisaje general que le confirmaba las
sospechas del capitán de la brigada.
-Misión cumplida, contra
todo pronóstico- se felicitó guardando cuidadosamente la maltrecha herramienta
y dando un último vistazo al escalofriante paisaje, antes de comenzar el lento
regreso hasta la cima de los acantilados.
A bordo del Zelam, Ristra
permanecía sentado en silencio al lado de Ánfora. El alquimista y el cocinero
se habían alternado para usar el “catavistas” sin éxito y ambos empezaban a
preocuparse ante la falta de señales y ausencia del mago. El alquimista,
frustrado, había apartado el instrumento y se había sumido en un silencio que
irradiaba hostilidad.
El resto de miembros de la
brigada que estaban presentes, cenaban en silencio mientras los miraban con
cautela.
-Vamos, os estáis
preocupando demasiado- Trató de animarlos Yunque pasando un plato lleno de
pescado ahumado al siempre adusto Tyr Valeron –El muchacho tiene talento y ya
lo ha demostrado antes, seguro que está bien…-
-Odio estar de acuerdo con
Yunque pero en este caso tiene razón- añadió Tecla arrebatándole el plato de
pescado para coger una porción. El hombre de rostro anguloso y ojos azules se
limitó a encogerse de hombros y acomodarse en la borda del Zelam, poco o nada
interesado en la conversación.
-No es más que un niño…-
replicó Ristra con tristeza mientras luchaba por no asumir el peor resultado
posible –si fuera un burdeni no tendría ni siquiera nombre-
-Pero no lo es, ambos
deberíais recordarlo- replicó con brusquedad el sargento Trujillo- Es un mago
auxiliar de una brigada del cuarto ejército y se comporta como tal, a
diferencia de otros-
-Existen diez tipos de
escorpiones altamente venenosos que aprovechan la cercanía del lago como coto
de caza. Tres de ellos son además bastante territoriales y agresivos, lo que me
hace preguntarme… ¿Ahora forma parte del espíritu del cuarto ejército no
auxiliar a un camarada en peligro? –Cuestionó el alquimista con su tono más
envenenado- que bajo han caído entonces
los hombres que en su día fueron el orgullo de la nación-
Ristra no necesitó luz para
adivinar el color que la rabia dio al rostro del sargento, con el silencio fue
más que suficiente.
-Eso suena peligrosamente a
un crimen de injurias contra el honor del ejército y por tanto de todos sus
miembros…- amenazó Trujillo levantándose.
-Por la dulce leche de
Juncá, Trujillo- intervino Bálsamo abandonando su silencio hostil contra
Yunque- no lo exageres. Os recuerdo a ambos que si estamos vivos y enfadándonos
ahora mismo es gracias a ese crío-
-¿Estás defendiendo a un
infractor, clérigo?-
-Sí, sargento- Desafió
Bálsamo haciendo gala una vez más de su escasa paciencia -Y a diferencia de a
él, a mí no me puedes procesar salvo que lo autorice el capitán o lo haga un
clérigo de mayor rango. Si estás tan empeñado en castigarnos, te animo a que te
lances al agua y nades de vuelta a Boshedam, cojas una montura rápida y
atravieses el mar de dunas pasando al lado del Coloso para alcanzar al cuarto
ejército en Zosha. Luego, puedes volver y te aseguro que no pondremos ninguna
objeción a nuestra detención-
Ristra y Tecla se levantaron
al mismo tiempo con rapidez, preparándose para intervenir si fuese preciso.
-Puede que esta vez me salte
un par de formalidades- gruñó Trujillo avanzando hacia el clérigo con los puños
cerrados.
-Si tiene que ajustar
cuentas con Bálsamo y Ánfora, sargento. Yo me propongo como su campeón- Tronó
la voz de Yunque con un tono de voz que siempre traía problemas. Los nudillos
del gigante crujieron con un sonido muy similar al de un puñado de nueces
siendo aplastadas- No me miréis así, necesito liberar tensión- se excusó.
-Acepto, a derribo. Yo
defenderé el honor del cuarto ejército del Brasal…- Comenzó Trujillo poniéndose
en guardia.
-Ah, esto es absurdo- Se
quejó Tecla antes de apartarse para dejar sitio a los combatientes.
-Yo estoy de acuerdo con
presenciar este duelo de honor pero… ¿Qué pasa con nuestro plumaje?- La voz de
Tyr Valeron era extrañamente suave y áspera para un hombre de su tamaño pero
aun así nadie tuvo ninguna dificultad en oírlo.
-¿Qué le pasa a nuestro
plumaje? Estamos hablando en Kázino y orando por el fin de la Devastación- preguntó
Yunque confuso mirando al tirador.
-Cierto, cierto… pero orar
no incluye ningún rito entre guerreros que implique partirle los dientes al
contrincante… al menos ninguno que yo conozca- Aclaró este observando el cielo
para evitar la mirada de sus compañeros.
-Tyr tiene razón- Intervino
Ristra colocándose entre los contendientes –Vuestra pelea puede poner nuestro
disfraz de refugiados kázinos en peligro y obligarnos a matar a esta bendita
familia de amables pescadores- Yunque masculló algo en su idioma nativo que
Ristra no pudo entender como respuesta pero no le importó: Con hombres como
Yunque siempre pesaban mucho más los hechos que las palabras.
-Sé que ha sido un día duro
y que estamos preocupados por nuestro camarada, yo el primero-continuó- Pero no
ganaremos nada creando divisiones entre nosotros, ni tampoco perdiendo los dientes que nos
quedan… porque después a ver como os coméis mis guisos- concluyó con su mejor
sonrisa socarrona.
Yunque y Tecla rieron por lo
bajo y regresaron a la cena. Trujillo en cambio cogió un par de trozos de
pescado y se sentó en la borda opuesta.
-¿Quién te ha nombrado
capitán?- Preguntó la voz de Martillo trepando desde la bodega. Ristra se
preguntó si el ardid acerca del ritual de oración secreto que había elaborado
el capitán habría funcionado pero al ver la mirada dura de su superior dio un
paso atrás.
-Yo… eh, verá padre Hazret…-
El capitán lo acalló con un
gesto de su mano antes de recorrerlos a todos con una mirada severa que se
detuvo en Trujillo.
-¿Qué ha pasado, sargento?-
Ristra miró a Trujillo
desesperanzado, el sargento era un hombre leal hasta el fanatismo a su capitán
y todavía más leal a la causa del Brasal. Lo que significaba que diría la
verdad y el capitán tomaría medidas castigando al pobre Bálsamo, a Yunque, al
propio Trujillo y a él.
-Mejor uno que cuatro- pensó
dando un paso al frente.
-Con mis respetos, capitán.
Fui yo. Yo sembré el desánimo entre la brigada por la ausencia de Teneb e
insulté a Trujillo y… al cuarto ejército- confesó.
La brigada guardó silencio,
Trujillo parecía confundido pero no dijo nada.
-Infante Yunque, Ristra te
hará compañía mañana con las redes y con la salazón del pescado… Y si quieres
culpar a alguien de enviar al mago auxiliar, cúlpame a mí- Amonestó Martillo
comprando la mentira-Pero deja tranquilo a los demás, Ristra- le ordenó tomando
un poco de comida y sentándose al lado del alquimista.
El cocinero suspiró aliviado
y respondió con una débil sonrisa a las miradas de gratitud de sus compañeros.
No era un castigo tan terrible y además así podría ocupar su mente durante todo
el día si el joven mago seguía sin aparecer. Por desgracia, este último
pensamiento se clavó en su mente nublando su optimismo y sumiéndolo en un
estado pensativo el resto de la noche, hasta que se quedó dormido apoyado en la
borda.
Tyr Valeron fue el segundo
en marcharse, seguido poco después por Tecla, Murmillo y Bálsamo que se
quedaron un poco más para disfrutar del cómodo silencio. Ánfora, más tozudo,
permaneció vigilante y vio marchar a Trujillo y tras él a Esquivo y Martillo,
hasta que solo quedaron los ronquidos de Yunque como canción de cuna y finalmente,
su vigilia fue vencida por el sueño y el alquimista se durmió bajo las
estrellas, arropado por la preocupación y las dudas.
Y solo entonces,
envalentonado por el silencio y los estruendosos ronquidos del gigante. La
pequeña cabeza de pelo negro y ojos asustados abandonó su escondite entre un
par de barriles y regresó como una sombra hasta la hamaca de cuerdas que era su
cama. Pasando el resto de la noche sin atreverse a cerrar los ojos por miedo a
que aquellos demonios en forma de hombres aparecieran para devorarlo, tal y
como le había advertido tantas veces su madre.
-Cuidado con los Brasalis,
mi niño. Si no te duermes pronto, se arrastrarán por debajo de la choza y te
sorberán la sangre hasta dejarte vacío-
Pero por primera vez, el
niño burdeni todavía sin nombre a quien todos llamaban “Chico”, no pudo
obedecer a su madre y se mantuvo despierto, quieto como una estatua y atento al
más mínimo ruido. Esperando en cualquier momento a que los demonios del sur se
lo llevaran y lo devorasen entero.
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